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    La virgen de los sicarios como extensión de la narrativa de la transculturación

    En La virgen de los sicarios Fernando Vallejo ficcionaliza la oralidad de una comunidad específica de Colombia con propósitos artísticos. Para crear la ilusión de oralidad desde la escritura sin perder verosimilitud es necesario que el artista conozca los imaginarios de la comunidad de su interés, la manera en que sus miembros conciben el mundo, el contexto social al que pertenecen y el modo en que valoran su participación como individuos que forman parte de una comunidad humana. Debe distinguir, además, las particularidades de la lengua y la manera en que la emplean sus usuarios en situaciones especificas con el propósito de estilizar ambos aspectos, el cultural y el lingüístico y, de esta manera, crear mundos literarios configurados a partir de situaciones sociales y usos de la lengua en contextos particulares. Fernando Vallejo posee pleno dominio de las reglas implícitas que subyacen a la realización de la oralidad y la escritura, es un gran observador del habla de la comunidad de su interés y se ha acercado a los usuarios de la lengua en contextos naturales para luego tomar distancia cuando emprende el proceso de escritura, el resultado es La virgen de los sicarios, una "historia de amor en el país del odio".

    Los novelistas que han adoptado la toma de posición que Angel Rama ha denominado narrativa de la transculturación (1982) comparten la dedicación por el estudio y el esfuezo por comprender y ficcionalizar hablas y expresiones culturales de regiones relativamente aisladas de América Latina; asumen el predominio de la oralidad en la región de su interés como la clave de un conjunto de recursos de representación literaria. A través del conocimiento de la configuración mental de los habitantes de esta región y de los principales problemas sociales que los aquejan, se propusieron lograr, después de un exigente proceso de elaboración, la producción de un efecto de oralidad con repercusiones estéticas e ideológicas en cada caso particular (Pacheco, 1992).

    La ficcionalización de la oralidad (como una opción opuesta a la fetichización de la escritura) se inscribe dentro de la concepción que parte de la negación de la superioridad cultural de unas comunidades en relación con otras, una actitud eminentemente antieurocentrista ratificada a partir de los textos de Fernando Ortiz -desde la perspectiva antropológica- que luego sirvió de sustento para fundamentar la teoría sobre la transculturación narrativa emprendida por Angel Rama y ratificada en la actualidad por estudiosos de la literatura latinoamericana como Carlos Pacheco.

    Independencia, originalidad y representatividad literaria, categorías definidas por Angel Rama (1982: 11-20), son, después de la consolidación de las naciones latinoamericanas, los pilares sobre los cuales debía fundarse el proyecto literario, que no podía ser indígena porque existía una fuerte marca dejada por los europeos, comenzando por la lengua y las tradiciones implantadas, como tampoco se podía sustentar en la plácida imitación de los modelos europeos. Los tres aspectos fueron logrados por los transculturadores después de transcurrido mucho tiempo de intentos de escritores regionalistas por crear obras que, además de poseer gran valor estético, representaran con verosimilitud los lenguajes simbólicos y orales interiorizados y empleados por individuos de comunidades fuertemente orales, por culturas orales primarias, como diría Walter Ong (1987: 40).

    El deseo de dar a conocer los imaginarios de algunas comunidades rurales e indígenas y de hacer de éstas el eje central de una propuesta estética simultánea en varios paises latinoamericanos maduró, entre otras cosas, debido a las grandes transformaciones que ocurrieron en América Latina tras la primera Guerra Mundial:

    Tras la primera guerra mundial, una nueva expansión económica y cultural de las metrópolis se hace sentir en América Latina y los beneficios que aporta a un sector de sus poblaciones no esconde las rupturas internas que genera ni los conflictos internos que han de acentuarse tras el crac económico de 1929. Se intensifica el proceso de transculturación en todos los órdenes de la vida americana. Uno de sus capítulos lo ocupan los conflictos de las regiones interiores con la modernización que dirigen capitales y puertos, instrumentada por las élites dirigentes urbanas que asumen la filosofía del progreso. La cultura modernizadora de las ciudades, respaldada en sus fuentes externas y en su apropiación del excedente social, ejerce sobre su hinterland una dominación (trasladando de hecho su propia dependencia de los sistemas culturales externos) a los que prestan eficaz ayuda los instrumentos de la tecnología nueva... A las regiones internas, que representan plurales conformaciones culturales, los centros capitalinos les ofrecen una disyuntiva fatal en sus dos términos: o retroceden entrando en agonía, o renuncian a sus valores, es decir, mueren (Rama. 1982: 28).

    En las obras de los narradores de la transculturación (Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Joao Guimaraes Rosa...) la lengua y las estructuras literarias son objeto de especial atención; gracias al manejo de estos recursos es posible percibir en algunas de las novelas más representativas (Pedro Páramo, Cien años de soledad, Gran sertón: Veredas...) las diferencias con otras manifestaciones estéticas escritas que, aunque también se destacan por la oralidad, generan otro tipo de efectos en los lectores. El efecto que se proponen producir los transculturadores con la estilización de un habla regional es la sensación -en el lector- de encontrarse ante la recreación de voces rurales o populares auténticas y de presentar las particularidades culturales de la comunidad, su manera de concebir el mundo, el amor, la vida... a través del uso que los narradores y los personajes hacen de la lengua;

    Se trata, nada menos, de escribir la realidad (y no de describirla, de imitarla, sino de dejarla en cierto modo que se produzca a sí misma, representación natural de la naturaleza); es decir de hacer aquello que define propiamente la literatura, pero a propósito de la realidad más banalmente real, la más corriente y moliente que, por oposición a lo ideal, no está hecha para ser escrita... hay que afirmar el poder que pertenece al arte de constituirlo todo gracias a la virtud de la forma... de transmutarlo todo en obra de arte gracias a la eficacia de la propia escritura (Bourdieu. 1997: 165).

    Si recordamos las características propuestas por Angel Rama sobre la manera como los narradores de la transculturación emplean la lengua, podemos percibir, antes de hacer cualquier análisis textual de la escritura de Fernando Vallejo, que todas atraviesan su narrativa:

    1. Se prescinde del uso de glosarios, estimando que las palabras regionales transmiten su significado dentro del contexto linguístico aún para quienes no las conocen.

    2. El léxico, la prosodia y la morfosintaxis de la lengua regional, aparece como el campo predilecto para prolongar los conceptos de originalidad y representatividad, fundamentos de la "plasticidad cultural".

    3. Lo que antes era la lengua de los personajes populares y, dentro del mismo texto se oponía a la lengua del escritor o del narrador, invierte su posición jerárquica: en vez de ser la excepción y de singularizar al personaje sometido al escudriñamiento del escritor, pasa a ser la voz que narra... no remeda simplemente un dialecto, sino que utiliza formas sintácticas o lexicales que le pertenecen dentro de una lengua coloquial.

    4. El autor se ha reintegrado a la comunidad lingüística y habla desde ella con desembarazado uso de los recursos idiomáticos... es a partir de su sistema lingüístico que trabaja el escritor, quien no procura imitar desde fuera un habla regional, sino elaborarla desde dentro con una finalidad artística.

    5. Desde el momento en que el escritor no se percibe a sí mismo como fuera de la comunidad lingüística, sino que la reconoce sin rubor, ni disminución como propia... investiga las posiblidades que ésta le proporcionan para construir una específica lengua literaria dentro de su marco (Rama. 1982: 41-42).

    Al introducirse en las raíces de la cultura y sentirse como parte de ésta el escritor transculturador descubre aspectos que le eran desconocidos, identifica rasgos particulares de la interioridad de los habitantes del lugar que difieren ampliamente de los representados en las obras en la que el escritor se distancia de la región o de la realidad que desea representar, de la misma manera que se distancia de sus personajes cuando se convierte en narrador.

    La toma de posición asumida por Fernando Vallejo tiene algunas similitudes con la de los narradores de la transculturación pero es evidente que ha surgido a partir de intereses, problemas y nuevas preocupaciones, diferentes a las observadas y expresadas por escritores como Gabriel García Márquez. En La virgen de los sicarios, por ejemplo, los problemas de carácter social están relacionados con la explosión demográfica, la masificación y la violencia, no se trata de concederle la voz a los desvalidos o a los vencidos sino de -a través de la voz y las actitudes de los personajes marginados y marginales- dar a conocer y reflexionar sobre problemas que aquejan a ciudades como Medellín que, en síntesis, son los de las ciudades latinoamericanas, en las que la distribución de los bienes materiales y culturales no es equitativa; se trata de una sociedad en la que no se le brindan las mismas oportunidades a todos, especialmente a los jóvenes menos favorecidos económicamente.

    En la narrativa de la transculturación pocas veces los narradores explican las situaciones que viven los personajes, a través de la ficcionalización de la oralidad éstos lo hacen por sí mismos en narraciones que se asemejan al testimonio y que producen en el lector la sensación de que aquello que lee no es el resultado del esfuerzo de un artista por lograr verosimilitud en su creación, sino que se trata de la transcripción de relatos orales de personas que desconocen la escritura o la emplean sólo con fines prácticos. La voz de los narradores no es fría y distante, como si fuera la de un hombre culto, distanciado y objetivo que expone situaciones que le son ajenas, sino que esta voz se mezcla y se confunde con la de los personajes.

    El narrador de las obras de Fernando Vallejo ha llevado esta práctica al extremo:

    Al decidir hablar en nombre propio, con su voz (una voz inconfundible que no se parece a la de nadie), Fernando Vallejo está rompiendo con la más obstinada tradición literaria: la del narrador omnisciente que todo lo sabe y que todo lo ve, el novelista ubicuo que puede atravesar con su mirada las paredes y leer los pensamientos. Nada de esto aquí. En vez del Artífice Supremo, un simple ser humano que dice "yo" sin ocultarse detrás de una pluralidad de máscaras. Pero eso sí, uno que ha jurado no salirse jamás de los límites del pronombre de primera persona con todo lo que eso implica: asumir sin disimulos ni subterfugios sus amores y sus odios (Contracarátula de El desbarrancadero. 2001).

    En La virgen de los sicarios no sólo el narrador y los personajes comparten el mismo idiolecto sino que, además, se involucra al lector. El lector -real e implícito- aprende la lengua del narrador -que también está aprendiendo la de los sicarios- y debe aceptar las agresiones que éste le dirige; en la primera página de la novela Fernando primero lo informa, después lo interroga, luego lo desprecia y, finalmente, como hace siempre, le explica:

    Un rombo de ciento veinte pliegos inmenso, rojo, rojo, rojo para que resaltara sobre el cielo azul. El tamaño no me lo van a creer, ¡pero qué saben ustedes de globos! ¿saben qué son? Son rombos o cruces o esferas hechos de papel china deleznable, y por dentro llevan una candileja encendida que los llena de humo para que suban. El humo es como quien dice su alma, y la candileja el corazón (Vallejo. 1994: 7).

    Fernando emprende su viaje a través de Medellín; lo inicia con Alexis y lo termina con Wilmar (el asesino de Alexis) cuando lo deja en el anfiteatro:

    Al amanecer sonó el teléfono: del anfiteatro, que fuera a identificar a alguien que llevaba consigo un número.

    "Anfiteatro" llaman aquí a la morgue, y no hay taxista en Medellín ni cristiano que no sepa dónde está porque aquí los vivos sabemos bien adónde tenemos que ir a buscar a los muertos (Vallejo. 1994: 136-137).

    Cuando Fernando sale de allí se dirige a tomar un bus cualquiera para donde vaya y se despide del lector, que lo ha acompañado durante su travesía.

    De la misma manera en que Fernando le explica al lector lo que es un globo, le describe cuanto ve y cuanto recuerda durante su recorrido por diferentes lugares: iglesias, calles, zonas rurales, comunas, restaurantes, bares... Los espacios, ambientes y objetos con los que se encuentra y llaman su atención son conocidos por el lector a través de descripciones y comparaciones en las que el pasado vivido y recordado es visto como el tiempo ideal y el presente es tratado con desprecio y dolor:

    Entre los nuevos barrios de casas uniformes seguían en pie, idénticas, algunas de las viejas casitas campesinas de mi infancia, y el sitio más mágico del Universo, la cantina Bombay... con los mismos techos de vigas y las mismas paredes de tapias encaladas... los muebles eran de ahora pero qué importa, su alma seguía encerrada allí y lo comparé con mi recuerdo y era la misma...

    No sé si entre aquellas casitas campesinas que quedaban estaba la del pesebre... la del pesebre más hermoso que hayan hecho los hombres desde que se estableció la costumbre de armar en diciembre nacimientos y belenes para conmemorar la llegada a esta mísera tierra... en la carretera a Sabaneta había una casita con un pesebre que tenía otra carretera a Sabaneta. Ir de una realidad a la otra era infinitamente más alucinante que cualquier sueño de basuco (Vallejo. 1994: 15-16).

    En La virgen de los sicarios Fernando Vallejo recrea una región que es presentada y sentida como un espacio natural y una realidad social que han sido transformados, disueltos de forma violenta; se trata de un espacio y una realidad que le producen repulsión: el idilio es la naturaleza y la infancia, la edad adulta es de inconformidad, rechazo y desprecio del presente:

    ¿Se les hace impropio un viejo matando a un muchacho? Claro que sí, por supuesto. Todo en la vejez es impropio: matar, reirse, el sexo, y sobre todo seguir viviendo (Vallejo. 1994: 103).

    A través de la narración el lector experimenta las sensaciones vividas por Fernando debido al modo en que están escritas, a la puesta en forma; el ritmo de las frases es acorde con el ritmo de las acciones y los rasgos de los espacios descritos:

    Las comunas cuando yo nací no existían... las encontré a mi regreso en plena matazón, florecidas, pesando sobre la ciudad como su desgracia. Barrios y barrios de casuchas amontonadas unas sobre otras en las laderas de las montañas, atronándose con su música, envenenándose de amor al prójimo, compitiendo las ansias de matar con la furia reproductora... en el momento que escribo este conflicto aún no se resuelve: siguen matando y naciendo... pero sigamos subiendo: mientras más arriba en la montaña mejor, más miseria (Vallejo. 1994: 33).

    La descripción física y los valores de los amantes del gramático son explicados y contrastados con los de él mismo a medida que él, un hombre adulto culto, se va internando en el mundo de los jóvenes sicarios:

    "Aquí te regalo esta belleza -me dijo José Antonio cuando me presentó a Alexis- que ya lleva como diez muertos". Alexis se rió y yo también y por supuesto no le creí, o mejor dicho sí... Le quité la camisa, se quitó los zapatos, le quité los pantalones, se quitó las medias y la trusa y quedó desnudo con tres escapularios. Que son los que llevan los sicarios: uno en el cuello, otro en el antebrazo, otro en el tobillo y son: para que les den el negocio, para que no les falle la puntería y para que les paguen. (Vallejo. 1994. 11-18).

    Para comprender la naturaleza de los sicarios el narrador ha tenido que involucrarse no sólo en sus actividades sino que además ha tenido que aprender, interpretar y usar su lengua; a lo largo de la novela hay frecuentes reflexiones relacionadas con el lenguaje y con su uso debido a que el narrador es un gramático:

    "El pelao debió de entregarle las llaves a la pinta esa", comentó Alexis... Con "el pelao" mi niño significaba el muchacho; con "la pinta esa" el atracador; y con "debió de" significaba "debió" a secas... una cosa es "debe" sola y otra "debe de". Lo uno es obligación, lo otro duda (Vallejo. 1994: 23).

    Los valores del narrador experimentan transformaciones graduales a medida que avanza el relato debido a que se ha involucrado en las experiencias de los demás personajes. Al comienzo puede llegar a alterarse debido a algunas actitudes de los sicarios, más adelante los cuestiona un poco, al final, termina justificándolos y hasta celebrando su comportamiento. Los sicarios, como Ángeles Exterminadores, cumplen una función positiva debido a que compensan la "furia reproductora" de sus madres.

    El inicio de la novela no produce ninguna sorpresa en el lector debido a que se trata de una escritura narrativa más o menos convencional: un narrador en primera persona que se refiere a hechos ocurridos en el pasado en los que él ha participado: "Había en las afueras de Medellín un pueblo silencioso y apacible que se llamaba Sabaneta. Bien que lo conocí" (Vallejo. 1994: 7).

    Cuando el narrador se ha involucrado lo suficiente en el mundo de los sicarios también se ha transformado su modo de expresarse: "Sacó el Ángel exterminador su espada de fuego, su 'tote', su 'fierro', su juguete, y de un relámpago para cada uno en la frente los fulminó. ¿a los tres? No bobito, a los cuatro, al gamincito también" (Vallejo. 1994: 64).

    Al final de la novela, en la última página, Fernando se dirige al lector través del idiolecto característico de los sicarios; el narrador conoce y emplea la lengua de los personajes de manera desenvuelta y natural:

    Bueno parcero, aquí nos separamos, hasta aquí me acompaña usted. Muchas gracias por su compañía y tome usted, por su lado, que yo me sigo en cualquiera de estos buses para donde vaya, para donde sea.

    "y que te vaya bien,
    que te pise un carro
    o que te estripe un tren" (Vallejo. 1994. 142).

    El narrador de La virgen de los sicarios, a diferencia del de Cien años de soledad, es un crítico severo que se expresa sin titubeos y no se esfuerza por cautivar al lector. Mientras que en la novela de García Márquez los problemas son expresados a través de la voz de los personajes y la reflexión surge a partir de la lectura, es decir que la actitud crítica debe ser descubierta e interpretada por el lector, en la de Fernando Vallejo el narrador evalúa acciones y actitudes propias y ajenas, la mayoría de las veces de forma bastante agresiva, sin ningún tipo de consideración ni siquiera con él mismo.

    La actitud desacralizadora -la "etica invertida" celebrada por el "odiador amable" (Abad, 2000) en todas las obras de Fernando Vallejo no puede ser concebida sólo como el deseo de ofender o de calmar angustias existenciales; "el fin de Vallejo, con todo, es menos retratar una conciencia que zarandear a un país y, desnudando sus vergüenzas, igualarlo al resto de la humanidad, a la que insulta con indignación imparcial" (Ospina. 2000: 20).

    El narrador de La virgen de los sicarios -que es el mismo de El río del tiempo y El desbarrancadero- se esfuerza por ir contra la corriente, contra valores e instituciones como el matrimonio, la maternidad, la heterosexualidad, la iglesia, la familia, los actos humanitarios, la intelectualidad, el respeto a las instituciones públicas, al presidente, etc:

    La relación carnal con las mujeres es el pecado de la bestialidad... como por ejemplo un burro con una vaca.

    De tanto en tanto una vieja preñada, una de esas perras putas paridoras que pululan por todas partes con sus impúdicas barrigas en la impunidad más monstruosa.

    Vive prisionero, encerrado, casado, con mujer gorda y propia y cinco hijos comiendo, jodiendo y viendo televisión.

    (el presidente) les lee el discurso que le escribieron en inglés con esa vocecita chillona, montañera, maricona, suya, y con el candor y el acento de un niño de escuela que está aprendiendo.

    Cualquier sociólogo chambón de esos que andan por ahí analizando en las "consejerías de paz" concluirá de esto que al desquiciamento de una sociedad se sigue el del idioma. ¡Qué va! (Vallejo. 1994).

    Aunque la ficcionalización de la oralidad es un recurso empleado en la totalidad de la obra de Fernando Vallejo, en La virgen de los sicarios, por tratarse de la recreación de las expresiones y las acciones más frecuentes de los sicarios de las comunas, su uso es más eficaz para asumir una actitud desacralizadora, para producir mayor repulsión en los detractores de sus obras. Después de esta novela -gracias a la verosimilitud de su escritura- es muy probable que su autor no sea catalogado sólo como homosexual de costumbres depravadas, sino que, además, podrá ser declarado como sicario y, sin embargo, Fernando Vallejo, como su narrador, aparte de unos cuantos libros no tiene prontuario (Vallejo.1994: 42).

    En La virgen de los sicarios Fernando Vallejo se concentra en los problemas que aquejan a Medellín, pero es evidente que a lo largo de su narrativa el menosprecio va dirigido a la raza humana, a sus actos y sentimientos, a la manera en que expresan sus deseos y a los argumentos que los motivan para ejecutarlos:

    Mira Alexis, tú tienes una ventaja sobre mí y es que eres joven y yo ya me voy a morir, pero desgraciadamente para ti nunca vivirás la felicidad que yo he vivido. La felicidad no puede existir en este mundo tuyo de televisores y casetes y punkeros y rockeros y partidos de fútbol. Cuando la humanidad se sienta en sus culos ante un televisor a ver veintidós adultos infantiles dándole patadas a un balón no hay esperanzas. Dan grima, dan ganas de darle a la humanidad una patada en el culo y despeñarla por el rodadero de la eternidad, y que desocupen la tierra y no vuelvan más (Vallejo. 1994: 15).

    La elección por la que ha optado Fernando en La virgen de los sicarios no se debe a que los sicarios encarnen los valores que él considera dignos de ser llevados a la práctica, sino porque entre las posibilidades que le presenta Medellín durante el periodo de tiempo recreado la opción que considera más legítima es la de amar a Alexis, el Ángel Exterminador, porque en él, a pesar de sus limitaciones, se concentran valores que dan fe de su autenticidad y de una actitud radical ante la vida.

    En algunas ocasiones y en relación con algunas decisiones, Alexis puede llegar a ser "más extremoso" que el narrador:

    Le pregunté si le gustaban las mujeres. "No", contestó con un "no" tan rotundo, tan inesperado que me dejó perplejo. Y era un "no" para siempre: para el presente, para el pasado y para el futuro y para toda la eternidad de Dios: ni se había acostado con ninguna ni se pensaba acostar. Alexis era imprevisible y me estaba resultando más extremoso que yo. Conque eso era pues lo que había detrás de esos ojos verdes, una pureza incontaminada de mujeres. Y la verdad más absoluta, sin atenuantes ni importarle un carajo lo que piense usted que es lo que sostengo yo. De eso era de lo que me había enamorado. De su verdad (Vallejo. 1994: 21).

    Si se piensa en la situación actual del país, en los antecedentes de violencia y en la parcialidad con que se abordan los temas más conflictivos (la corrupción, la guerrilla, el paramilitarismo, el narcotráfico, los derechos humanos, etc.) a través de los medios de comunicación, por los políticos y por los "especialistas", es evidente que la actitud de Fernando Vallejo no se constituye apenas en el desahogo de un hombre que sufre y disfruta injuriando y escandalizando a los demás mientras recuerda episodios de su vida, sino que es necesario ir un poco más allá: "Esas despiadadas comprobaciones, esos sermones del ateísmo militante, estos asesinatos simbólicos del poder, fueron siempre el modo como las sociedades se quitaron de encima las mordazas del clericalismo y las camisas de fuerza de la moralidad hipócrita" (Ospina. 2000: 20).

    La descripción del globo hecho con papel china deleznable en la primera página de La virgen de los sicarios no cumple sólo la función de evocar con nostalgia la infancia, es, además, el objeto ideal para contrastar la fervorosa religiosidad de los colombianos -especialmente de los antioqueños- con la sangre derramada por Jesús y por Colombia "por los siglos de los siglos amén":

    Cuando se llenan de humo y empiezan a jalar, los que los están elevando sueltan, soltamos, y el globo se va yendo, yendo al cielo con el corazón encendido, palpitando, como el Corazón de Jesús. ¿Saben quién es? Nosotros teníamos uno en la sala; en la sala de la casa de la calle del Perú de la ciudad de Medellín, capital de Antioquia; en la casa donde yo nací, en la sala entronizado o sea (por qué no se va a saber) bendecido un día por el cura. A él está consagrada mi patria. El es Jesús y se está señalando el pecho con el dedo, y con el pecho abierto el corazón sangrando: goticas de sangre rojo vivo, encendido, como la candileja del globo: es la sangre que derramará Colombia, ahora y siempre por los siglos de los siglos amén (Vallejo. 1994: 7-8).

    En la virgen de los sicarios Fernando Vallejo se concentra en un sector marginado de Medelllín: los jóvenes sicarios de las comunas; el gran problema que aqueja a la comunidad -como ocurre en otros lugares marginales de Colombia- no es el aislamiento sino la violencia y el interés de quienes la constituyen por estar al día en relación con aspectos como la moda:

    Le pedí que anotara, en una servilleta de papel, lo que esperaba de esta vida. Con su letra arrevesada y mi bolígrafo escribió: Que quería unos tenis marca Reebock, y unos jeans Paco Ravanne. Camisas Ocean Pacific y ropa interior Kelvin Klein. Una moto Honda, un jeep Mazda, un equipo de sonido láser y una nevera para la mamá: uno de esos refrigeradores enormes marca Whirpool que soltaban chorros de cubitos de hielo abriéndoles simplemente una llave (Vallejo. 1994. 107);

    Los placeres o las aficiones como la música:

    Alexis dijo que yo estaba loco. Que no se podía vivir sin música, y yo que sí, y que además eso no era música "romántica" (Vallejo. 1994: 20);

    La televisión:

    Se pasa ahora el día entero mi muchachito ante el televisor cambiando de canal a cada minuto... Impulsado por su vacío existencial agarra en el televisor cualquier cosa: telenovelas, partidos de fútbol, conjuntos de rock, una puta declarando, el presidente (Vallejo. 1994: 22-38);

    El fútbol:

    El muerto más importante lo borra el siguiente partido de fútbol... al día siguiente ¡goool! Los goles atruenan el cielo de Medellín y después tiran petardos o "papeletas" o "voladores" y uno no sabe si es de gusto o si son las mismas balas de anoche (Vallejo. 1994: 46).

    Los gustos de los personajes se materializan o se ven frustrados en un contexto social y político corrupto e impune:

    Con eso de que aquí, en este país de leyes y constituciones, democrático, no es culpable nadie hasta que no lo condenen, y no lo condenan si no lo juzgan, y no lo juzgan si no lo agarran, y si lo agarran lo sueltan... La ley de Colombia es la impunidad y nuestro primer delincuente impune es el presidente, que a estas horas debe andar parrandiándose el país (Vallejo. 1994: 22).

    Una de las preocupaciones más evidentes de Fernando Vallejo como intelectual y como novelista es el aumento desmesurado de la pobreza, que se hace cada vez más preocupante debido a lo que él llama la "furia reproductora". En El desbarrancadero el narrador desprecia e insulta a su madre por el hecho de que ella se autoproclame heroína sólo por haber dedicado su vida a tener hijos y pensar que ellos deberían agradecérselo y servirla:

    Herrmana de esta furia es la Loca que aquí tratamos, una mujer impredecible, mandona, irascible, que nos hijueputiaba... El gran secreto de las madres de Antioquia: paren al primer hijo, le limpian el culo, y lo entrenan para que les limpie el culo, al segundo, al tercero, al cuarto, al quinto, al decimosexto, que encargándose exclusivamente de la reproducción ellas paren. Así procedió la Loca y yo... terminé de niñera de mis veinte hermanos mientras la devota se entregaba en cuerpo y alma... a propagar su sacro molde... no se fuera a perder... Yo lavaba, planchaba, barría, trapeaba, ordenaba... y lo que yo lavaba, planchaba, barría, trapeaba y ordenaba la Loca lo ensuciaba, arrugaba, empolvaba, desordenaba...

    -Fue la última vez, vieja hijueputa- le grité con la dulce y delicada palabra aprendida de ella.

    Y fue porque cuando yo digo basta es basta.

    Pero después me arrepentí de haberme rebajado tanto, hasta su bajeza (Vallejo. 2001).

    En La virgen de lo sicarios esta diatriba también es frecuente -mucho más que en las novelas que constituyen El río del tiempo- debido a que los amantes de Fernando viven en las comunas y las madres de estos sicarios son tan prolíficas como la del narrador de El desabarrancadero.

    Uno de las rasgos que mejor caracteriza a lo sicarios y a las personas con menos recursos económicos es la necesidad de aferrarse a la fe para, a través de ésta, hacer más llevadera la vida:

    Un tropel entre un carrerío llenaba el pueblo. Era la peregrinación de los martes, devota, insulsa, mentirosa. Venían a pedir favores. ¿Por qué esta manía de pedir y pedir? Yo no soy de aquí. me avergüenzo de esta raza limosnera... Entre la multitud anodina de viejos y viejas busqué a los muchachos, los sicarios, y en efecto, pululaban (Vallejo.1994: 17).

    Los pobres de Medellín se reproducen "como las ratas" en las comunas y luego bajan a arrasar la ciudad:

    ¡Pero miren qué hacinamiento! millón y medio en las comunas de Medellín, encaramados en las laderas de las montañas como las cabras, y reproduciéndose como las ratas. Después se vuelcan sobre el centro de la ciudad y Sabaneta... y por donde pasan arrasan. "Acaban hasta con el nido de la perra" como decía mi abuela (Vallejo. 1994: 60).

    De la misma manera que los habitantes de las comunas reproducen la pobreza, se encargan de reproducir también la violencia:

    Cada comuna está dividida en varios barrios, y cada barrio repartido en varias bandas: cinco, diez, quince muchachos que forman una jauría que por donde orina nadie pasa... perdiéndonos en el laberinto de los callejones y de los odios... los rencores y los ajustes de cuentas que se heredan de padres a hijos y se pasan de hermanos a hermanos como el sarampión... La lucha implacable es a muerte, esta guerra no deja heridos porque después se nos vuelven culebras. No señor (Vallejo. 1994: 67).

    Fernando Vallejo considera que la violencia se ha acrecentado "por la rabia de la población. Por tanto carro, tanta gente, tanta rabia, que les va subiendo de grado en grado la temperatura a las ciudades" (Vallejo. 2002: 1). Propone dos alternativas para mejorar las condiciones de vida: "o nos ponemos a matar en bloque, más a conciencia, no de a veinte o treinta; o dejamos de reproducirnos. Porque ya no cabemos. Y cuando las ratas no caben porque están muy apretadas, unas con otras se matan (Vallejo. 2002: 1).

    Bibliografía

    Abad Faciolince, Héctor. Asuntos de un hidalgo disoluto. Bogotá: Alfaguara. 1994, 2000.

    Bourdieu, Pierre. Las reglas del arte. Barcelona: Anagrama. 1997. Primera edición: París: Éditions du Seuil. 1992.

    __________ Sociología y cultura. México: Grijalbo. 1990. Primera edición. Questions de sociologie. Paris: Editiones de Minuit. 1984. Introducción de Néstor García Canclini.

    Ong, Walter. Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra. México: Fondo de Cultura Económica. 1987.

    Ortiz, Fernando. Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Caracas: Biblioteca Ayacucho. 1978.

    Ospina, William. "No quiero morir pero matan", En Número. 26. Sept - nov. 2000.

    Pacheco, Carlos. La comarca oral. Caracas: La Casa de Bello. 1992.

    Rama. Angel. Transculturación narrativa en América Latina. México: Siglo XXI. 1982.

    Vallejo, Fernando. El desbarrancadero. Bogotá: Alfaguara. 2001.

    ___________ "Los difíciles caminos de la esperanza". Fotografías: retratos con bestia de Jorge Mario Múnera. En www.revistanumero.com. 2002

    ___________ La virgen de los sicarios. Bogotá: Alfaguara. 1994, 2002.

    Notas:

    [1] La distribución de los bienes materiales y culturales en realidad no es equitativa en ninguna parte y, mucho menos en las sociedades capitalistas: "El mercado de bienes simbólicos incluye, básicamente, tres modos de producción: burgués, medio y popular. Estos modos de producción cultural se diferencian por la composición de sus públicos (burgués/clases medias/populares), por la naturaleza de las obras producidas (obras de arte/bienes de consumo masivo) y por las ideologías político-esteticas que los expresan (aristocratismo esteticista/ascetismo y pretensión/pragmatismo funcional). Pero los tres sistemas coexisten dentro de la misma sociedad capitalista, porque ésta ha organizado la distribución (desigual) de todos los bienes materiales y simbólicos. Dicha unidad se manifiesta, entre otros hechos, en que los mismos bienes son, en muchos casos, consumidos por distintas clases sociales. La diferencia se establece entonces, más que en los bienes que cada clase apropia, en el modo de usarlos" (Néstor García Canclini, en la introducción a Sociología y cultura. Pierre Bourdieu. 1990: 22)

    [2] "El amor homosexual ha sido un tópico difícil para la literatura hispanoamericana contemporánea, principalmente por la impericia de los autores al tratar el tema... La mayoría se conforma con un erotismo repetitivo y solemne, o bien una farse melodramática que, a estas alturas, ya ni siquiera nos hace sonreir.
    Fernando Vallejo evita ambos escollos obrando con eminencia intelectual: su novela no es erótica sino tanática. Su campo de batalla es la mente, no la piel...
    Por lo que atañe a las probables escenas de erotismo homosexual, éstas han sido suprimidas sistemáticamente, como si el narrador no quisiera que su presencia negara o atemperara la perspectiva de que el mundo... fue y será una porquería. De tal suerte, la homosexualidad aparece en La virgen de los sicarios como una actitud moral de los personajes. También como un recurso estilístico, un potente catalizador de la misantropía y el horror ante la capacidad de engendrar" (Herbert. 2001: 2).

    [3] En fragmentos como este las palabras del narrador van dirigidas al lector extranjero como explicación o ilustración y al colombiano como reproche.

    © Elsy Rosas Crespo 2003
    Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

    El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero24/virgen.html

  • Diccionario hueco

    Siguiendo el ejercicio elaborado por Elsy Rosas Crespo en el post Diccionario de su blog Ensayista, y acorde con esta temporada de reflexión etílica e introspección indulgente, me dispongo a hacer mi propia versión del ejercicio.

    A

    A: Un grupo de rock insignificante que tuvo como único hit una canción llamada Nothing.
    Adicción: Entrar a una residencia a hacer de todo menos lo que todo el mundo hace en una residencia.
    Æ: Un arcaísmo muy elegante cuya pronunciación puede ser Ash, como la protagonista de la película de cyberpunk Avalón.
    Aforismo: Lo contrario a una frase célebre.
    Amor: Su sombra es asfixiante
    Ano:
    Aszeta: mi amigo mío
    Axxón: una buena revista

    B

    Baal: Una voz que se debe omitir
    Belleza: Estrellas que existen sin enterarse de tu llanto
    Boca: La extensión defecante del ano.

    C

    Canto: recuerdo de un alivio abandonado en los primeros tiempos
    Corazón: un vaho sin cuerpo que fracasa en el otro
    Cristalizarse: es fragmentarse

    CH

    Chapinero: la mayor caterva de farsantes presumidos, ignorantes e insignificantes del cagadero bogotano.
    Chacal: Tan diletantemente infértil como el sarcasmo.blogspot.com... pero sin sarcasmo.

    D

    Desgracia: ser feo, pobre y tonto.
    Dominga: el primer día de la destrucción.
    Divinidad: Una niña negra que llora porque ha perdido el limón que debía vender esa noche.

    E

    Estebana: mi mejor amiga y mi amor infinito.
    Ectoplasma: la materia de los hombres.
    Elvira: mi patético yo plástico.
    Enigma: en los últimos dos años, mi música favorita
    Extraterrestres: desadaptados en el mundo.

    F

    Fracaso: la universidad que te descubre
    Facebook: es para idiotas, por eso tengo cuenta allí.
    Fetiches: la banda de mi amigo a cuyos conciertos voy, así sea el único en asistir junto a su novia y su mejor amigo.

    G

    Gay: Respetar si no es para propósitos hipócritamente popstars, ni se confunde con ser gótico.
    Guarro: No importa cuán guarro seas siempre habrá alguien más guarro que tú

    H

    Húmeda: lo más cercano al amor que te puede manifestar una chica
    Humanidad: insoportable
    Humanismo: ignorancia empacada al vacío

    I

    Irreverente: tenía sentido serlo aún en el siglo XVIII
    Imaginación: la cara inteligente de la razón
    Imitador: por lo general tiene más éxito que a quien imita

    J

    Jocoso: fastidioso
    Jodido: desesperación que te postra en el lecho de cama alguna veces, finalmente en el lecho de muerte; también en el lecho marino; y también en el lecho marital.

    K

    Kids: la primera película que me vi de Larry Clark, en el 96.
    K Dick, Philip: Añadió los delirios inhumanos a la ciencia ficción.
    Kunst: corromperse concientemente.

    L

    Lujuria: Mantenerla tan discreta como las otras necesidades groseras del cuerpo humano (defecar, sonarse, cortarse las uñas)
    Lección: jamás molestarse en decir ni escuchar una lección; la experiencia es la única lección.
    Literatura: Fosa común abierta en que los chulos se agasajan relamiendo los restos disecados.

    M

    McCarthy, Cormac: Escribe para personas no para lectores
    Mesura: ofrecer el agujero del culo a tu atacante.
    Maravilla: estar vivos aún
    Mendicante: tener una sonrisa para todo el mundo
    Mágico: el amor

    N

    Norman Mailer: por fin se murió ese viejo (quiero ser como él cuando anciano)
    Navidad: es para vivir la pobreza juntos y estar felices de estar ahí, acompañándonos, repletos de amor el uno por el otro.

    O

    Ogro: los profesores de escuela
    Ostracismo: ser católico y conservador
    Oración: al Arcángel San Miguel.

    P

    Prostitución: es penosa la que no es conciente; no la que se hace de manera honesta, directa, desprovista de eufemismos (ej: liberalidad, arte, política, experimentación, universidad, alcohol).
    Prisión: Colombia es prisión
    Prístino: una palabra ridícula

    Q

    Querer: sufrir
    Quark: violencia subatómica
    Quásar: antes considerados como agujeros blancos causaron gran desilusión; aún no se han descubierto los agujeros blancos propuestos por Einstein, los cuales podrían ser generadores potenciales de universos. Sin embargo la onda destructiva del Quásar comprueba que tras un gran desastre se desarrolla una gran belleza.

    R

    Rockola: después de agotar todas las canciones conocidas, agotar las desconocidas.
    Roger Revision: la vida vegetal persevera
    Ruinas: la saliva de las amantes que perduraron en la piel rechazada
    Subvalorado:
    Agotado:
    Despreciado:
    Cuestionado hasta la última consecuencia

    S

    T

    U

    V

    X

    Y

    Ybone: una gran compañía este año, mi prima.

    X

    Y

    Z

    http://journalmalediction.blogspot.com/2008/12/diccionario-hueco.html

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    Diccionario

    Por Elsy Rosas Crespo:

    A

    Aceite: de oliva

    Adidas: la mejor marca

    Alemania: Hitler

    Alemania: el país con más ciberadictos en el mundo

    Amigos: muy pocos

    Amor: se ama sólo una vez

    Amor: la experiencia más maravillosa

    Amor: pretexto para el sexo

    Amor: nadie ha amado como yo

    Amor: más fuerte que el odio

    Amor platónico: falta de sexo

    B

    Baño: mejor con agua fría

    Bebé: el milagro de la vida

    Beso: preludio para el coito

    Bethoven: La novena sinfonía

    Biblioteca: ¡No tener tiempo para ir más seguido!

    Blanco: vino

    Bolero: ¿Bailamos?

    C

    Café: Oma.

    Carro: es mejor tener dos

    Casa: lo que más importa es la vista.

    Casa: una casa no es un Hogar

    Celular: para que me ubiquen

    Cerebro: tan misterioso como el Universo

    Cibersexo: masturbación

    Cigarrillo: del cigarrillo se pasa a la marihuana

    Cine: es mejor ver la película que leer el libro

    Cine: ¿Por qué apagarán la luz?

    Cine: ¿Por qué no hay moscas en las salas de cine?

    Citroen: mejor que Mazda

    Crepes: hagamos la fila

    Conócete a ti mismo: es muy complicado

    Concierto: sueño

    Cuerpo: Templo del Espíritu Santo

    CH

    Chavo: el mejor programa del siglo

    D

    Dios: no existe

    Dinero: no hace la felicidad

    E

    Edad: soy más feliz a los 38 que a los 28

    Einstein: sólo usó el 10% del cerebro

    F

    Familia: feliz

    Facebook: controlado por la CIA

    G

    García Márquez: Aracataca

    Gato: el animal más hermoso

    H

    Hijos: una razón para vivir

    Hijos: la alegría del Hogar

    Hola: !Bien, gracias¡

    Hipócrita: los demás

    Historia: ficción

    Hombres: sólo piensan en sexo

    I

    Ilustración: siglo de las luces

    interesante: casi todo lo es

    internet: no sirve para nada

    Internet: ciberadicción

    J

    Juego: no importa ganar ni perder

    Juventud: divino tesoro

    K

    Kant: crítica de la razón pura

    L

    Leer: Perder el tiempo

    Leer: vicio.¡Qué lástima no ser adicto a la lectura!

    Leer: vuelve a la gente depresiva

    Libertad, igualdad, fraternidad: imposible para el Homo Sapiens

    Literatura: ¿Para qué sirve estudiar eso?

    Literatura: prefiero mirar por la ventana

    M

    Madre: cuando la perdemos sabemos lo que significa

    Maestro: de obra

    Maternidad: la experiencia más maravillosa

    melancolía: una palabra muy elegante

    Mentira: decir que no se es significa que se es mucho

    Misa: monótona

    Misa: menos monótona que la novena de aguinaldos

    Mar: ¡Qué inmensidad!

    Mar: Es mejor la montaña

    Mujer: misterio

    Mujer: tumba

    Mujer: vida

    Mujer. intuición

    Mujer: muerte

    Mujer: insondable

    Muerte: voy a escribir un poema

    Muerte: cuando morimos sabemos a quién amamos de verdad

    Muerte: ¡El túnel!

    Muerte: preferible ahogado que quemado

    Música: el arte más difícil de apreciar

    N

    En nada demasiado: Milton

    Niños: la alegría del hogar

    Ñ

    Ñ: en todos los teclados

    O

    Odio: preferible que la indiferencia

    Oliva: aceite de

    Orar: hablar con uno mismo

    P

    Padre: Dios

    Perder: es ganar un poco

    Platón: un filósofo

    Profesora: ¿está buena?

    Profesional: Me salió por treinta millones

    Profesional: ¿Leer? ¡Lo que tenía que saber ya lo aprendí!

    Putas: bailar con ellas

    Putas: hablar con ellas

    Putas: confesarse con ellas

    Putas: escribir poemas para ellas

    Putas: ¿de qué viven ellas?

    Q

    Queso: ratones

    R

    Reloj: de arena

    Risa: Brackets.

    Rosas: me gusta olerlas

    Música romántica: Vibra

    S

    Sacerdote: es más divertido ser profesor

    SENA: allá no se va a perder el tiempo

    Sentimientos: lo que realmente importa

    Sexo: la risa de Dios

    Sexo: mejor con amor

    Sexo: la manifestación del amor

    Sexo: mejor con una sola persona

    Sol: puesta de

    Sólo sé que nada sé: ¡Que frase tan linda!

    Soledad: ¡Pobre!

    Soledad: no hay quien le alcance un vaso de agua

    Sueño: ¡Si pudiera dormir sólo dos horas!

    T

    Tinto: un americano.

    Transmilenio: mejor que la buseta

    Trío: sólo si es de cuerdas

    Tristeza: falta de ocupación

    El túnel: Ernesto Sábato

    Tumba: vientre

    U

    Universidad: conocimiento

    Universidad: mucha materia de relleno

    Universidad: Rumba dura

    Universidad: Universalidad

    Universitario: Marihuana

    Universitario: irreverente

    Universitario: contestatario

    Universitario: crítico

    Universitario: mochila y bufunda

    Uribe: el mejor presidente en la historia de Colombia

    V

    Vacaciones: viaje.

    Vegetariano: ¡Yo no como muerto!

    Vida: no tiene sentido

    Vino: con galletas

    Vino: y bolero

    W

    William: Shakespeare

    X

    Xilófono: sonido

    Y

    Young: psicoanálisis

    Z

    Zaratustra: Nietzsche

    http://ensayista.blog.com.es/2008/12/19/diccionario-5245911/

    Z

  • ¿Por qué los intelectuales no tienen blog?

    La información encontrada en internet es poco confiable para los intelectuales rigurosos, ellos ven con desconfianza los anuncios relacionados con la desaparición de los libros, las bibliotecas, las universidades, los profesores y los intelectuales que escriben libros extensos para especialistas, su cortedad mental no les de para comprender que tarde o temprano los medios virtuales terminarán aniquilando a la industria editorial y alterando todo lo que de ella depende, incluyendo el campo intelectual y las instituciones educativas, se niegan a aceptar que todo lo que empieza termina y que de la tecnología llamada imprenta y sus respectivos sucedáneos pasaremos irremediablemente al mundo digital, a la realidad virtual; no conciben que así como ya no resulta práctico escribir en un piedra o en una máquina de escribir manual, llegará el momento en el que, por puras cuestiones prácticas, publicar un libro como el que lleva los panes al horno será tan romántico como atravesar la cordillera a pie o a lomo de mula.

    Casi ningún gran intelectual publica los resultados de sus investigaciones o los avances de sus reflexiones en una revista virtual, tampoco se le pasaría por la mente la idea de crear un blog para poner a consideración del público aquello que le ha costado tanto tiempo, trabajo, desvelo y hasta quebrantos de salud, no concibe la idea de compartir el mismo espacio con millones de personas que, al no haberle encontrado un sentido a la vida han decidido crearse un espacio propio en la virtualidad para gritarle al mundo que ellos existen y tienen algo que comunicar, qué es lo que comunican la mayoría de las personas que tienen un blog? La respuesta es muy sencilla: la mayoría de las personas que tienen blog escriben banalidades, nos ponen al tanto de su vida privada, incluyendo disfunciones sexuales, alteraciones de peso, estados maniacodepresivos, comparten con la “comunidad” fotos de toda su familia, incluidas las mascotas, nos ponen al tanto de cada anécdota de su vida para que nosotros también lloremos evocando su triste o maravilloso presente y pasado. El cincuenta por ciento de la gente que tiene blog hace pública su vida privada, el cuarenta por ciento se cree poeta y nos tortura sin nosotros haber hecho nada en su contra, el diez por ciento restante supone que nadie sabe lo que ocurre en el mundo, parece hacer caso omiso de la cantidad de noticieros que invaden diariamente las pobre mentes a través de los medios de comunicación y pasa el día copiando y pegando cuanta noticia encuentra para compartirla con los demás a través de su blog; en todo blog que se respete hay imágenes sugestivas, música, video, deporte y un poco de política siempre de izquierda, si hicieramos un balance del sentido de existir de los blogs llegaríamos a la triste conclusión de que si un día desaparecieran para siempre todos los blogs lamentaríamos no poder continuar haciendo el seguimiento de uno en un millón. Con este paisaje tan desolador cómo pretendería el gran intelectual ilusionarse con compartir su trabajo a través de estos medios?

    No todas las noticias son malas: cuando una nueva tecnología relacionada con la palabra aparece a disposición de todos cada persona se siente con el derecho a hacer uso de ella sin saber exactamente con qué propósito, no olvidemos la avalancha de diarios publicados en el siglo XVIIl gracias a la prodigiosa tecnología llamada imprenta. De todos los diarios escritos y publicados en esta época cuántos de ellos pueden ser catalogados como innegables obras de arte o documentos de valor histórico? no más de diez. ¿Cuántos se escribieron en total? es imposible precisar la cifra, lo mismo está sucediente en este momento de la historia de la escritura con el fenómeno llamado blog.

    Tomado de: Doscuartillas

    http://noticias.radio3hp.com/tag/%C2%BFpor-que-los-intelectuales-no-tienen-blog/

  • La virgen de los sicarios en Wikipedia

    http://es.wikipedia.org/wiki/La_virgen_de_los_sicarios_(novela)

    _________________________

    La virgen de los sicarios como extensión de la narrativa de la transculturación

    En La virgen de los sicarios Fernando Vallejo ficcionaliza la oralidad de una comunidad específica de Colombia con propósitos artísticos. Para crear la ilusión de oralidad desde la escritura sin perder verosimilitud es necesario que el artista conozca los imaginarios de la comunidad de su interés, la manera en que sus miembros conciben el mundo, el contexto social al que pertenecen y el modo en que valoran su participación como individuos que forman parte de una comunidad humana. Debe distinguir, además, las particularidades de la lengua y la manera en que la emplean sus usuarios en situaciones especificas con el propósito de estilizar ambos aspectos, el cultural y el lingüístico y, de esta manera, crear mundos literarios configurados a partir de situaciones sociales y usos de la lengua en contextos particulares. Fernando Vallejo posee pleno dominio de las reglas implícitas que subyacen a la realización de la oralidad y la escritura, es un gran observador del habla de la comunidad de su interés y se ha acercado a los usuarios de la lengua en contextos naturales para luego tomar distancia cuando emprende el proceso de escritura, el resultado es La virgen de los sicarios, una "historia de amor en el país del odio".

    Los novelistas que han adoptado la toma de posición que Angel Rama ha denominado narrativa de la transculturación (1982) comparten la dedicación por el estudio y el esfuezo por comprender y ficcionalizar hablas y expresiones culturales de regiones relativamente aisladas de América Latina; asumen el predominio de la oralidad en la región de su interés como la clave de un conjunto de recursos de representación literaria. A través del conocimiento de la configuración mental de los habitantes de esta región y de los principales problemas sociales que los aquejan, se propusieron lograr, después de un exigente proceso de elaboración, la producción de un efecto de oralidad con repercusiones estéticas e ideológicas en cada caso particular (Pacheco, 1992).

    La ficcionalización de la oralidad (como una opción opuesta a la fetichización de la escritura) se inscribe dentro de la concepción que parte de la negación de la superioridad cultural de unas comunidades en relación con otras, una actitud eminentemente antieurocentrista ratificada a partir de los textos de Fernando Ortiz -desde la perspectiva antropológica- que luego sirvió de sustento para fundamentar la teoría sobre la transculturación narrativa emprendida por Angel Rama y ratificada en la actualidad por estudiosos de la literatura latinoamericana como Carlos Pacheco.

    Independencia, originalidad y representatividad literaria, categorías definidas por Angel Rama (1982: 11-20), son, después de la consolidación de las naciones latinoamericanas, los pilares sobre los cuales debía fundarse el proyecto literario, que no podía ser indígena porque existía una fuerte marca dejada por los europeos, comenzando por la lengua y las tradiciones implantadas, como tampoco se podía sustentar en la plácida imitación de los modelos europeos. Los tres aspectos fueron logrados por los transculturadores después de transcurrido mucho tiempo de intentos de escritores regionalistas por crear obras que, además de poseer gran valor estético, representaran con verosimilitud los lenguajes simbólicos y orales interiorizados y empleados por individuos de comunidades fuertemente orales, por culturas orales primarias, como diría Walter Ong (1987: 40).

    El deseo de dar a conocer los imaginarios de algunas comunidades rurales e indígenas y de hacer de éstas el eje central de una propuesta estética simultánea en varios paises latinoamericanos maduró, entre otras cosas, debido a las grandes transformaciones que ocurrieron en América Latina tras la primera Guerra Mundial:

    Tras la primera guerra mundial, una nueva expansión económica y cultural de las metrópolis se hace sentir en América Latina y los beneficios que aporta a un sector de sus poblaciones no esconde las rupturas internas que genera ni los conflictos internos que han de acentuarse tras el crac económico de 1929. Se intensifica el proceso de transculturación en todos los órdenes de la vida americana. Uno de sus capítulos lo ocupan los conflictos de las regiones interiores con la modernización que dirigen capitales y puertos, instrumentada por las élites dirigentes urbanas que asumen la filosofía del progreso. La cultura modernizadora de las ciudades, respaldada en sus fuentes externas y en su apropiación del excedente social, ejerce sobre su hinterland una dominación (trasladando de hecho su propia dependencia de los sistemas culturales externos) a los que prestan eficaz ayuda los instrumentos de la tecnología nueva... A las regiones internas, que representan plurales conformaciones culturales, los centros capitalinos les ofrecen una disyuntiva fatal en sus dos términos: o retroceden entrando en agonía, o renuncian a sus valores, es decir, mueren (Rama. 1982: 28).

    En las obras de los narradores de la transculturación (Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Joao Guimaraes Rosa...) la lengua y las estructuras literarias son objeto de especial atención; gracias al manejo de estos recursos es posible percibir en algunas de las novelas más representativas (Pedro Páramo, Cien años de soledad, Gran sertón: Veredas...) las diferencias con otras manifestaciones estéticas escritas que, aunque también se destacan por la oralidad, generan otro tipo de efectos en los lectores. El efecto que se proponen producir los transculturadores con la estilización de un habla regional es la sensación -en el lector- de encontrarse ante la recreación de voces rurales o populares auténticas y de presentar las particularidades culturales de la comunidad, su manera de concebir el mundo, el amor, la vida... a través del uso que los narradores y los personajes hacen de la lengua;

    Se trata, nada menos, de escribir la realidad (y no de describirla, de imitarla, sino de dejarla en cierto modo que se produzca a sí misma, representación natural de la naturaleza); es decir de hacer aquello que define propiamente la literatura, pero a propósito de la realidad más banalmente real, la más corriente y moliente que, por oposición a lo ideal, no está hecha para ser escrita... hay que afirmar el poder que pertenece al arte de constituirlo todo gracias a la virtud de la forma... de transmutarlo todo en obra de arte gracias a la eficacia de la propia escritura (Bourdieu. 1997: 165).

    Si recordamos las características propuestas por Angel Rama sobre la manera como los narradores de la transculturación emplean la lengua, podemos percibir, antes de hacer cualquier análisis textual de la escritura de Fernando Vallejo, que todas atraviesan su narrativa:

    1. Se prescinde del uso de glosarios, estimando que las palabras regionales transmiten su significado dentro del contexto linguístico aún para quienes no las conocen.

    2. El léxico, la prosodia y la morfosintaxis de la lengua regional, aparece como el campo predilecto para prolongar los conceptos de originalidad y representatividad, fundamentos de la "plasticidad cultural".

    3. Lo que antes era la lengua de los personajes populares y, dentro del mismo texto se oponía a la lengua del escritor o del narrador, invierte su posición jerárquica: en vez de ser la excepción y de singularizar al personaje sometido al escudriñamiento del escritor, pasa a ser la voz que narra... no remeda simplemente un dialecto, sino que utiliza formas sintácticas o lexicales que le pertenecen dentro de una lengua coloquial.

    4. El autor se ha reintegrado a la comunidad lingüística y habla desde ella con desembarazado uso de los recursos idiomáticos... es a partir de su sistema lingüístico que trabaja el escritor, quien no procura imitar desde fuera un habla regional, sino elaborarla desde dentro con una finalidad artística.

    5. Desde el momento en que el escritor no se percibe a sí mismo como fuera de la comunidad lingüística, sino que la reconoce sin rubor, ni disminución como propia... investiga las posiblidades que ésta le proporcionan para construir una específica lengua literaria dentro de su marco (Rama. 1982: 41-42).

    Al introducirse en las raíces de la cultura y sentirse como parte de ésta el escritor transculturador descubre aspectos que le eran desconocidos, identifica rasgos particulares de la interioridad de los habitantes del lugar que difieren ampliamente de los representados en las obras en la que el escritor se distancia de la región o de la realidad que desea representar, de la misma manera que se distancia de sus personajes cuando se convierte en narrador.

    La toma de posición asumida por Fernando Vallejo tiene algunas similitudes con la de los narradores de la transculturación pero es evidente que ha surgido a partir de intereses, problemas y nuevas preocupaciones, diferentes a las observadas y expresadas por escritores como Gabriel García Márquez. En La virgen de los sicarios, por ejemplo, los problemas de carácter social están relacionados con la explosión demográfica, la masificación y la violencia, no se trata de concederle la voz a los desvalidos o a los vencidos sino de -a través de la voz y las actitudes de los personajes marginados y marginales- dar a conocer y reflexionar sobre problemas que aquejan a ciudades como Medellín que, en síntesis, son los de las ciudades latinoamericanas, en las que la distribución de los bienes materiales y culturales no es equitativa; se trata de una sociedad en la que no se le brindan las mismas oportunidades a todos, especialmente a los jóvenes menos favorecidos económicamente.

    En la narrativa de la transculturación pocas veces los narradores explican las situaciones que viven los personajes, a través de la ficcionalización de la oralidad éstos lo hacen por sí mismos en narraciones que se asemejan al testimonio y que producen en el lector la sensación de que aquello que lee no es el resultado del esfuerzo de un artista por lograr verosimilitud en su creación, sino que se trata de la transcripción de relatos orales de personas que desconocen la escritura o la emplean sólo con fines prácticos. La voz de los narradores no es fría y distante, como si fuera la de un hombre culto, distanciado y objetivo que expone situaciones que le son ajenas, sino que esta voz se mezcla y se confunde con la de los personajes.

    El narrador de las obras de Fernando Vallejo ha llevado esta práctica al extremo:

    Al decidir hablar en nombre propio, con su voz (una voz inconfundible que no se parece a la de nadie), Fernando Vallejo está rompiendo con la más obstinada tradición literaria: la del narrador omnisciente que todo lo sabe y que todo lo ve, el novelista ubicuo que puede atravesar con su mirada las paredes y leer los pensamientos. Nada de esto aquí. En vez del Artífice Supremo, un simple ser humano que dice "yo" sin ocultarse detrás de una pluralidad de máscaras. Pero eso sí, uno que ha jurado no salirse jamás de los límites del pronombre de primera persona con todo lo que eso implica: asumir sin disimulos ni subterfugios sus amores y sus odios (Contracarátula de El desbarrancadero. 2001).

    En La virgen de los sicarios no sólo el narrador y los personajes comparten el mismo idiolecto sino que, además, se involucra al lector. El lector -real e implícito- aprende la lengua del narrador -que también está aprendiendo la de los sicarios- y debe aceptar las agresiones que éste le dirige; en la primera página de la novela Fernando primero lo informa, después lo interroga, luego lo desprecia y, finalmente, como hace siempre, le explica:

    Un rombo de ciento veinte pliegos inmenso, rojo, rojo, rojo para que resaltara sobre el cielo azul. El tamaño no me lo van a creer, ¡pero qué saben ustedes de globos! ¿saben qué son? Son rombos o cruces o esferas hechos de papel china deleznable, y por dentro llevan una candileja encendida que los llena de humo para que suban. El humo es como quien dice su alma, y la candileja el corazón (Vallejo. 1994: 7).

    Fernando emprende su viaje a través de Medellín; lo inicia con Alexis y lo termina con Wilmar (el asesino de Alexis) cuando lo deja en el anfiteatro:

    Al amanecer sonó el teléfono: del anfiteatro, que fuera a identificar a alguien que llevaba consigo un número.

    "Anfiteatro" llaman aquí a la morgue, y no hay taxista en Medellín ni cristiano que no sepa dónde está porque aquí los vivos sabemos bien adónde tenemos que ir a buscar a los muertos (Vallejo. 1994: 136-137).

    Cuando Fernando sale de allí se dirige a tomar un bus cualquiera para donde vaya y se despide del lector, que lo ha acompañado durante su travesía.

    De la misma manera en que Fernando le explica al lector lo que es un globo, le describe cuanto ve y cuanto recuerda durante su recorrido por diferentes lugares: iglesias, calles, zonas rurales, comunas, restaurantes, bares... Los espacios, ambientes y objetos con los que se encuentra y llaman su atención son conocidos por el lector a través de descripciones y comparaciones en las que el pasado vivido y recordado es visto como el tiempo ideal y el presente es tratado con desprecio y dolor:

    Entre los nuevos barrios de casas uniformes seguían en pie, idénticas, algunas de las viejas casitas campesinas de mi infancia, y el sitio más mágico del Universo, la cantina Bombay... con los mismos techos de vigas y las mismas paredes de tapias encaladas... los muebles eran de ahora pero qué importa, su alma seguía encerrada allí y lo comparé con mi recuerdo y era la misma...

    No sé si entre aquellas casitas campesinas que quedaban estaba la del pesebre... la del pesebre más hermoso que hayan hecho los hombres desde que se estableció la costumbre de armar en diciembre nacimientos y belenes para conmemorar la llegada a esta mísera tierra... en la carretera a Sabaneta había una casita con un pesebre que tenía otra carretera a Sabaneta. Ir de una realidad a la otra era infinitamente más alucinante que cualquier sueño de basuco (Vallejo. 1994: 15-16).

    En La virgen de los sicarios Fernando Vallejo recrea una región que es presentada y sentida como un espacio natural y una realidad social que han sido transformados, disueltos de forma violenta; se trata de un espacio y una realidad que le producen repulsión: el idilio es la naturaleza y la infancia, la edad adulta es de inconformidad, rechazo y desprecio del presente:

    ¿Se les hace impropio un viejo matando a un muchacho? Claro que sí, por supuesto. Todo en la vejez es impropio: matar, reirse, el sexo, y sobre todo seguir viviendo (Vallejo. 1994: 103).

    A través de la narración el lector experimenta las sensaciones vividas por Fernando debido al modo en que están escritas, a la puesta en forma; el ritmo de las frases es acorde con el ritmo de las acciones y los rasgos de los espacios descritos:

    Las comunas cuando yo nací no existían... las encontré a mi regreso en plena matazón, florecidas, pesando sobre la ciudad como su desgracia. Barrios y barrios de casuchas amontonadas unas sobre otras en las laderas de las montañas, atronándose con su música, envenenándose de amor al prójimo, compitiendo las ansias de matar con la furia reproductora... en el momento que escribo este conflicto aún no se resuelve: siguen matando y naciendo... pero sigamos subiendo: mientras más arriba en la montaña mejor, más miseria (Vallejo. 1994: 33).

    La descripción física y los valores de los amantes del gramático son explicados y contrastados con los de él mismo a medida que él, un hombre adulto culto, se va internando en el mundo de los jóvenes sicarios:

    "Aquí te regalo esta belleza -me dijo José Antonio cuando me presentó a Alexis- que ya lleva como diez muertos". Alexis se rió y yo también y por supuesto no le creí, o mejor dicho sí... Le quité la camisa, se quitó los zapatos, le quité los pantalones, se quitó las medias y la trusa y quedó desnudo con tres escapularios. Que son los que llevan los sicarios: uno en el cuello, otro en el antebrazo, otro en el tobillo y son: para que les den el negocio, para que no les falle la puntería y para que les paguen. (Vallejo. 1994. 11-18).

    Para comprender la naturaleza de los sicarios el narrador ha tenido que involucrarse no sólo en sus actividades sino que además ha tenido que aprender, interpretar y usar su lengua; a lo largo de la novela hay frecuentes reflexiones relacionadas con el lenguaje y con su uso debido a que el narrador es un gramático:

    "El pelao debió de entregarle las llaves a la pinta esa", comentó Alexis... Con "el pelao" mi niño significaba el muchacho; con "la pinta esa" el atracador; y con "debió de" significaba "debió" a secas... una cosa es "debe" sola y otra "debe de". Lo uno es obligación, lo otro duda (Vallejo. 1994: 23).

    Los valores del narrador experimentan transformaciones graduales a medida que avanza el relato debido a que se ha involucrado en las experiencias de los demás personajes. Al comienzo puede llegar a alterarse debido a algunas actitudes de los sicarios, más adelante los cuestiona un poco, al final, termina justificándolos y hasta celebrando su comportamiento. Los sicarios, como Ángeles Exterminadores, cumplen una función positiva debido a que compensan la "furia reproductora" de sus madres.

    El inicio de la novela no produce ninguna sorpresa en el lector debido a que se trata de una escritura narrativa más o menos convencional: un narrador en primera persona que se refiere a hechos ocurridos en el pasado en los que él ha participado: "Había en las afueras de Medellín un pueblo silencioso y apacible que se llamaba Sabaneta. Bien que lo conocí" (Vallejo. 1994: 7).

    Cuando el narrador se ha involucrado lo suficiente en el mundo de los sicarios también se ha transformado su modo de expresarse: "Sacó el Ángel exterminador su espada de fuego, su 'tote', su 'fierro', su juguete, y de un relámpago para cada uno en la frente los fulminó. ¿a los tres? No bobito, a los cuatro, al gamincito también" (Vallejo. 1994: 64).

    Al final de la novela, en la última página, Fernando se dirige al lector través del idiolecto característico de los sicarios; el narrador conoce y emplea la lengua de los personajes de manera desenvuelta y natural:

    Bueno parcero, aquí nos separamos, hasta aquí me acompaña usted. Muchas gracias por su compañía y tome usted, por su lado, que yo me sigo en cualquiera de estos buses para donde vaya, para donde sea.

    "y que te vaya bien,
    que te pise un carro
    o que te estripe un tren" (Vallejo. 1994. 142).

    El narrador de La virgen de los sicarios, a diferencia del de Cien años de soledad, es un crítico severo que se expresa sin titubeos y no se esfuerza por cautivar al lector. Mientras que en la novela de García Márquez los problemas son expresados a través de la voz de los personajes y la reflexión surge a partir de la lectura, es decir que la actitud crítica debe ser descubierta e interpretada por el lector, en la de Fernando Vallejo el narrador evalúa acciones y actitudes propias y ajenas, la mayoría de las veces de forma bastante agresiva, sin ningún tipo de consideración ni siquiera con él mismo.

    La actitud desacralizadora -la "etica invertida" celebrada por el "odiador amable" (Abad, 2000) en todas las obras de Fernando Vallejo no puede ser concebida sólo como el deseo de ofender o de calmar angustias existenciales; "el fin de Vallejo, con todo, es menos retratar una conciencia que zarandear a un país y, desnudando sus vergüenzas, igualarlo al resto de la humanidad, a la que insulta con indignación imparcial" (Ospina. 2000: 20).

    El narrador de La virgen de los sicarios -que es el mismo de El río del tiempo y El desbarrancadero- se esfuerza por ir contra la corriente, contra valores e instituciones como el matrimonio, la maternidad, la heterosexualidad, la iglesia, la familia, los actos humanitarios, la intelectualidad, el respeto a las instituciones públicas, al presidente, etc:

    La relación carnal con las mujeres es el pecado de la bestialidad... como por ejemplo un burro con una vaca.

    De tanto en tanto una vieja preñada, una de esas perras putas paridoras que pululan por todas partes con sus impúdicas barrigas en la impunidad más monstruosa.

    Vive prisionero, encerrado, casado, con mujer gorda y propia y cinco hijos comiendo, jodiendo y viendo televisión.

    (el presidente) les lee el discurso que le escribieron en inglés con esa vocecita chillona, montañera, maricona, suya, y con el candor y el acento de un niño de escuela que está aprendiendo.

    Cualquier sociólogo chambón de esos que andan por ahí analizando en las "consejerías de paz" concluirá de esto que al desquiciamento de una sociedad se sigue el del idioma. ¡Qué va! (Vallejo. 1994).

    Aunque la ficcionalización de la oralidad es un recurso empleado en la totalidad de la obra de Fernando Vallejo, en La virgen de los sicarios, por tratarse de la recreación de las expresiones y las acciones más frecuentes de los sicarios de las comunas, su uso es más eficaz para asumir una actitud desacralizadora, para producir mayor repulsión en los detractores de sus obras. Después de esta novela -gracias a la verosimilitud de su escritura- es muy probable que su autor no sea catalogado sólo como homosexual de costumbres depravadas, sino que, además, podrá ser declarado como sicario y, sin embargo, Fernando Vallejo, como su narrador, aparte de unos cuantos libros no tiene prontuario (Vallejo.1994: 42).

    En La virgen de los sicarios Fernando Vallejo se concentra en los problemas que aquejan a Medellín, pero es evidente que a lo largo de su narrativa el menosprecio va dirigido a la raza humana, a sus actos y sentimientos, a la manera en que expresan sus deseos y a los argumentos que los motivan para ejecutarlos:

    Mira Alexis, tú tienes una ventaja sobre mí y es que eres joven y yo ya me voy a morir, pero desgraciadamente para ti nunca vivirás la felicidad que yo he vivido. La felicidad no puede existir en este mundo tuyo de televisores y casetes y punkeros y rockeros y partidos de fútbol. Cuando la humanidad se sienta en sus culos ante un televisor a ver veintidós adultos infantiles dándole patadas a un balón no hay esperanzas. Dan grima, dan ganas de darle a la humanidad una patada en el culo y despeñarla por el rodadero de la eternidad, y que desocupen la tierra y no vuelvan más (Vallejo. 1994: 15).

    La elección por la que ha optado Fernando en La virgen de los sicarios no se debe a que los sicarios encarnen los valores que él considera dignos de ser llevados a la práctica, sino porque entre las posibilidades que le presenta Medellín durante el periodo de tiempo recreado la opción que considera más legítima es la de amar a Alexis, el Ángel Exterminador, porque en él, a pesar de sus limitaciones, se concentran valores que dan fe de su autenticidad y de una actitud radical ante la vida.

    En algunas ocasiones y en relación con algunas decisiones, Alexis puede llegar a ser "más extremoso" que el narrador:

    Le pregunté si le gustaban las mujeres. "No", contestó con un "no" tan rotundo, tan inesperado que me dejó perplejo. Y era un "no" para siempre: para el presente, para el pasado y para el futuro y para toda la eternidad de Dios: ni se había acostado con ninguna ni se pensaba acostar. Alexis era imprevisible y me estaba resultando más extremoso que yo. Conque eso era pues lo que había detrás de esos ojos verdes, una pureza incontaminada de mujeres. Y la verdad más absoluta, sin atenuantes ni importarle un carajo lo que piense usted que es lo que sostengo yo. De eso era de lo que me había enamorado. De su verdad (Vallejo. 1994: 21).

    Si se piensa en la situación actual del país, en los antecedentes de violencia y en la parcialidad con que se abordan los temas más conflictivos (la corrupción, la guerrilla, el paramilitarismo, el narcotráfico, los derechos humanos, etc.) a través de los medios de comunicación, por los políticos y por los "especialistas", es evidente que la actitud de Fernando Vallejo no se constituye apenas en el desahogo de un hombre que sufre y disfruta injuriando y escandalizando a los demás mientras recuerda episodios de su vida, sino que es necesario ir un poco más allá: "Esas despiadadas comprobaciones, esos sermones del ateísmo militante, estos asesinatos simbólicos del poder, fueron siempre el modo como las sociedades se quitaron de encima las mordazas del clericalismo y las camisas de fuerza de la moralidad hipócrita" (Ospina. 2000: 20).

    La descripción del globo hecho con papel china deleznable en la primera página de La virgen de los sicarios no cumple sólo la función de evocar con nostalgia la infancia, es, además, el objeto ideal para contrastar la fervorosa religiosidad de los colombianos -especialmente de los antioqueños- con la sangre derramada por Jesús y por Colombia "por los siglos de los siglos amén":

    Cuando se llenan de humo y empiezan a jalar, los que los están elevando sueltan, soltamos, y el globo se va yendo, yendo al cielo con el corazón encendido, palpitando, como el Corazón de Jesús. ¿Saben quién es? Nosotros teníamos uno en la sala; en la sala de la casa de la calle del Perú de la ciudad de Medellín, capital de Antioquia; en la casa donde yo nací, en la sala entronizado o sea (por qué no se va a saber) bendecido un día por el cura. A él está consagrada mi patria. El es Jesús y se está señalando el pecho con el dedo, y con el pecho abierto el corazón sangrando: goticas de sangre rojo vivo, encendido, como la candileja del globo: es la sangre que derramará Colombia, ahora y siempre por los siglos de los siglos amén (Vallejo. 1994: 7-8).

    En la virgen de los sicarios Fernando Vallejo se concentra en un sector marginado de Medelllín: los jóvenes sicarios de las comunas; el gran problema que aqueja a la comunidad -como ocurre en otros lugares marginales de Colombia- no es el aislamiento sino la violencia y el interés de quienes la constituyen por estar al día en relación con aspectos como la moda:

    Le pedí que anotara, en una servilleta de papel, lo que esperaba de esta vida. Con su letra arrevesada y mi bolígrafo escribió: Que quería unos tenis marca Reebock, y unos jeans Paco Ravanne. Camisas Ocean Pacific y ropa interior Kelvin Klein. Una moto Honda, un jeep Mazda, un equipo de sonido láser y una nevera para la mamá: uno de esos refrigeradores enormes marca Whirpool que soltaban chorros de cubitos de hielo abriéndoles simplemente una llave (Vallejo. 1994. 107);

    Los placeres o las aficiones como la música:

    Alexis dijo que yo estaba loco. Que no se podía vivir sin música, y yo que sí, y que además eso no era música "romántica" (Vallejo. 1994: 20);

    La televisión:

    Se pasa ahora el día entero mi muchachito ante el televisor cambiando de canal a cada minuto... Impulsado por su vacío existencial agarra en el televisor cualquier cosa: telenovelas, partidos de fútbol, conjuntos de rock, una puta declarando, el presidente (Vallejo. 1994: 22-38);

    El fútbol:

    El muerto más importante lo borra el siguiente partido de fútbol... al día siguiente ¡goool! Los goles atruenan el cielo de Medellín y después tiran petardos o "papeletas" o "voladores" y uno no sabe si es de gusto o si son las mismas balas de anoche (Vallejo. 1994: 46).

    Los gustos de los personajes se materializan o se ven frustrados en un contexto social y político corrupto e impune:

    Con eso de que aquí, en este país de leyes y constituciones, democrático, no es culpable nadie hasta que no lo condenen, y no lo condenan si no lo juzgan, y no lo juzgan si no lo agarran, y si lo agarran lo sueltan... La ley de Colombia es la impunidad y nuestro primer delincuente impune es el presidente, que a estas horas debe andar parrandiándose el país (Vallejo. 1994: 22).

    Una de las preocupaciones más evidentes de Fernando Vallejo como intelectual y como novelista es el aumento desmesurado de la pobreza, que se hace cada vez más preocupante debido a lo que él llama la "furia reproductora". En El desbarrancadero el narrador desprecia e insulta a su madre por el hecho de que ella se autoproclame heroína sólo por haber dedicado su vida a tener hijos y pensar que ellos deberían agradecérselo y servirla:

    Herrmana de esta furia es la Loca que aquí tratamos, una mujer impredecible, mandona, irascible, que nos hijueputiaba... El gran secreto de las madres de Antioquia: paren al primer hijo, le limpian el culo, y lo entrenan para que les limpie el culo, al segundo, al tercero, al cuarto, al quinto, al decimosexto, que encargándose exclusivamente de la reproducción ellas paren. Así procedió la Loca y yo... terminé de niñera de mis veinte hermanos mientras la devota se entregaba en cuerpo y alma... a propagar su sacro molde... no se fuera a perder... Yo lavaba, planchaba, barría, trapeaba, ordenaba... y lo que yo lavaba, planchaba, barría, trapeaba y ordenaba la Loca lo ensuciaba, arrugaba, empolvaba, desordenaba...

    -Fue la última vez, vieja hijueputa- le grité con la dulce y delicada palabra aprendida de ella.

    Y fue porque cuando yo digo basta es basta.

    Pero después me arrepentí de haberme rebajado tanto, hasta su bajeza (Vallejo. 2001).

    En La virgen de lo sicarios esta diatriba también es frecuente -mucho más que en las novelas que constituyen El río del tiempo- debido a que los amantes de Fernando viven en las comunas y las madres de estos sicarios son tan prolíficas como la del narrador de El desabarrancadero.

    Uno de las rasgos que mejor caracteriza a lo sicarios y a las personas con menos recursos económicos es la necesidad de aferrarse a la fe para, a través de ésta, hacer más llevadera la vida:

    Un tropel entre un carrerío llenaba el pueblo. Era la peregrinación de los martes, devota, insulsa, mentirosa. Venían a pedir favores. ¿Por qué esta manía de pedir y pedir? Yo no soy de aquí. me avergüenzo de esta raza limosnera... Entre la multitud anodina de viejos y viejas busqué a los muchachos, los sicarios, y en efecto, pululaban (Vallejo.1994: 17).

    Los pobres de Medellín se reproducen "como las ratas" en las comunas y luego bajan a arrasar la ciudad:

    ¡Pero miren qué hacinamiento! millón y medio en las comunas de Medellín, encaramados en las laderas de las montañas como las cabras, y reproduciéndose como las ratas. Después se vuelcan sobre el centro de la ciudad y Sabaneta... y por donde pasan arrasan. "Acaban hasta con el nido de la perra" como decía mi abuela (Vallejo. 1994: 60).

    De la misma manera que los habitantes de las comunas reproducen la pobreza, se encargan de reproducir también la violencia:

    Cada comuna está dividida en varios barrios, y cada barrio repartido en varias bandas: cinco, diez, quince muchachos que forman una jauría que por donde orina nadie pasa... perdiéndonos en el laberinto de los callejones y de los odios... los rencores y los ajustes de cuentas que se heredan de padres a hijos y se pasan de hermanos a hermanos como el sarampión... La lucha implacable es a muerte, esta guerra no deja heridos porque después se nos vuelven culebras. No señor (Vallejo. 1994: 67).

    Fernando Vallejo considera que la violencia se ha acrecentado "por la rabia de la población. Por tanto carro, tanta gente, tanta rabia, que les va subiendo de grado en grado la temperatura a las ciudades" (Vallejo. 2002: 1). Propone dos alternativas para mejorar las condiciones de vida: "o nos ponemos a matar en bloque, más a conciencia, no de a veinte o treinta; o dejamos de reproducirnos. Porque ya no cabemos. Y cuando las ratas no caben porque están muy apretadas, unas con otras se matan (Vallejo. 2002: 1).

    Bibliografía

    Abad Faciolince, Héctor. Asuntos de un hidalgo disoluto. Bogotá: Alfaguara. 1994, 2000.

    Bourdieu, Pierre. Las reglas del arte. Barcelona: Anagrama. 1997. Primera edición: París: Éditions du Seuil. 1992.

    __________ Sociología y cultura. México: Grijalbo. 1990. Primera edición. Questions de sociologie. Paris: Editiones de Minuit. 1984. Introducción de Néstor García Canclini.

    Ong, Walter. Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra. México: Fondo de Cultura Económica. 1987.

    Ortiz, Fernando. Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Caracas: Biblioteca Ayacucho. 1978.

    Ospina, William. "No quiero morir pero matan", En Número. 26. Sept - nov. 2000.

    Pacheco, Carlos. La comarca oral. Caracas: La Casa de Bello. 1992.

    Rama. Angel. Transculturación narrativa en América Latina. México: Siglo XXI. 1982.

    Vallejo, Fernando. El desbarrancadero. Bogotá: Alfaguara. 2001.

    ___________ "Los difíciles caminos de la esperanza". Fotografías: retratos con bestia de Jorge Mario Múnera. En www.revistanumero.com. 2002

    ___________ La virgen de los sicarios. Bogotá: Alfaguara. 1994, 2002.

    Notas:

    * Profesional en Estudios Literarios, Universidad Nacional de Colombia; Magister en Literatura Hispanoamericana, Instituto Caro y Cuervo; Profesora Universidad Central.

    [1] La distribución de los bienes materiales y culturales en realidad no es equitativa en ninguna parte y, mucho menos en las sociedades capitalistas: "El mercado de bienes simbólicos incluye, básicamente, tres modos de producción: burgués, medio y popular. Estos modos de producción cultural se diferencian por la composición de sus públicos (burgués/clases medias/populares), por la naturaleza de las obras producidas (obras de arte/bienes de consumo masivo) y por las ideologías político-esteticas que los expresan (aristocratismo esteticista/ascetismo y pretensión/pragmatismo funcional). Pero los tres sistemas coexisten dentro de la misma sociedad capitalista, porque ésta ha organizado la distribución (desigual) de todos los bienes materiales y simbólicos. Dicha unidad se manifiesta, entre otros hechos, en que los mismos bienes son, en muchos casos, consumidos por distintas clases sociales. La diferencia se establece entonces, más que en los bienes que cada clase apropia, en el modo de usarlos" (Néstor García Canclini, en la introducción a Sociología y cultura. Pierre Bourdieu. 1990: 22)

    [2] "El amor homosexual ha sido un tópico difícil para la literatura hispanoamericana contemporánea, principalmente por la impericia de los autores al tratar el tema... La mayoría se conforma con un erotismo repetitivo y solemne, o bien una farse melodramática que, a estas alturas, ya ni siquiera nos hace sonreir.
    Fernando Vallejo evita ambos escollos obrando con eminencia intelectual: su novela no es erótica sino tanática. Su campo de batalla es la mente, no la piel...
    Por lo que atañe a las probables escenas de erotismo homosexual, éstas han sido suprimidas sistemáticamente, como si el narrador no quisiera que su presencia negara o atemperara la perspectiva de que el mundo... fue y será una porquería. De tal suerte, la homosexualidad aparece en La virgen de los sicarios como una actitud moral de los personajes. También como un recurso estilístico, un potente catalizador de la misantropía y el horror ante la capacidad de engendrar" (Herbert. 2001: 2).

    [3] En fragmentos como este las palabras del narrador van dirigidas al lector extranjero como explicación o ilustración y al colombiano como reproche.

    © Elsy Rosas Crespo 2003
    Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

    El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero24/virgen.html

  • Hemos respirado violencia desde que nacimos (entrevista a Héctor Abad Faciolince)

    Conversar con el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince es una verdadera fiesta para el intelecto. Aunque es de los que prefiere escuchar, cuando habla, la sabiduría nace de sus palabras.

    Lo conocía por menciones, siempre con referencias excelentes, en los muchos encuentros con R.H. Moreno Durán, Santiago Gamboa, Jorge Franco Ramos y Mario Mendoza; todos colombianos de pura cepa; todos escritores de primer nivel como Héctor. Pero fue cuando leí El olvido que seremos, una de las obras imprescindibles de la literatura colombiana de los últimos 50 años, cuando me dije que debía conocer a ese grande de las letras de Colombia.

    Primero, en mis búsquedas sobre su obra, aparecieron cosas como ésta:

    “Es con el libro de cuentos Malos pensamientos (1991) que Abad comienza a hacerse conocer muy tímidamente en el mundo literario colombiano. Hay ya en esos primeros cuentos un toque de distinción, un humor y fina ironía que lleva a la provocación, a la burla paródica, al divertimento, y, fundamental, revela a un escritor que le gusta jugar con el lenguaje”.

    Augusto Escobar Mesa, Universidad de Antioquia.

    “... en Asuntos de un hidalgo disoluto... se trata de una toma de posición intermedia: no es tan radical en relación con la actitud desacralizadora cuando se refiere a la literatura, los políticos, la maternidad, la heterosexualidad, el sistema educativo, la figura de la madre, etc., pero tampoco hace explícita la predilección ante la "creación" y la "contemplación" de la literatura como actividades dignas de todo el respeto y la reverencia”.

    Elsy Rosas Crespo, Revista de Estudios Literarios Espéculo

    “Esta singular obra (Tratado de culinaria para mujeres tristes) es un conjunto de textos breves dirigidos a unas interlocutoras anónimas a quienes formula para aliviarlas de las cargas de la existencia. Cerca de setenta recetas componen el tratado que el autor ofrece a ese tú femenino que espera anhelante la fórmula salvadora”.

    Roberto Vélez Correa, Revista de Ciencias Humanas

    “En Fragmentos de amor furtivo explora lo que define como esa ''verbosidad" femenina. (...) terminó por empaparse de esa capacidad de la mujer antioqueña para hablar e inundar con palabras: Susana cada noche le cuenta a su amante Rodrigo de los amantes que ha tenido, con lo que posterga la decisión de la fatal separación amorosa”.

    Renato Ravelo, Periodista de El Tiempo

    “Basura es una novela enmarcada: dentro de un marco se narran episodios, inconexos la mayoría de veces, cuyo sentido sólo aparece una vez terminada la lectura. El interés del lector no es capturado mediante los mecanismos tradicionales de la narrativa sino por el atractivo que los episodios sean capaces de suscitar por sí mismos”.

    Juan Gabriel Vázquez, Revista Lateral

    “...aunque el prólogo del propio autor insiste en disculpar la obra (Palabras sueltas)... si no se hiciesen compilaciones como estas, los lectores, que no siempre podemos acudir a ciertos diarios, ciertas revistas, perderíamos la posibilidad de disfrutar lo que Abad llama “ensayo breve” para definir sus textos que a veces eso son, pero que asimismo pueden parecernos cuentos, divagaciones, píldoras”.

    Revista Nuestra Colombia

    “Oriente empieza en El Cairo es un libro fascinante animado página tras página, por el alma de una escritura que descifra los palimpsestos que recubren el corazón palpitante de esa urbe caótica, incapaz de conciliar el presente con los antiguos esplendores de épocas pasadas”.

    Luis Barros, Revista La Esquina Regional

    “Para llegar a Angosta es necesario internarse en un país tropical, repleto de montañas así como de valles, altiplanos y selvas, con una flora y una fauna privilegiadas y un río que es en realidad "una mustia quebrada con pretensiones de río" que los primeros pobladores bautizaron con el nombre de "el Turbio". Es allí, en ese marco de violencia natural, donde se erige esta urbe inquietante, la terrible Angosta que Héctor Abad Faciolince ha creado en su más reciente (y genial) novela”.

    Santiago Gamboa, escritor

    “Héctor Abad Faciolince puso distancia entre la experiencia más dolorosa de su vida para contarnos, en un libro triste y de conmovedora belleza, cómo era Abad Gómez íntimo, como ser tierno, inmensamente amoroso, benévolo, comprensivo, inconsciente en su generosidad, con una trágica y hermosa contradicción entre su pensamiento igualitario y democrático y sus instintos selectivos”.

    Carlos Gaviria Díaz, escritor

    “Las Formas de la Pereza no es un escrito egocéntrico que aísla al lector de su mundo, espacio y tiempo. Por el contrario, es una obra generosa que remite a lecturas ya acariciadas (El Pintor de la Vida Moderna de Baudelaire, o los cuentos de los Hermanos Grimm, en mi caso) e invita a repasar, crecer y experimentar con libros y autores, desde León Tolstoi hasta Elías Canetti, pasando por Alejo Carpentier y Lope de Vega”.

    Revista Vanguardia Liberal

    Después, Berlín y la casualidad propiciaron el encuentro. Más tarde, las preguntas. Y hace poco, vía email, sus respuestas.

    Escribir no es tan fácil cuando debe hacerse dentro (y por ello, con el peso encima) de una tradición literaria tan amplia y poderosa como la de Colombia. ¿Qué mirada sobre el mundo colombiano y sobre ese otro mundo que habitamos es la que aspiras que quede en tus libros?
    Haber nacido en ese territorio que llamamos Colombia es una circunstancia fortuita que no me enorgullece ni me avergüenza. Lo de “tradición literaria amplia y poderosa”, me parece una gentileza bastante exagerada. Si yo fuera francés o inglés quizá pudiera sentir algo así, pero el aporte colombiano a la cultura universal es poco menos que inexistente. En todo caso no creo en las literaturas nacionales, pues uno es hijo (indigno hijo literario) de los libros que ha leído, no de los libros de su país, y más en un caso como el mío, pues yo no siento el deber de leer los libros que se escriben en Colombia. Los conozco por ósmosis o por contagio de la cercanía más que por sincero interés. Mis aspiraciones no son muy grandes: busco contar la historia que me ha tocado vivir, por muchas más historias que haya, así como cualquier ser humano busca tener un hijo propio, por mucha gente que haya en la tierra.

    A pesar de ser América Latina la zona geográfica del idioma donde la literatura más ha experimentado con el idioma español (ya de por sí un idioma riquísimo), creo percibir, tanto en los críticos literarios, los sectores académicos e incluso en los propios escritores un rechazo a la experimentación como juego de renovación del idioma. ¿Cómo ves este fenómeno?
    Me parece que la experimentación con el lenguaje y con las herramientas narrativas tuvo su momento en 50 años del siglo XX, digamos entre los años 20 y los 70. De esas carreras experimentales no quedó sino el cansancio más una buena dosis de aburrimiento. La crisis que lleva a los experimentos es la sensación de que todo ya ha sido dicho o escrito y que para ser originales hay que buscar novedades en la materia misma de la escritura. El lenguaje es una representación del pensamiento. Cuando se lo usa como un color o bien como música, puede haber unos cuantos efectos poéticos interesantes, pero al poco tiempo esto también se agota y hay que volver de nuevo a la vieja y tediosa claridad, al antiguo y difícil arte de transmitir con precisión lo que vivimos y pensamos. Con la literatura no se hacen experimentos, como en química o en física. Nuestro trabajo es más humilde: contar historias.

    El olvido que seremos es, en opinión de muchos, una novela de profundas raíces sociales, de gran compromiso. En opinión de otros es sólo una crónica familiar que asume lo que ya va siendo un tópico en Colombia: la violencia social y política. ¿Qué piensas tú sobre esa novela?
    Lo de “profundas raíces sociales” no me gusta, porque no entiendo bien qué es eso. Estoy más de acuerdo con los que dicen que sólo es una crónica familiar. En esa crónica tuve la desgracia de tener que contar un episodio real, de violencia padecida, que no podía omitir. En cuanto al libro (yo no sé si es novela) puedo decir que es honesto y que escribirlo era para mí necesario. He tenido la suerte de haber recibido muchas críticas positivas, y de que el libro haya tenido también la acogida de decenas de miles de lectores, en América y en España, lo cual es algo que nunca me había ocurrido. Creo que estaba haciendo falta que alguien se pusiera del lado de las víctimas, en un país y en un mundo al que tanto le gusta resaltar a los verdugos. Escribí sobre un hombre bueno cuando lo que está de moda es escribir sobre los facinerosos.

    ¿Crees que pueda decirse que la literatura colombiana actual es, como se dice en muchos lugares, una literatura que hace un ajuste de cuentas sobre la actual realidad nacional? ¿En qué autores y de qué forma ves ese pase de cuentas literario?
    Ajuste de cuentas suena a venganza. Digamos más bien que nuestra realidad nacional es tan violenta, ha sido tan dura, que la literatura no podía darle la espalda. Uno se nutre, para escribir, de las experiencias que tiene en el sitio donde vive. Los escritores de las últimas décadas hemos respirado aquí violencia, desde que nacimos. Ojalá algún día podamos escribir de cosas distintas. Hay muchos más temas duros en Colombia que en Suiza, pero no son admisibles tantas tragedias por el bien de la literatura. Ojalá fuéramos como Luxemburgo, aunque no volviéramos a escribir libros. En cuanto a los autores, últimamente leo sólo libros viejos pues de alguna manera me parece que los escritores del mismo sitio y de la misma época estamos escribiendo entre todos el mismo libro y a mí me aburre leer siempre lo mismo.

    ¿Cuáles crees que son los mayores problemas que impiden que en cada uno de nuestros países conozcamos lo que se escribe en otras naciones del continente?
    Creo que tal como están las cosas en este mundo (con internet y librerías virtuales en cualquier sitio), los únicos impedimentos serían el desinterés y la falta de plata. Si me dan un mes de tiempo y cinco mil dólares, de cualquier país de Hispanoamérica podría encontrar y situar en cualquiera de nuestros países (con la sola excepción de Cuba) la colección de los 50 libros más importantes de la poesía y narrativa reciente de cada sitio. Ya no hay que quejarse; basta interesarse. Ahora, puede que los que no se interesan también tengan razón en no interesarse. Hay en todas partes más o menos el mismo libro repetido.

    ¿Qué debe, específicamente, el escritor Hector Abad Faciolince a la figura humana y política que fue Hector Abad Gómez?
    Le debo mis genes, y ahí están la miopía y las uñas chiquitas; también cierta tendencia a los entusiasmos exaltados y a los largos letargos y desánimos. Le debo la preocupación por los problemas sociales y el interés por mejorar las cosas. Las ganas de entender, la curiosidad por el presente científico. Le debo lo manirroto y lo mal negociante. Sobre todo le debo la confianza en mí mismo: en que con esta materia prima regular que tengo, también era posible crear algo, llevar una vida no indigna, escribir algunas páginas que podrían llegar a alegrarle la tarde a una muchacha. Le debo algunos defectos y también la corrección a tiempo de otras lacras.

    ¿Cómo valoras los cambios políticos ocurridos en los últimos años en América Latina, básicamente en lo que se ha llamado “tirón hacia la izquierda”? Y aunque sea más complicado, emocionalmente, ¿qué crees habría pensado sobre ese “tirón” tu padre y otros luchadores sociales como él?
    A mí no me gusta la izquierda en el poder. Gobernar es un asunto de derecha. De hecho las dictaduras comunistas son puras dictaduras de derecha. Fidel es un tipo de extrema derecha. Cuando la izquierda llega al poder, se vuelve de derecha. Chávez se parece más que todo a tipos como Perón o Mussolini, militarotes de derecha, que halagan a los pobres con mendrugos. La izquierda debe hacer ruido en la oposición, para que una derecha decente, disciplinada y con complejos de culpa dirija algunos cambios convenientes en la repartición de la riqueza del mundo. Mi padre era un optimista y estaría entusiasmado con Lulla y con Bachelet en el poder; creo que un hombre resbaloso como Chávez le produciría desconfianza, pero esto es sólo un ejercicio de espiritismo, muy poco serio.

    El escritor chileno Luis Sepúlveda habló hace unos años sobre uno de los traumas que, en su opinión, tuvo que superar la literatura latinoamericana: “escribir al modo de...”. En Colombia, la inmensa estatura literaria de García Márquez propició, también, el surgimiento de ese trauma: ¿ha sido superado?, ¿cómo crees que pudo o puede superarse ese gran muro de un canon?
    No he sufrido de eso. A mí me gusta mucho Homero, pero jamás se me ocurriría intentar imitarlo. Lo mismo me pasa con García Márquez. El ejemplo que recibo de él es la de la dedicación al oficio, la del amor por las palabras, la de la alegría de la escritura y el amor a la vida. Pero jamás se me ha ocurrido redactar una página al estilo suyo, porque no me saldría tan bien y porque se notaría mucho. De Borges o de Rulfo se puede decir lo mismo. “Lo único malo de los grandes libros, decía Lichtenberg, es que generan un montón de libros malos que se quieren parecer a ellos.”

    http://www.otrolunes.com/html/otro-lunes-conversa/otro-lunes-conversa-n05-a01-p01-2008.html

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    Tres tomas de posición en el campo literario colombiano actual: Fernando Vallejo, Ricardo Cano Gaviria, Héctor Abad Faciolince.

    Este ensayo está inspirado en la propuesta teórica y analítica de Pierre Bourdieu en relación con el modo en que han de ser abordados los textos literarios: como apuestas, "jugadas" ejecutadas en un momento preciso por agentes sociales dotados de un habitus particular y diferentes especies de capital (económico, cultural, social, etc.). Los habitus y las diferentes especies de capital entran en juego en el momento de presentar, entre otras cosas, a través de los textos literarios, tomas de posición estéticas que son a la vez ideológicas y que sólo pueden ser realmente comprendidas e interpretadas si se observan en contraste con otras obras que se amparan bajo tomas de posición similares o antagónicas; la "calidad" estética de las obras no será explicada, entonces, sólo por el efecto que produzcan en los lectores o por las apreciaciones favorables o desfavorables de los críticos, sino, especialmente, por las modificaciones que puedan generar en el interior del campo literario como resultado de las luchas internas.

    Los agentes sociales (en este caso los escritores) forman parte de redes de relaciones (campos y subcampos) que funcionan con leyes propias y cambiantes; se trata de agentes que pueden propender por la autonomía o la heteronomía de acuerdo con la posición que ocupan en este espacio social y con los intereses que los motivan a proceder de una manera determinada en un momento específico. Las decisiones tomadas por los agentes dependen, además, del volumen, la estructura y la trayectoria de las diferentes especies de capital.1

    Las apuestas y los intereses casi siempre son subversivos, anárquicos, arriesgados, cuando se trata de los dominados, de los que desean empezar a formar parte del campo o mejorar sus posiciones; también pueden promover la conservación cuando se trata de los consagrados, de los dominantes, de los que poseen en abundancia y trayectoria diferentes especies de capital.

    En Colombia no se puede pensar en la literatura como un campo con todas sus características debido a que los movimientos que se generan en este espacio social no surgen de la autonomía, de reglas internas establecidas por una lógica creada en su interior, sino que cuando se publican, difunden y valoran las obras literarias en muchas ocasiones estos procesos se generan por o son el resultado de la intervención de instancias o acciones extraliterarias. A pesar de esta dificultad es posible observar y contrastar tres tomas de posición claramente delimitadas en la narrativa colombiana actual.

    Tres tomas de posición

    En la literatura colombiana existen manifestaciones y estilos diversos que se han ido consolidando, entre otras cosas, gracias a la existencia de varias regiones geográficas y culturales que han generado intereses, gustos y preocupaciones específicas en quienes forman parte de éstas, a la elección de lecturas y modelos estéticos que han creado tipos particulares de intelectuales y de artistas y a las necesidades expresivas de cada escritor. Si se parte del contraste entre oralidad y escritura es fácil observar cómo en la narrativa colombiana actual permanecen algunos rasgos que la han caracterizado desde su inicio: pervive, por una parte, la necesidad y hasta el compromiso de algunos novelistas por dar mayor preeminencia a la oralidad y, concomitante a ésta, a manifestaciones artísticas que presentan particularidades de regiones específicas del país y, por otra, el interés por plasmar, a través de la literatura, reflexiones en torno a la lectura, la escritura y la consolidación de personajes con interioridad cosmopolita, con una sensibilidad artística que se ha formado a partir de experiencias vividas en las grandes ciudades; estas experiencias se hallan fuertemente relacionadas con el arte, especialmente con la literatura europea.

    En novelas como La virgen de los sicarios (1994, 2002) de Fernando Vallejo (Medellín, 1942), Una lección de abismo (1991, 2001) de Ricardo Cano Gaviria (Medellín, 1946) y Asuntos de un hidalgo disoluto (1994, 2000) de Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958), los recursos estéticos que emplea cada escritor para construir su obra, así como la actitud que manifiesta ante estos recursos, no son del todo coincidentes, se trata de tres intelectuales con formación académica y gustos diferentes en cuyas obras confluyen, sin embargo, algunos temas y preocupaciones similares.

    La toma de posición estética e ideológica asumida por Ricardo Cano Gaviria en Una lección de abismo es radicalmente opuesta a la de Fernando Vallejo si se observa en contraste con La virgen de los sicarios; en Asuntos de un hidalgo disoluto se aprecian, sin llevarlos al extremo, temas y recursos estéticos similares a los empleados tanto por Cano Gaviria como por Vallejo, se trata de una toma de posición intermedia: no es tan radical en relación con la actitud desacralizadora del modo en que lo es la de Fernando Vallejo cuando se refiere a la literatura, los políticos, la maternidad, la heterosexualidad, el sistema educativo, la figura de la madre, etc., pero tampoco hace explícita la predilección ante la "creación" y la "contemplación" de la literatura como actividades dignas de todo el respeto y la reverencia -de manera casi religiosa- del modo en que lo expresa Ricardo Cano Gaviria no sólo en Una lección de abismo, sino a través de sus actitudes como ser humano, como crítico, biógrafo, editor y lector.

    En La virgen de los sicarios se presentan de manera directa e irreverente los hechos narrados a través de usos del lenguaje propios de una ciudad real (Medellín después de la muerte de Pablo Escobar), Una lección de abismo es una obra concebida a la luz de un contexto imaginado (Montefontaine, Francia, entre 1924 y 1929) y la necesidad de reflexionar en torno a la lectura, la escritura y la interpretación -es una novela sobre y para lectores- y Asuntos de un hidalgo disoluto es una especie de divertimento erótico en el que confluyen reflexiones de carácter ético, estético y social a través de la realización y la evocación de acciones que sirven de pretexto para referirse a situaciones de la realidad actual en Medellín, tanto como a la lectura, la escritura y la literatura.

    Para Fernando Vallejo la escritura es un proceso a través del cual es fundamental partir de sus experiencias personales más directas, para Ricardo Cano Gaviria, en cambio, es mucho más importante no presentarse como ser sensitivo sino como lector, como intérprete, admirador y continuador de las obras que más aprecia. Héctor Abad Faciolince es -como Vallejo y como Cano Gaviria- un apasionado lector, pero además del placer que brinda el conocimiento y el arte parece estar dispuesto a disfrutar y a promover las potencialidades del cuerpo, los placeres físicos como el sexo -expresado a través del erotismo-, la alimentación -a través de la culinaria- y el ejercicio físico a través del baile y el deporte.

    En las novelas de Héctor Abad Faciolince, como en las de Fernando Vallejo, son frecuentes las escenas construidas a partir de información autobiográfica; la ironía y la exageración son recursos estéticos esenciales para configurar sus tomas de posición. Como en los textos de Ricardo Cano Gaviria, en los de Héctor Abad Faciolince también se presentan juegos intertextuales, recursos como la parodia y el pastiche y reflexiones implícitas y explícitas sobre la lectura, la escritura, la literatura y la interpretación.

    La toma de posición asumida por Héctor Abad Faciolince ocupa un punto intermedio si se observa en contraste con la de Ricardo Cano Gaviria y la de Fernando Vallejo. Este hecho no debe ser interpretado como el desprecio de los méritos estéticos de sus obras literarias o alguna duda sobre la solidez de su formación académica, sino como una actitud, expresada a través de diversas tomas de posición -no sólo relacionadas con la literatura o con la escritura- en las que se asume como un hombre y un artista que no es ni apocalíptico ni integrado, que no padece de "modernolatría" ni de "desesperación cultural". Para Héctor Abad Faciolince la literatura no es tan trascendental como lo es para Ricardo Cano Gaviria y no se toma tan en serio la vida de la manera en que lo hace Fernando Vallejo.

    1. La administración del capital cultural

    Fernando Vallejo se inscribe en una toma de posición estética e ideológica opuesta a la eminentemente libresca, dispone del capital cultural como un beneficio que se invierte en la comprensión de sí mismo y de las situaciones y reflexiones que plasma a través de la literatura; no lo emplea como una "especie de saber gratuito, para todos los fines... sino como una caja de herramientas más o menos inagotables" (Bourdieu. 2000: 40). A través de su forma particular de expresarse, de los intereses sociales e intelectuales que le son predilectos, de la manera en que dispone del capital cultural, tanto como del modo y la actitud con que lo emplea como hombre público y como artista, se opone de manera radical a la toma de posición asumida por Ricardo Cano Gaviria, quien se perfila por sobre todas las cosas, en actitud de falsa modestia, como un "empecinado aprendiz de escritor" (Jaramillo. 1992: 134).

    Héctor Abad Faciolince se esfuerza por presentarse como un hombre cuyos gustos han sido consolidados por su condición de artista y de lector de literatura pero, en mayor medida, por el hecho de pertenecer a una clase social para la cual la subsistencia no se constituye en una preocupación esencial. El cultivo del "buen" gusto, el ocio creativo y el interés por el arte son algunos valores a partir de los cuales se ha ido configurando su habitus desde la infancia. Los recuerdos relacionados con la biblioteca familiar, la relación que el padre establecía con los libros y la manera en que él mismo se acercó a ellos son aspectos que rondan buena parte de sus páginas literarias y críticas, es evidente que considera que el "amor al arte" no es un don natural sino que forma parte de la herencia cultural recibida de la familia:

    El mejor cuarto de la casa, según el recuerdo que tengo de mi niñez, era la biblioteca. Todavía me parece verla; había un escritorio con cajones... El resto del mobiliario consistía en dos sillas, un gran sillón reclinable con una lámpara detrás, y tres paredes forradas de libros apilados en estanterías de madera que subían desde el piso hasta el techo. El sillón era el sitio donde mi papá se estiraba a leer, y mi primera foto, a los ocho días de nacido, es acostado precisamente en ese sillón, en el sillón de lectura... En un costado de la biblioteca estaban las enciclopedias y los diccionarios; esos fueron los primeros libros que miré, con la ayuda de mi papá (devorador. html).

    Fernando Vallejo y Héctor Abad Faciolince poseen una sólida y variada formación académica, proceden de familias con una amplia trayectoria y volumen en cuanto a capital cultural y social se refiere; Ricardo Cano Gaviria, en cambio, cuenta con una herencia cultural y académica poco enaltecedora, ha tenido que irse reafirmando a lo largo de una ardua carrera de autodidacta con todas las implicaciones que -en algunas ocasiones- este tipo de formación conlleva: sobreestimar en grado sumo algunas categorías estéticas o propuestas metodológicas que no lo ameritan y restarle importancia a otras sin comprenderlas; su "amor al arte" es parcelado, excesivo y desproporcionado.

    Héctor Abad Faciolince asume una posición más similar a la de Fernando Vallejo que a la de Ricardo Cano Gaviria cuando es entrevistado, no pretende despojarse de las nubes oscuras, de los momentos difíciles o los trabajos triviales omitiéndolos o dándoles un giro estético, sino que parece querer hacer explícito el deseo de apropiarse de sus experiencias de la manera en que lo haría una persona común que asume la vida con actitud valerosa: sin desprecio o vergüenza cuando las vivencias son poco enaltecedoras y sin pasión excesiva cuando se supone que han de ser reveladoras sobre su naturaleza de artista; considera, por ejemplo, que su posición como periodista de la revista Cambio no es esencialmente diferente a la que asumía cuando trabajaba para Cromos y que cuando traduce a Eco o a Lampedusa no experimenta emociones diferentes a las que le proporcionan los manuales de instrucción para Fiat o Ferrari (Abad-Güemes. 2001).

    2. Lectura, escritura y literatura

    Uno de los intereses más claros expresados por Héctor Abad Faciolince como intelectual y como artista consiste en concederle a las ciencias humanas y al arte el lugar que les corresponde como fuentes de conocimiento y de placer en general, como el que generaría en el físico o en el matemático la comprensión de su objeto de estudio o el descubrimiento de un nuevo fenómeno; se propone despojar la escritura y la lectura de literatura de su poder alucinógeno y espiritual y asumir su oficio como uno entre otros, sin estatus pontificial. En relación con los libros como objetos sagrados también tiene sus reservas:

    Yo no siento (por los libros) ningún temor reverencial ni los trato como objetos sacros. Los libros son unas cosas ahí. A veces maravillosas, a veces asquerosas, a veces hermosas, pero la mayoría de las veces pura mercancía... Hay que despojarse del fetichismo del objeto libro. Aún reconociendo su belleza, no soy de los que añora la época en que los libros tenían las tapas de pergamino, o el papel hecho a mano, o los tipos de plomo dispuestos uno a uno por un tipógrafo con síntomas de saturnismo... lo que interesa es la lectura (devorador. html).

    Héctor Abad Faciolince considera -en actitud similar a la de Fernando Vallejo- que la literatura es un arte menor y "para cerebros no particularmente agudos... un juguete al que se le subieron los humos"; los escritores son "bobos con prestigio... que se dan muchos aires, miran por encima del hombro y conceden entrevistas en las que opinan sobre todo lo divino y los humano"; los profesores de literatura y los expertos son "un gremio que custodia celosamente un secreto: que la literatura es un actividad menor y sin mucha importancia... Por cada escritor muerto de hambre... hay por los menos cien profesores... que reciben un sueldo, van a congresos, escriben ponencias... y todo por hablar y hablar de un escritor que se murió de hambre" (fe.html).

    La lectura y la escritura de obras literarias, la vida intelectual, son actividades a las que Fernando Vallejo no remite de manera directa ni con actitud presuntuosa, al contrario, cuando en sus textos se refiere a algunas obras o a autores consagrados asume actitudes desacralizadoras, no es respetuoso ni con la tradición literaria ni con técnicas narrativas que parecen inquebrantables. Se niega a someterse no sólo a los aparatos represivos e ideológicos del Estado (según la terminología de Althusser) sino que además se niega a considerar la literatura como "arte mayor": "Lo que yo hubiera querido ser en la vida es músico, compositor. Pero como no tenía música en el alma, no me quedó más remedio que dedicarme a estas artes menores del cine y la literatura" (Vallejo-Villoro. 2002: 4); se complace cuando desacredita a los más consagrados novelistas europeos: "Flaubert y Balzac eran comadres. Todo lo que escribieron me suena a chisme. A chisme en prosa cocinera" (Vallejo-Villoro. 2002: 2) y, además, deprecia la novela como forma artística, considera que como género ya está agotada:

    Durante los últimos doscientos años, la novela (entendiéndose por novela la ficción en tercera persona) ha sido un gran género de la literatura. Ya no puede serlo más, ése es un camino recorrido, trillado, y no lleva a ninguna parte. ¿Qué originalidad hay en tomar, por ejemplo, una persona de la vida (o varias armando un híbrido) y cambiarle el nombre dizque para crear un personaje? (Vallejo-Villoro. 2002: 2).

    El nuevo género que propone practicar es la autohagiografía: "Me inventé un nuevo género literario, la autohagiografía, o vida de santo mamada en sus fuentes últimas" (Citado por Luis H. Aristizábal. 1990: 101).

    Sobre la poesía como género -y sobre la de Silva y Barba Jacob, dos de los poetas colombianos más consagrados- también tiene sus reservas:

    El verso no tiene razón de ser desde que se inventó la escritura, o sea un poquito después de Homero. Yo escribí las biografías de esos dos poetas colombianos que dices por desocupación. Y respetando la convención literaria que pide que el biógrafo crea en su biografiado, sostuve que eran dos de los más grandes poetas del idioma. Pero no. Los versos son sonsonete. Quiero decir los de antes, los que tenían ritmo y rima; en cuanto a los de hoy, son pedacería de frases (Vallejo-Villoro. 2002: 4).

    En Asuntos de un hidalgo disoluto Gaspar Medina recuerda la lectura como uno de los mayores pecados-placeres de la infancia, se trata de lecturas orientadas por su padre y es evidente que disfrutaba más de éstas que de las impuestas por los profesores en el colegio:

    Cometía y reincidía en un pecado que nunca me pareció tal. Y era leer cualquiera de los libros que encontraba en la biblioteca de mi casa. Allí hallaba el gusto que jamás me dieron las lecturas obligatorias del colegio, que ni siquiera se limitaban a ediciones censuradas del Lazarillo...

    En esto de las lecturas recuerdo que tenía el apoyo de mi padre, quien a veces me llamaba a su presencia y me decía con un solemne gesto pontificial de origen iluminista que intentaba abarcar con el brazo toda su biblioteca: "Lee lo que quieras pues los libros que no sean apropiados para tu edad, simplemente no los vas a entender, te vas a aburrir con ellos y vas a pasar a otros hasta encontrar los tuyos" (Abad. 2000: 37-38).

    Es un recuerdo bastante similar al de Héctor Abad Faciolince cuando piensa en la casa de Medellín, en su padre y, con mayor énfasis, en su vida como lector.

    Gaspar Medina prefiere que otros escriban para él a escribir para otros, se siente mejor cuando asume el papel de lector: "mejor que escribir es que otros escriban. Lo que me importa todavía son los libros que leo, en los que sí me encuentro" (Abad. 2000: 76). Lo que más lamenta cuando dicta sus memorias a Cunegunda Bonaventura es que en vez de narrarlas se entretenga en reflexiones sobre la escritura: "Pero quizá te comprendo. Me he puesto a hablar como un libro, he perdido la dicha de contar historias y me he sumergido cada vez más en áridas reflexiones" (Abad. 2000: 82).

    Tanto a Héctor Abad Faciolince como a Gaspar Medina les interesa y apasiona más ejercitar sus dotes como lectores que como escritores; ambos se sienten desolados ante el esfuerzo que implica el hecho de escribir y los resultados tan desastrozos, el estado de impotencia ante las palabras: "Tanto escribirse encima para nada. Tanto buscarse en la escritura para saber que cuanto digo de mí no acaba a parecerse nunca a lo que hago" (Abad. 2000: 82); se trata de "una crisis de fe" del modo en que la explicó Héctor Abad Faciolince cuando recibió el premio, precisamente por su novela Basura:

    25 años de lectura permanente, 15 años de escritura pertinaz, una carrera, una tesis, talleres, babas, discusiones, mesas redondas, congresos, todas las misas celebradas y las pedanterías que giran alrededor de la literatura. Todo eso y de repente me doy cuenta de que semejante montaje es más o menos una farsa, y sobre todo que alrededor de los sumos sacerdotes de la literatura -vivos y muertos- se ha montado una gran mentira, se han erigido unos pedestales ridículos, una enorme operación de marketing como lo que se haría con cualquier queso o con cualquier mermelada (fe.html).

    Héctor Abad Faciolince parece hallarse muy a gusto con su vida, como él mismo lo ha afirmado y se confirma a través de su escritura, no es ni apocalíptico ni integrado, tal vez es las dos cosas a la vez dependiendo de las circunstancias: "¿Cabe la posibilidad de ser apocalíptico e integrado a la vez? Así me siento yo; con sensaciones pendulares de bienestar y malestar en el mundo contemporáneo... Soy a la vez optimista y pesimista" (devorador.html). Cuando recibió el premio por la novela Basura se mostró desencantado por la escritura de obras literarias, hizo manifiesta su "crisis de fe" y, sin embargo, en el mismo discurso se mostró muy complacido con la suma de dinero recibida, por el hecho de poder disponer de tiempo para escribir sin pensar en publicar; detrás de sus quejas y desilusiones se deja traslucir un gran placer por el triunfo y una especie de postura ante la supuesta frustración y dolor al estilo de Davanzati, el protagonista de Basura.

    Si se observa con malicia la actitud de Héctor Abad Faciolince en relación con su triunfo como escritor a costa de su frustración, valdría la pena recordar esta extensa cita de Witold Gombrowicz cuando se refiere a la actitud de algunos escritores que han obtenido gran reconocimiento gracias a sus lamentos, desilusiones y frustraciones o en defensa explícita de algunos valores morales:

    Por lo que respecta al marxismo, no veo la utilidad de esa violación practicada sobre sí mismos por burgueses de nacimiento y de educación que se esfuerzan en identificarse con el proletariado invocando su doctrina. ¡Todo eso no son sino palabras al viento!

    Y un lujo. además. Esos análisis interminables, esos estados anímicos archisutiles, esos escrúpulos demasiados dramáticos, ese hilar tan fino, todo eso huele a lujo; y el olor del lujo no es olor de santidad... resulta casi imposible separar cierta moral demasiado moral de las comodidades, del refinamiento, de un nivel de vida más elevado. Esa moral aristocrática, o simplemente bien provista, esa moral en carroza, esa "gran dama" me fastidia, yo la preferiría corriente, sencilla, vestida con modestia, oprimida entre el gentío, un tanto perdida en la marea de los acontecimientos, más inmediata, anónima.

    Desgraciadamente, el lujo parece acompañar a esta moralidad también en un sentido concreto. ¿A dónde llevó la moral a un Mauriac? A la gloria, a la Academia Francesa, al Premio Nobel, y a unos ingresos bastante interesantes, supongo. ¿Acaso no es gracias a la moral por la que Sartre goza de tanta influencia entre las jóvenes generaciones? Supone también un éxito personal. ¿No es cierto que los representantes de la moral comunista, Aragón y Neruda, por ejemplo, han conseguido en el inmoral sistema capitalista posiciones muy envidiables, hermosas casas, honores, chóferes, admiradores, cuartos de baño, amor y muebles de estilo? Y la angustias morales de Camus ¿No le proporcionaron el Premio Nobel apenas cumplidos los cuarenta?

    No les estoy condenando, les comprendo, también a mí me gustaría poseer hermosas casas, y colecciones como las de Neruda. Pero no hay nada que hacer; para el artista, la moral constituye una especie de sex-appeal, por ella seduce y se embellece, a sí mismo y a sus obras. En consecuencia, sería mejor que el arte no abordara tan delicado tema sin la discreción necesaria. Un arte explícitamente moralizador, o realmente, demasiado "noble", es para mí un fenómeno bastante irritante. De acuerdo, que el escritor sea moral; pero que hable de otras cosas. Que la moral nazca de sí misma, al margen de la obra. (Gombrowicz. 1991: 86)

    3. Relaciones con la nación y la región

    Fernando Vallejo expresa nostalgia por su niñez, por los momentos vividos en Medellín, por las relaciones que estableció con la naturaleza; su obra narrativa expresa dolor por un pasado vivido y añorado, siente que a pesar de la distancia su única patria es Colombia:

    En medio de su dolor y su tragedia Colombia es alucinante, deslumbrante, única... Colombia con sus ambiciones, con sus ilusiones, con sus sueños, con sus locuras, con sus desmesuras, me encendió el alma... y cuando me fui la chispa se vino conmigo encendida y me ha acompañado a todas partes, adonde he ido. Por eso yo necesito siempre en todo lo que escribo, siempre, siempre, siempre: "Bogotá", "Colombia", "Medellín". ¡Como no la voy a querer... ¡Qué aburrición nacer en Suiza! ¡Qué bueno que nací aquí! (Vallejo. 1998: 3).

    Las razones que motivaron a Fernando Vallejo y a Ricardo Cano Gaviria para abandonar el país desde hace más de treinta años no son plenamente coincidentes: Ricardo Cano Gaviria se fue porque se sentía asfixiado en un contexto social y cultural que no colmaba sus espectativas, Fernando Vallejo porque se le cerraron todas las puertas:

    Yo lo que quería era hacer cine. ¿Pero con qué plata si no tenía ni para comer y en Bogotá acabé durmiendo en la calle... que no es tan grave y que no te reprocho yo a vos, Colombia... Pero volví. A los pocos años volví, y con plata. Con toda la que no me habías dejado ganar, Colombia, para hacer mi gran película, la que tenía en el alma, la que iba a hacer resonar tu nombre en todos los festivales de cine del mundo. Y por segunda vez me volviste a atropellar: no me la dejaste filmar. Ahí estaba tu Incomex; ahí estaba tu Ministerio de Relaciones Exteriores para negarme las visas de los técnicos extranjeros que necesitaba traer; ahí estaba tu Directorio de Tránsito para impedirme usar las placas que necesitaba poner; ahí estaba tu Alcaldía de Bogotá para no dejarme filmar en tus calles; ahí estaba tu policía para no quererme proteger y tu ejército para amenazarme con que no fuera a usar sus uniformes en mi película porque si ellos en la realidad no existían por qué habrían de existir en el cine; ahí estaba tu Ministerio de Comunicaciones para no darme la autorización de filmar... Ahí estabas tú enterita, en fin, Colombia, con tu generosidad inconmensurable para negármelo todo (Vallejo. 2002: 2).

    Para Ricardo Cano Gaviria es un privilegio haber permanecido la mayor parte de su vida fuera de Colombia, para Fernando Vallejo, en cambio, el destierro voluntario al que lo ha sometido el país se constituye en uno de las situaciones que le causan mayor dolor. A Héctor Abad Faciolince no le resulta muy conflictiva esta relación si se observa en contraste con el modo en que lo ha sido para Fernando Vallejo y para Ricardo Cano Gaviria, a pesar de que siente gran dolor por los problemas que aquejan al país es claro que su alternancia entre Colombia y el exterior no es tan conflictiva.

    Bibliografía

    Abad Faciolince, Héctor. Asuntos de un hidalgo disoluto. Bogotá: Alfaguara. 1994, 2000.

    _______ Güemes, César. "El autor colombiano Héctor Abad Faciolince presenta en México Basura, su más reciente novela", en La Jornada. Marzo 26 de 2001.

    Aristizábal, Luis H. "Subversión de la realidad". En Boletín Cultural y Bibliográfico. Vol. XXVII. No. 23. Bogotá. 1990.

    Bourdieu, Pierre. Cosas dichas. Barcelona: Gedisa. 2000. Primera edición: París: Les Éditions de Minuit. 1987.

    ________ Las reglas del arte. Barcelona: Anagrama. 1997. Primera edición: París: Éditions du Seuil. 1992.

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    www.abad.com

    Notas:

    [1] El hecho de que se haga referencia a los escritores como agentes sociales no implica "que los individuos sean puras 'ilusiones', que no existan, sino que la ciencia los construye como agentes, y no como individuos biológicos, actores o sujetos: estos agentes son socialmente constituidos como activos y actuantes en el campo, debido a que poseen las características necesarias para ser eficientes en dicho campo, para producir efectos en él. Más aún, es a través del conocimiento del campo donde ellos están inmersos que podemos captar mejor lo que define su singularidad, su originalidad, su punto de vista como posición (en un campo) a partir del cual se conforma una visión particular del mundo y del mismo campo" (Bourdieu-Wacquant. 1995: 71).

    © Elsy Rosas Crespo 2004
    Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

    El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero26/colomlit.html

  • La tristeza y la alegrÃ�ía como expresiÃ�ón del vacÃ�ío de la vida...

    Si se acepta que nadie es imprescindible y la única verdad consiste en saber que estamos condenados a repetirnos generación tras generación será fácil convertir la vida en una tragedia o reirse de ella, vivir el instante como lo único real y digno de atención, tratando de buscar grandeza en lo banal, en lo cotidiano…
    Así como es más razonable evitar el dolor que buscar la felicidad, tiene más sentido desear la alegría que cultivar la tristeza. La alegría resulta de la plenitud y la tristeza de la carencia, se trata de estados de ánimo motivados uno por exceso de presencia y el otro por ausencia total de algo que no se sabe explicar. Aunque ninguno de los dos estados de ánimo transforma la realidad, es más peligrosa, seductora y contagiosa la tristeza que la alegría, y, sin embargo, se supone que el triste es superior, más inteligente y capaz que el alegre. La risa se condena por ser considerada como manifestación de estupidez, ignorancia o superficialidad.
    Tampoco hay nada nuevo que se pueda decir para comprender o explicar el mundo o la realidad…

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    Quien es muy alegre debe ser un hombre bueno, pero quizá no sea el más inteligente, aunque logra aquello a lo que el más inteligente aspira con toda su inteligencia.

    Nietzsche

    El origen de la sonrisa, según la explicación de los etólogos, proviene del hecho de mostrar las dientes en señal de inconformidad ante la presencia de un adversario, como cuando un perro de la calle, por ejemplo, quiere apropiarse del lugar, la conquista o el alimento de otro que por cuestión del azar llegó primero. La sonrisa no tiene un origen enaltecedor, es la expresión emotiva de quien sabe que va a triunfar incluso antes de haber comenzado la competencia o se halla en posición de superioridad y quiere parecer indulgente. Cuanta más ventaja o mayor rango más prodigalidad en la concesión de sonrisas, si se gruñe o no se sonríe es porque todavía no hay apropiación cabal de posición dominante o simplemente el portador del rostro -la máscara, la personalidad- no ha descubierto los beneficios que aporta el hecho de desplegar una amplia sonrisa. En un libro que se titulara Cómo tratar a sus subordinados con toda seguridad se aconsejará al ejecutivo que sonría cuando llegue a la oficina para que los demás entiendan de una vez por todas quién es el capitán del barco.

    Sonreír parece un acto noble, expresión cabal de tolerancia, respeto y aceptación, pero puede ser también desafío, superioridad manifiesta ante quien recibe las muestras de afecto. Si uno se presenta como un regalo ante los demás y la naturaleza lo ha dotado con cualidades físicas, morales o intelectuales excepcionales, la sensación de suficiencia o aplomo que sugiere la actitud puede resultar incómoda o irritante para aquellos a quienes el azar no les brinda ni siquiera la ilusión de llegar a soñar con ser la caricatura de aquello que los deslumbra.

    La risa y el llanto son confirmación del vacío de la vida, pero es preferible soportar una risa desenfrenada que una amargura mal justificada:

    Produce a la verdad un singular efecto el pasearse tan tranquilamente por los restos de tantas agitaciones; encontrar a cada paso males previstos que no sobrevinieron, bienes esperados que no se realizaron, y para colmo de miserias las huellas de violentas preocupaciones a propósito de hechos ignorados, que no están indicados, y cuya memoria misma, si se encuentra, no nos dice nada. Semejante paseo debería ser suficiente para enseñarnos a sobrellevar con calma el vaivén de todas las cosas de este mundo (Tocqueville. 1985: 24).

    Un acto heroico: ser consciente de las calamidades de la vida, la imposiblidad de saber nada con certeza, la inestabilidad de todo a nuestro alrededor y, sin embargo, asumir una actitud valerosa, no dejar de perseverar en la búsqueda de curiosidades intelectuales, acoger el siguiente consejo: "No hay cosa mejor para el hombre que coma y beba y que su alma se alegre en su trabajo (Eclesiastés 2-24), que su trabajo se constituya en el cultivo de la sabiduría:

    Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría, y que obtiene la inteligencia; porque su ganancia es mejor que la ganancia de la plata, y sus frutos más que el oro fino... No la dejes y ella te guardará; Amala y te conservará. Sabiduría ante todo; adquiere sabiduría; sobre todas tus posesiones adquiere inteligencia.

    Engrándecela, y ella te engrandecerá. Ella te honrará cuando tú la hayas abrazado. Adorno de gracia dará a tu cabeza; corona de hermosura te entregará (Proverbios. 3-4).

    El régimen de la alegría

    El régimen de la alegría es del todo o nada: sólo hay alegría total o no hay ninguna alegría.

    Clément Rosset

    Si se acepta que nadie es imprescindible y la única verdad consiste en saber que estamos condenados a repetirnos generación tras generación será fácil convertir la vida en una tragedia o reirse de ella, vivir el instante como lo único real y digno de atención, tratando de buscar grandeza en lo banal, en lo cotidiano:

    Hay algunos que creen que la estampa deslumbrante de los fuertes y los sabios perdura más que la de los humildes y degraciados... Basta con que mires el firmamento, para que el horizonte despierte en ti la certeza de la futilidad de aquellos que se creen eternos revelándote su tonta pedantería... Cada hombre sobresaliente es la imagen renovada de otro ya muerto y las acciones sorprendentes de algunos sólo son el recuerdo de las valientes y bellas empresas de nuestros ancestros (Serrano. 2003: 175).

    Tampoco hay nada nuevo que se pueda decir para comprender o explicar el mundo o la realidad:

    Hay verdades que son eternas; lo que cambia, a mi entender, es el momento en que se plantean y la manera como se plantean. La primera consecuencia de ello es la de volver a lo que quizá sea la primera virtud intelectual, o por lo menos aquello que en sus comienzos era el trasfondo del pensamiento filosófico: la prudencia. La prudencia contra la arrogancia, contra el orgullo, contra la pretensión, contra la paranoia que puede verse como una de las características intelectuales de hoy. La prudencia siempre ha estado orgánicamente anclada sobre la vida cotidiana, sobre la vida banal. De ahí la necesidad, a veces, de volver a lo banal (Maffessoli. 1993: 21).

    Así como es más razonable evitar el dolor que buscar la felicidad, tiene más sentido desear la alegría que cultivar la tristeza. La alegría resulta de la plenitud y la tristeza de la carencia, se trata de estados de ánimo motivados uno por exceso de presencia y el otro por ausencia total de algo que no se sabe explicar. Aunque ninguno de los dos estados de ánimo transforma la realidad, es más peligrosa, seductora y contagiosa la tristeza que la alegría, y, sin embargo, se supone que el triste es superior, más inteligente y capaz que el alegre. La risa se condena por ser considerada como manifestación de estupidez, ignorancia o superficialidad.

    A partir de los planteamientos de Aristóteles en su Problema XXX,1 se ha enaltecido de manera excesiva el valor del silencio, la soledad y la tristeza como rasgos propios de los espíritus refinados, seres destinados a sobresalir como artistas, guerreros o filósofos. Si se observa con detenimiento la historia del arte o de la filosofía se puede constatar que la melancolía no es un requisito fundamental para desarrollar una obra, el proceso espiritual o intelectual no se hace más efectivo si el artista es triste, en muchas ocasiones la tristeza se halla más relacionada con frustración, timidez o indignación:

    El hombre indignado, y todo aquel que con sus propios dientes se despedaza y se desgarra a sí mismo (o, en sustitución de sí mismo, al mundo, a Dios, o a la sociedad), ése quizá sea superior, según el cálculo de la moral, al sátiro reidor y autosatisfecho, pero en todos los demás sentidos es el caso más habitual, más indiferente, menos instructivo. Y nadie miente tanto como el indignado (Nietzsche. 1999: 55).

    La alegría y la tristeza parecen ser dos caras de la misma moneda, ninguno de los dos estados da cuenta de su razón de ser, de su naturaleza, pero la percepción que el triste o el alegre realiza de sí mismo, tanto como la relación que establece con el exterior -con personas, acciones e ideas- es radical: todo adquiere un sabor dulce o amargo, cuando se es muy triste o muy alegre no se admiten términos medios.

    La alegría y la tristeza son estados de ánimo creados, artificiales, construidos a partir del deseo de quien experimenta la sensación de tenerlo todo o de estar falto de algo:

    Así como el alegre es incapaz de decir el motivo de su alegría y expresar la naturaleza de lo que le colma, el melancólico no sabe precisar el motivo de su tristeza ni la naturaleza de lo que le falta -salvo que se repita con Baudelaire que su melancolía carece de contenidos y lo que le falta no figura en el registro de las cosas existentes... De ahí la diferencia fundamental entre el vacío romántico y el vacío alegre: el primero fracasa al describir lo que no existe, el segundo al hacer el recorrido completo de lo que existe. En otras palabras, la alegría siempre anda relacionada con lo real, mientras que la tristeza se debate sin cesar, y ahí reside su propia desdicha, en lo irreal (Rosset. 2000: 14).

    Humor, frivolidad y seriedad.

    El humor es una herramienta crítica de gran eficacia, manifestación de grandeza que pareciera revelar que en última instancia todo es absurdo y por lo tanto la mejor alternativa consiste en reir, es una afirmación de dignidad, declaración de superioridad ante los acontecimientos. Carecer de humor es carecer de humildad, es estar demasiado lleno de uno mismo.

    Para convertirse en "maestro del humor negro y la ironía" es necesario pasar por prolongados periodos de tiempo en los que el principal objeto de análisis y observación sea uno mismo pero sin tomarse en serio, se debe haber padecido lo que, por ejemplo, expresa un hombre como Flaubert:

    Hubo un tiempo en que me mirabas como un egoísta celoso que se complacía rumiando perpetuamente su propia personalidad. Eso es lo que creen quienes ven la superficie. Lo mismo ocurre con ese orgullo que tanto indigna a los demás y que, no obstante, cuesta tamañas miserias. Al contrario, nadie ha aspirado a los demás más que yo. He ido a olfatear estiércoles desconocidos, me he apiadado de muchas cosas ante las que no se enternecían las personas sensibles... Sin embargo, creo que la ironía domina la vida. ¿por qué, cuando he llorado, he ido con frecuencia a mirarme al espejo, para verme? Esta disposición para planear sobre uno mismo es quizá la fuente de toda virtud. Te arranca de la personalidad, lejos de retenerte en ella. La comicidad llegada al extremo, la comicidad que no hace reír, el lirismo en la broma es para mí lo que más me seduce como escritor. Ahí están los dos elementos humanos (Flaubert. 1989: 189).

    El sentido del humor es el término medio entre frivolidad y seriedad: para el frívolo nada tiene sentido, para el serio todo es trascendente. El frívolo se ríe siempre, es insípido y molesto, no se preocupa por evitar herir a otros con sus comentarios, para el serio todo es profundo. El serio confía en que el camino que recorre lo conducirá hacia el lugar con el que sueña, cree que podrá descubrir algo nuevo sobre la faz de la tierra y suele concebirse como centro y fin del universo aunque no lo manifieste.

    La risa amarga en el artista triste

    Quien esquiva los grupos, la vida comunitaria, y, sin embargo, tiene un don especial para divertir con sus ocurrencias cuando se halla en reuniones sociales, por lo general desprecia a quienes divierte, cuando se vuelve a encontrar consigo mismo suele sumergirse en prolongados estados depresivos, le pasa lo que, como explica Flaubert a Louise Colet, ocurre con los champiñones cuando se les acerca al fuego: despiden su jugo y luego quedan aún más secos. Estos "humoristas" suelen ser observadores minuciosos y desapasionados del comportamiento humano, seres solitarios y sutiles que se divierten en los funerales y se deprimen en los festivales, un "animal pletórico de genio, sufriendo y exhalando todos los suspiros y todas las ambiciones" (Baudelaire. 1995: 33).

    Baudelaire soñaba con lo que logró a través de la escritura y por eso es tan vital. Para el famoso prefacio a Las flores del mal quizo "una mezcla de misticismo y travesura"; consideraba que "la absoluta franqueza es el procedimiento más original para un artista"; se propuso "relatar pomposamente los asuntos más cómicos" y fantaseaba con "una amplia sonrisa en un hermoso rostro de gigante". Dos cualidades literarias: "sobrenaturalismo e ironía". Considera que "lo que existe de embriagador en el mal gusto es el placer aristocrático de disgustar" y seguramente uno de sus plegarias más frecuentes fue: "Señor y Dios mío, concédeme la gracia de escribir algunos buenos versos que me prueben a mí mismo que no soy el último de los hombres, que no soy inferior a aquellos a quienes desprecio" (Baudelaire. 1995: 20-36).

    En una de sus cartas escribió, refiriéndose a Las flores del mal:

    Debo deciros, ya que no lo habeis adivinado más que los demás, que en ese libro atroz he puesto todo mi corazón, toda mi ternura, toda mi religión (enmascarada), todo mi odio, toda mi mala suerte. Verdad es que escribiré lo contrario, que juraré por todos mis dioses que es un libro de arte puro, de monerías, de malabarismos, y mentiré como un sacamuelas (Citado por Bataille. 1971: 58).

    Sobre la franqueza como el mejor recurso estético Flaubert también es enfático. "Cualquier hombre que supiera escribir correctamente crearía un libro soberbio al redactar sus Memorias, si las expusiera con sinceridad y de manera completa... Lo que vuelve tan hermosas las figuras de la Antigüedad es que eran originales: ahí está todo, el sacar de uno mismo" (Flaubert. 1989: 95-190).

    También reflexionó, como Baudelaire, Sobre la relación entre estética, estoicismo y misticismo, siempre en función de un mejor ejercicio como artista:

    No presumo de ir hacia un falso idel de estoicismo, pero evito las ocasiones de sufrimiento y las atracciones peligrosas de las que ya no se vuelve... No he podido llegar al estoicismo, al que nada afecta, y que no se rebela más ante la estupidez que ante el crimen; pero he conseguido librarme completamente de todo cuanto puede mostrarme la estupidez humana... Me oriento hacia una especie de misticismo estético (si ambas palabras pueden ir juntas), y querría que fuese más fuerte. Cuando ningún estímulo nos viene de los demás, cuando el mundo exterior nos asquea, nos vuelve lánguidos, nos corrompe y nos embrutece, las personas honradas y delicadas se ven forzadas a buscar en sí mismas, en algún lugar, un sitio más limpio para vivir (Flaubert. 1989).

    Cuando las personas solitarias encuentran compañía o se expresan en público suelen parecer rústicas y desalmadas no precisamente porque sean mal educadas o hallan perdido el alma sino porque durante su encierro, soledad y silencio han dispuesto de tiempo para observar y descubrir relaciones entre acciones, reacciones y sentimientos, se han ejercitado en el arte de lo cómico, lo irónico y lo didáctico sin que se trate de una habilidad premeditada, se trata de una destreza nacida de circunstancias concretas que desarrollan estados de ánimo y capacidades sensoriales de las que no se es plenamente conciente.

    He aquí la reflexión sobre un tema sublime (la fusión entre amor y erotismo) realizada por dos observadores sutiles:

    El amante jadeante sobre su bella amada,

    Semeja un moribundo que su tumba acaricia.

    (Baudelaire. 1982: 30).

    Máximas sueltas: no son sinceras consigo mismas; no se confiesan sus propios sentidos; confunden su culo con su corazón, y creen que la luna está hecha para alumbrar su cuarto (Flaubert. 1989: 187).

    Un polvo dura un minuto y lo has deseado durante meses (Flaubert. 1989: 291).

    La clave del efecto consiste en hablar o escribir con énfasis y descaro sobre situaciones cómicas o triviales que suelen concebirse "por la gente sensible" como asuntos serios o sublimes.

    Lo que divierte, asombra y se convierte a veces en revelación en este tipo de textos no es el hecho que se menciona sino la crudeza, lograda a través de la selección y combinación de palabras, ya que "Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza" (Flaubert. 1989: 213).

    Schopenhauer, un experto en este tipo de escritura, considera que "son los ejemplos de talla colosal los que dan las explicaciones más evidentes en todas las materias". En la siguiente cita, después de haber explicado la diferencia entre orgullo y vanidad, pasa a relacionar estas cualidades humanas con el amor a la patria:

    Todo el que posee méritos personales distinguidos, reconocerá más claramente los defectos de su propia nación, puesto que siempre la tiene presente a la vista. Pero todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de lo que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso, de vanagloriarse de la nación a que pertenece por casualidad; en eso se ceba, y, en su gratuidad, está dispuesto a defender (con manos y pies) todos los defectos y todas las tonterías propias de esta nación. (Schopenhauer. 1998: 38).

    Flaubert también escribío ácidas páginas en torno al amor a la patria y al humanitarismo:

    En cuanto a la idea de la patria, es decir, de cierta porción de terreno dibujada en el mapa y separada de las demás por una línea roja o azul, ¡no! La patria es para mí el país que quiero, es decir, con el que sueño, aquel en que me encuentro bien. Soy tan chino como francés, y no me alegro nada de nuestras victorias frente a los árabes, porque me entristecen sus reveses. Quiero a este pueblo áspero, persistente, vivo, último tipo de las sociedades primitivas y que, al hacer alto a mediodía, tumbado a la sombra, bajo el vientre de sus camellas, se burla, mientras fuma su chibuquí, de nuesta valiente civilización que tiembla de ira (Flaubert. 1989).

    Bibliografía

    Bataille, George. La literatura y el mal. Madrid: Taurus. 1971.

    Baudelaire, Charles. Las flores del mal. Bogotá: Oveja negra. 1982.

    __________ Mi corazón al desnudo y otros papeles íntimos. Madrid: Visor. 1995.

    Flaubert, Gustave. Cartas a Louise Colet. Madrid: Siruela. 1989.

    Maffesoli, Michel. El conocimiento ordinario. Compendio de sociología. México: Fondo de Cultura Económica. 1993.

    Nietzsche, Friedrich. Más allá del bien y del mal. Madrid. Altaya. 1999.

    Rosset. Clément. La fuerza mayor. Notas sobre Nietzsche y Ciorán. Madrid: Acuarela. 2000.

    ________ El principio de crueldad. Valencia. Pre-Textos. 1994.

    Schopenhauer, Arthur. La sabiduría de la vida - En torno a la filosofía - El amor, las mujeres y la muerte y otros temas. México: Porrúa. 1998.

    Serrano, Enrique. Tamerlán. Bogotá: Seix-Barral. 2003.

    Fuente: Texto gentilmente cedido por la autora

    Ver de la misma autora

    Flaubert y la melancolía: las cartas a Louise Colet - Elsy Rosas Crespo
    Genio y melancolía - Elsy Rosas Crespo

    Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar

    http://www.herreros.com.ar/melanco/crespo2.htm

  • FORMAS DE REPRESENTAR LA VIOLENCIA

    Una voz que habla con la lengua y los modismos de adentro. El narrador ficcionaliza la oralidad de una comunidad específica con propósitos artísticos. Se acerca y se distancia al mismo tiempo. No se trata de darle la voz a los vencidos, sino de reflexionar sobre los problemas de Medellín, mediante la voz, las actitudes y las costumbres de personajes marginales y marginados. El lector aprende la lengua del narrador, que a su vez incorpora el idioma de los sicarios. En la medida en que el narrador se ha involucrado lo suficiente en el mundo de los sicarios, se transforma también su modo de expresarse. Al final, él asume la lengua de los Alexis y los Wílmars (Rosas Crespo, 2003: 1-4-7). El resultado es la producción de un efecto de oralidad para encarnar un discurso de dominación. Se trata entonces de acompañar los procesos económicos, políticos, sociales que saquean al continente, “al poner en escena una voz antinacional que estaba en la realidad (y que acompañaba las desnacionalizaciones y privatizaciones de lo público)” (Ludmer, 2005: 79-80).

    http://www.perio.unlp.edu.ar/question/nivel2/articulos/ensayos/delapuente_1_ensayos_18otono2008.htm

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    La virgen de los sicarios como extensión de la narrativa de la transculturación

    En La virgen de los sicarios Fernando Vallejo ficcionaliza la oralidad de una comunidad específica de Colombia con propósitos artísticos. Para crear la ilusión de oralidad desde la escritura sin perder verosimilitud es necesario que el artista conozca los imaginarios de la comunidad de su interés, la manera en que sus miembros conciben el mundo, el contexto social al que pertenecen y el modo en que valoran su participación como individuos que forman parte de una comunidad humana. Debe distinguir, además, las particularidades de la lengua y la manera en que la emplean sus usuarios en situaciones especificas con el propósito de estilizar ambos aspectos, el cultural y el lingüístico y, de esta manera, crear mundos literarios configurados a partir de situaciones sociales y usos de la lengua en contextos particulares. Fernando Vallejo posee pleno dominio de las reglas implícitas que subyacen a la realización de la oralidad y la escritura, es un gran observador del habla de la comunidad de su interés y se ha acercado a los usuarios de la lengua en contextos naturales para luego tomar distancia cuando emprende el proceso de escritura, el resultado es La virgen de los sicarios, una "historia de amor en el país del odio".

    Los novelistas que han adoptado la toma de posición que Angel Rama ha denominado narrativa de la transculturación (1982) comparten la dedicación por el estudio y el esfuezo por comprender y ficcionalizar hablas y expresiones culturales de regiones relativamente aisladas de América Latina; asumen el predominio de la oralidad en la región de su interés como la clave de un conjunto de recursos de representación literaria. A través del conocimiento de la configuración mental de los habitantes de esta región y de los principales problemas sociales que los aquejan, se propusieron lograr, después de un exigente proceso de elaboración, la producción de un efecto de oralidad con repercusiones estéticas e ideológicas en cada caso particular (Pacheco, 1992).

    La ficcionalización de la oralidad (como una opción opuesta a la fetichización de la escritura) se inscribe dentro de la concepción que parte de la negación de la superioridad cultural de unas comunidades en relación con otras, una actitud eminentemente antieurocentrista ratificada a partir de los textos de Fernando Ortiz -desde la perspectiva antropológica- que luego sirvió de sustento para fundamentar la teoría sobre la transculturación narrativa emprendida por Angel Rama y ratificada en la actualidad por estudiosos de la literatura latinoamericana como Carlos Pacheco.

    Independencia, originalidad y representatividad literaria, categorías definidas por Angel Rama (1982: 11-20), son, después de la consolidación de las naciones latinoamericanas, los pilares sobre los cuales debía fundarse el proyecto literario, que no podía ser indígena porque existía una fuerte marca dejada por los europeos, comenzando por la lengua y las tradiciones implantadas, como tampoco se podía sustentar en la plácida imitación de los modelos europeos. Los tres aspectos fueron logrados por los transculturadores después de transcurrido mucho tiempo de intentos de escritores regionalistas por crear obras que, además de poseer gran valor estético, representaran con verosimilitud los lenguajes simbólicos y orales interiorizados y empleados por individuos de comunidades fuertemente orales, por culturas orales primarias, como diría Walter Ong (1987: 40).

    El deseo de dar a conocer los imaginarios de algunas comunidades rurales e indígenas y de hacer de éstas el eje central de una propuesta estética simultánea en varios paises latinoamericanos maduró, entre otras cosas, debido a las grandes transformaciones que ocurrieron en América Latina tras la primera Guerra Mundial:

    Tras la primera guerra mundial, una nueva expansión económica y cultural de las metrópolis se hace sentir en América Latina y los beneficios que aporta a un sector de sus poblaciones no esconde las rupturas internas que genera ni los conflictos internos que han de acentuarse tras el crac económico de 1929. Se intensifica el proceso de transculturación en todos los órdenes de la vida americana. Uno de sus capítulos lo ocupan los conflictos de las regiones interiores con la modernización que dirigen capitales y puertos, instrumentada por las élites dirigentes urbanas que asumen la filosofía del progreso. La cultura modernizadora de las ciudades, respaldada en sus fuentes externas y en su apropiación del excedente social, ejerce sobre su hinterland una dominación (trasladando de hecho su propia dependencia de los sistemas culturales externos) a los que prestan eficaz ayuda los instrumentos de la tecnología nueva... A las regiones internas, que representan plurales conformaciones culturales, los centros capitalinos les ofrecen una disyuntiva fatal en sus dos términos: o retroceden entrando en agonía, o renuncian a sus valores, es decir, mueren (Rama. 1982: 28).

    En las obras de los narradores de la transculturación (Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Joao Guimaraes Rosa...) la lengua y las estructuras literarias son objeto de especial atención; gracias al manejo de estos recursos es posible percibir en algunas de las novelas más representativas (Pedro Páramo, Cien años de soledad, Gran sertón: Veredas...) las diferencias con otras manifestaciones estéticas escritas que, aunque también se destacan por la oralidad, generan otro tipo de efectos en los lectores. El efecto que se proponen producir los transculturadores con la estilización de un habla regional es la sensación -en el lector- de encontrarse ante la recreación de voces rurales o populares auténticas y de presentar las particularidades culturales de la comunidad, su manera de concebir el mundo, el amor, la vida... a través del uso que los narradores y los personajes hacen de la lengua;

    Se trata, nada menos, de escribir la realidad (y no de describirla, de imitarla, sino de dejarla en cierto modo que se produzca a sí misma, representación natural de la naturaleza); es decir de hacer aquello que define propiamente la literatura, pero a propósito de la realidad más banalmente real, la más corriente y moliente que, por oposición a lo ideal, no está hecha para ser escrita... hay que afirmar el poder que pertenece al arte de constituirlo todo gracias a la virtud de la forma... de transmutarlo todo en obra de arte gracias a la eficacia de la propia escritura (Bourdieu. 1997: 165).

    Si recordamos las características propuestas por Angel Rama sobre la manera como los narradores de la transculturación emplean la lengua, podemos percibir, antes de hacer cualquier análisis textual de la escritura de Fernando Vallejo, que todas atraviesan su narrativa:

    1. Se prescinde del uso de glosarios, estimando que las palabras regionales transmiten su significado dentro del contexto linguístico aún para quienes no las conocen.

    2. El léxico, la prosodia y la morfosintaxis de la lengua regional, aparece como el campo predilecto para prolongar los conceptos de originalidad y representatividad, fundamentos de la "plasticidad cultural".

    3. Lo que antes era la lengua de los personajes populares y, dentro del mismo texto se oponía a la lengua del escritor o del narrador, invierte su posición jerárquica: en vez de ser la excepción y de singularizar al personaje sometido al escudriñamiento del escritor, pasa a ser la voz que narra... no remeda simplemente un dialecto, sino que utiliza formas sintácticas o lexicales que le pertenecen dentro de una lengua coloquial.

    4. El autor se ha reintegrado a la comunidad lingüística y habla desde ella con desembarazado uso de los recursos idiomáticos... es a partir de su sistema lingüístico que trabaja el escritor, quien no procura imitar desde fuera un habla regional, sino elaborarla desde dentro con una finalidad artística.

    5. Desde el momento en que el escritor no se percibe a sí mismo como fuera de la comunidad lingüística, sino que la reconoce sin rubor, ni disminución como propia... investiga las posiblidades que ésta le proporcionan para construir una específica lengua literaria dentro de su marco (Rama. 1982: 41-42).

    Al introducirse en las raíces de la cultura y sentirse como parte de ésta el escritor transculturador descubre aspectos que le eran desconocidos, identifica rasgos particulares de la interioridad de los habitantes del lugar que difieren ampliamente de los representados en las obras en la que el escritor se distancia de la región o de la realidad que desea representar, de la misma manera que se distancia de sus personajes cuando se convierte en narrador.

    La toma de posición asumida por Fernando Vallejo tiene algunas similitudes con la de los narradores de la transculturación pero es evidente que ha surgido a partir de intereses, problemas y nuevas preocupaciones, diferentes a las observadas y expresadas por escritores como Gabriel García Márquez. En La virgen de los sicarios, por ejemplo, los problemas de carácter social están relacionados con la explosión demográfica, la masificación y la violencia, no se trata de concederle la voz a los desvalidos o a los vencidos sino de -a través de la voz y las actitudes de los personajes marginados y marginales- dar a conocer y reflexionar sobre problemas que aquejan a ciudades como Medellín que, en síntesis, son los de las ciudades latinoamericanas, en las que la distribución de los bienes materiales y culturales no es equitativa; se trata de una sociedad en la que no se le brindan las mismas oportunidades a todos, especialmente a los jóvenes menos favorecidos económicamente.

    En la narrativa de la transculturación pocas veces los narradores explican las situaciones que viven los personajes, a través de la ficcionalización de la oralidad éstos lo hacen por sí mismos en narraciones que se asemejan al testimonio y que producen en el lector la sensación de que aquello que lee no es el resultado del esfuerzo de un artista por lograr verosimilitud en su creación, sino que se trata de la transcripción de relatos orales de personas que desconocen la escritura o la emplean sólo con fines prácticos. La voz de los narradores no es fría y distante, como si fuera la de un hombre culto, distanciado y objetivo que expone situaciones que le son ajenas, sino que esta voz se mezcla y se confunde con la de los personajes.

    El narrador de las obras de Fernando Vallejo ha llevado esta práctica al extremo:

    Al decidir hablar en nombre propio, con su voz (una voz inconfundible que no se parece a la de nadie), Fernando Vallejo está rompiendo con la más obstinada tradición literaria: la del narrador omnisciente que todo lo sabe y que todo lo ve, el novelista ubicuo que puede atravesar con su mirada las paredes y leer los pensamientos. Nada de esto aquí. En vez del Artífice Supremo, un simple ser humano que dice "yo" sin ocultarse detrás de una pluralidad de máscaras. Pero eso sí, uno que ha jurado no salirse jamás de los límites del pronombre de primera persona con todo lo que eso implica: asumir sin disimulos ni subterfugios sus amores y sus odios (Contracarátula de El desbarrancadero. 2001).

    En La virgen de los sicarios no sólo el narrador y los personajes comparten el mismo idiolecto sino que, además, se involucra al lector. El lector -real e implícito- aprende la lengua del narrador -que también está aprendiendo la de los sicarios- y debe aceptar las agresiones que éste le dirige; en la primera página de la novela Fernando primero lo informa, después lo interroga, luego lo desprecia y, finalmente, como hace siempre, le explica:

    Un rombo de ciento veinte pliegos inmenso, rojo, rojo, rojo para que resaltara sobre el cielo azul. El tamaño no me lo van a creer, ¡pero qué saben ustedes de globos! ¿saben qué son? Son rombos o cruces o esferas hechos de papel china deleznable, y por dentro llevan una candileja encendida que los llena de humo para que suban. El humo es como quien dice su alma, y la candileja el corazón (Vallejo. 1994: 7).

    Fernando emprende su viaje a través de Medellín; lo inicia con Alexis y lo termina con Wilmar (el asesino de Alexis) cuando lo deja en el anfiteatro:

    Al amanecer sonó el teléfono: del anfiteatro, que fuera a identificar a alguien que llevaba consigo un número.

    "Anfiteatro" llaman aquí a la morgue, y no hay taxista en Medellín ni cristiano que no sepa dónde está porque aquí los vivos sabemos bien adónde tenemos que ir a buscar a los muertos (Vallejo. 1994: 136-137).

    Cuando Fernando sale de allí se dirige a tomar un bus cualquiera para donde vaya y se despide del lector, que lo ha acompañado durante su travesía.

    De la misma manera en que Fernando le explica al lector lo que es un globo, le describe cuanto ve y cuanto recuerda durante su recorrido por diferentes lugares: iglesias, calles, zonas rurales, comunas, restaurantes, bares... Los espacios, ambientes y objetos con los que se encuentra y llaman su atención son conocidos por el lector a través de descripciones y comparaciones en las que el pasado vivido y recordado es visto como el tiempo ideal y el presente es tratado con desprecio y dolor:

    Entre los nuevos barrios de casas uniformes seguían en pie, idénticas, algunas de las viejas casitas campesinas de mi infancia, y el sitio más mágico del Universo, la cantina Bombay... con los mismos techos de vigas y las mismas paredes de tapias encaladas... los muebles eran de ahora pero qué importa, su alma seguía encerrada allí y lo comparé con mi recuerdo y era la misma...

    No sé si entre aquellas casitas campesinas que quedaban estaba la del pesebre... la del pesebre más hermoso que hayan hecho los hombres desde que se estableció la costumbre de armar en diciembre nacimientos y belenes para conmemorar la llegada a esta mísera tierra... en la carretera a Sabaneta había una casita con un pesebre que tenía otra carretera a Sabaneta. Ir de una realidad a la otra era infinitamente más alucinante que cualquier sueño de basuco (Vallejo. 1994: 15-16).

    En La virgen de los sicarios Fernando Vallejo recrea una región que es presentada y sentida como un espacio natural y una realidad social que han sido transformados, disueltos de forma violenta; se trata de un espacio y una realidad que le producen repulsión: el idilio es la naturaleza y la infancia, la edad adulta es de inconformidad, rechazo y desprecio del presente:

    ¿Se les hace impropio un viejo matando a un muchacho? Claro que sí, por supuesto. Todo en la vejez es impropio: matar, reirse, el sexo, y sobre todo seguir viviendo (Vallejo. 1994: 103).

    A través de la narración el lector experimenta las sensaciones vividas por Fernando debido al modo en que están escritas, a la puesta en forma; el ritmo de las frases es acorde con el ritmo de las acciones y los rasgos de los espacios descritos:

    Las comunas cuando yo nací no existían... las encontré a mi regreso en plena matazón, florecidas, pesando sobre la ciudad como su desgracia. Barrios y barrios de casuchas amontonadas unas sobre otras en las laderas de las montañas, atronándose con su música, envenenándose de amor al prójimo, compitiendo las ansias de matar con la furia reproductora... en el momento que escribo este conflicto aún no se resuelve: siguen matando y naciendo... pero sigamos subiendo: mientras más arriba en la montaña mejor, más miseria (Vallejo. 1994: 33).

    La descripción física y los valores de los amantes del gramático son explicados y contrastados con los de él mismo a medida que él, un hombre adulto culto, se va internando en el mundo de los jóvenes sicarios:

    "Aquí te regalo esta belleza -me dijo José Antonio cuando me presentó a Alexis- que ya lleva como diez muertos". Alexis se rió y yo también y por supuesto no le creí, o mejor dicho sí... Le quité la camisa, se quitó los zapatos, le quité los pantalones, se quitó las medias y la trusa y quedó desnudo con tres escapularios. Que son los que llevan los sicarios: uno en el cuello, otro en el antebrazo, otro en el tobillo y son: para que les den el negocio, para que no les falle la puntería y para que les paguen. (Vallejo. 1994. 11-18).

    Para comprender la naturaleza de los sicarios el narrador ha tenido que involucrarse no sólo en sus actividades sino que además ha tenido que aprender, interpretar y usar su lengua; a lo largo de la novela hay frecuentes reflexiones relacionadas con el lenguaje y con su uso debido a que el narrador es un gramático:

    "El pelao debió de entregarle las llaves a la pinta esa", comentó Alexis... Con "el pelao" mi niño significaba el muchacho; con "la pinta esa" el atracador; y con "debió de" significaba "debió" a secas... una cosa es "debe" sola y otra "debe de". Lo uno es obligación, lo otro duda (Vallejo. 1994: 23).

    Los valores del narrador experimentan transformaciones graduales a medida que avanza el relato debido a que se ha involucrado en las experiencias de los demás personajes. Al comienzo puede llegar a alterarse debido a algunas actitudes de los sicarios, más adelante los cuestiona un poco, al final, termina justificándolos y hasta celebrando su comportamiento. Los sicarios, como Ángeles Exterminadores, cumplen una función positiva debido a que compensan la "furia reproductora" de sus madres.

    El inicio de la novela no produce ninguna sorpresa en el lector debido a que se trata de una escritura narrativa más o menos convencional: un narrador en primera persona que se refiere a hechos ocurridos en el pasado en los que él ha participado: "Había en las afueras de Medellín un pueblo silencioso y apacible que se llamaba Sabaneta. Bien que lo conocí" (Vallejo. 1994: 7).

    Cuando el narrador se ha involucrado lo suficiente en el mundo de los sicarios también se ha transformado su modo de expresarse: "Sacó el Ángel exterminador su espada de fuego, su 'tote', su 'fierro', su juguete, y de un relámpago para cada uno en la frente los fulminó. ¿a los tres? No bobito, a los cuatro, al gamincito también" (Vallejo. 1994: 64).

    Al final de la novela, en la última página, Fernando se dirige al lector través del idiolecto característico de los sicarios; el narrador conoce y emplea la lengua de los personajes de manera desenvuelta y natural:

    Bueno parcero, aquí nos separamos, hasta aquí me acompaña usted. Muchas gracias por su compañía y tome usted, por su lado, que yo me sigo en cualquiera de estos buses para donde vaya, para donde sea.

    "y que te vaya bien,
    que te pise un carro
    o que te estripe un tren" (Vallejo. 1994. 142).

    El narrador de La virgen de los sicarios, a diferencia del de Cien años de soledad, es un crítico severo que se expresa sin titubeos y no se esfuerza por cautivar al lector. Mientras que en la novela de García Márquez los problemas son expresados a través de la voz de los personajes y la reflexión surge a partir de la lectura, es decir que la actitud crítica debe ser descubierta e interpretada por el lector, en la de Fernando Vallejo el narrador evalúa acciones y actitudes propias y ajenas, la mayoría de las veces de forma bastante agresiva, sin ningún tipo de consideración ni siquiera con él mismo.

    La actitud desacralizadora -la "etica invertida" celebrada por el "odiador amable" (Abad, 2000) en todas las obras de Fernando Vallejo no puede ser concebida sólo como el deseo de ofender o de calmar angustias existenciales; "el fin de Vallejo, con todo, es menos retratar una conciencia que zarandear a un país y, desnudando sus vergüenzas, igualarlo al resto de la humanidad, a la que insulta con indignación imparcial" (Ospina. 2000: 20).

    El narrador de La virgen de los sicarios -que es el mismo de El río del tiempo y El desbarrancadero- se esfuerza por ir contra la corriente, contra valores e instituciones como el matrimonio, la maternidad, la heterosexualidad, la iglesia, la familia, los actos humanitarios, la intelectualidad, el respeto a las instituciones públicas, al presidente, etc:

    La relación carnal con las mujeres es el pecado de la bestialidad... como por ejemplo un burro con una vaca.

    De tanto en tanto una vieja preñada, una de esas perras putas paridoras que pululan por todas partes con sus impúdicas barrigas en la impunidad más monstruosa.

    Vive prisionero, encerrado, casado, con mujer gorda y propia y cinco hijos comiendo, jodiendo y viendo televisión.

    (el presidente) les lee el discurso que le escribieron en inglés con esa vocecita chillona, montañera, maricona, suya, y con el candor y el acento de un niño de escuela que está aprendiendo.

    Cualquier sociólogo chambón de esos que andan por ahí analizando en las "consejerías de paz" concluirá de esto que al desquiciamento de una sociedad se sigue el del idioma. ¡Qué va! (Vallejo. 1994).

    Aunque la ficcionalización de la oralidad es un recurso empleado en la totalidad de la obra de Fernando Vallejo, en La virgen de los sicarios, por tratarse de la recreación de las expresiones y las acciones más frecuentes de los sicarios de las comunas, su uso es más eficaz para asumir una actitud desacralizadora, para producir mayor repulsión en los detractores de sus obras. Después de esta novela -gracias a la verosimilitud de su escritura- es muy probable que su autor no sea catalogado sólo como homosexual de costumbres depravadas, sino que, además, podrá ser declarado como sicario y, sin embargo, Fernando Vallejo, como su narrador, aparte de unos cuantos libros no tiene prontuario (Vallejo.1994: 42).

    En La virgen de los sicarios Fernando Vallejo se concentra en los problemas que aquejan a Medellín, pero es evidente que a lo largo de su narrativa el menosprecio va dirigido a la raza humana, a sus actos y sentimientos, a la manera en que expresan sus deseos y a los argumentos que los motivan para ejecutarlos:

    Mira Alexis, tú tienes una ventaja sobre mí y es que eres joven y yo ya me voy a morir, pero desgraciadamente para ti nunca vivirás la felicidad que yo he vivido. La felicidad no puede existir en este mundo tuyo de televisores y casetes y punkeros y rockeros y partidos de fútbol. Cuando la humanidad se sienta en sus culos ante un televisor a ver veintidós adultos infantiles dándole patadas a un balón no hay esperanzas. Dan grima, dan ganas de darle a la humanidad una patada en el culo y despeñarla por el rodadero de la eternidad, y que desocupen la tierra y no vuelvan más (Vallejo. 1994: 15).

    La elección por la que ha optado Fernando en La virgen de los sicarios no se debe a que los sicarios encarnen los valores que él considera dignos de ser llevados a la práctica, sino porque entre las posibilidades que le presenta Medellín durante el periodo de tiempo recreado la opción que considera más legítima es la de amar a Alexis, el Ángel Exterminador, porque en él, a pesar de sus limitaciones, se concentran valores que dan fe de su autenticidad y de una actitud radical ante la vida.

    En algunas ocasiones y en relación con algunas decisiones, Alexis puede llegar a ser "más extremoso" que el narrador:

    Le pregunté si le gustaban las mujeres. "No", contestó con un "no" tan rotundo, tan inesperado que me dejó perplejo. Y era un "no" para siempre: para el presente, para el pasado y para el futuro y para toda la eternidad de Dios: ni se había acostado con ninguna ni se pensaba acostar. Alexis era imprevisible y me estaba resultando más extremoso que yo. Conque eso era pues lo que había detrás de esos ojos verdes, una pureza incontaminada de mujeres. Y la verdad más absoluta, sin atenuantes ni importarle un carajo lo que piense usted que es lo que sostengo yo. De eso era de lo que me había enamorado. De su verdad (Vallejo. 1994: 21).

    Si se piensa en la situación actual del país, en los antecedentes de violencia y en la parcialidad con que se abordan los temas más conflictivos (la corrupción, la guerrilla, el paramilitarismo, el narcotráfico, los derechos humanos, etc.) a través de los medios de comunicación, por los políticos y por los "especialistas", es evidente que la actitud de Fernando Vallejo no se constituye apenas en el desahogo de un hombre que sufre y disfruta injuriando y escandalizando a los demás mientras recuerda episodios de su vida, sino que es necesario ir un poco más allá: "Esas despiadadas comprobaciones, esos sermones del ateísmo militante, estos asesinatos simbólicos del poder, fueron siempre el modo como las sociedades se quitaron de encima las mordazas del clericalismo y las camisas de fuerza de la moralidad hipócrita" (Ospina. 2000: 20).

    La descripción del globo hecho con papel china deleznable en la primera página de La virgen de los sicarios no cumple sólo la función de evocar con nostalgia la infancia, es, además, el objeto ideal para contrastar la fervorosa religiosidad de los colombianos -especialmente de los antioqueños- con la sangre derramada por Jesús y por Colombia "por los siglos de los siglos amén":

    Cuando se llenan de humo y empiezan a jalar, los que los están elevando sueltan, soltamos, y el globo se va yendo, yendo al cielo con el corazón encendido, palpitando, como el Corazón de Jesús. ¿Saben quién es? Nosotros teníamos uno en la sala; en la sala de la casa de la calle del Perú de la ciudad de Medellín, capital de Antioquia; en la casa donde yo nací, en la sala entronizado o sea (por qué no se va a saber) bendecido un día por el cura. A él está consagrada mi patria. El es Jesús y se está señalando el pecho con el dedo, y con el pecho abierto el corazón sangrando: goticas de sangre rojo vivo, encendido, como la candileja del globo: es la sangre que derramará Colombia, ahora y siempre por los siglos de los siglos amén (Vallejo. 1994: 7-8).

    En la virgen de los sicarios Fernando Vallejo se concentra en un sector marginado de Medelllín: los jóvenes sicarios de las comunas; el gran problema que aqueja a la comunidad -como ocurre en otros lugares marginales de Colombia- no es el aislamiento sino la violencia y el interés de quienes la constituyen por estar al día en relación con aspectos como la moda:

    Le pedí que anotara, en una servilleta de papel, lo que esperaba de esta vida. Con su letra arrevesada y mi bolígrafo escribió: Que quería unos tenis marca Reebock, y unos jeans Paco Ravanne. Camisas Ocean Pacific y ropa interior Kelvin Klein. Una moto Honda, un jeep Mazda, un equipo de sonido láser y una nevera para la mamá: uno de esos refrigeradores enormes marca Whirpool que soltaban chorros de cubitos de hielo abriéndoles simplemente una llave (Vallejo. 1994. 107);

    Los placeres o las aficiones como la música:

    Alexis dijo que yo estaba loco. Que no se podía vivir sin música, y yo que sí, y que además eso no era música "romántica" (Vallejo. 1994: 20);

    La televisión:

    Se pasa ahora el día entero mi muchachito ante el televisor cambiando de canal a cada minuto... Impulsado por su vacío existencial agarra en el televisor cualquier cosa: telenovelas, partidos de fútbol, conjuntos de rock, una puta declarando, el presidente (Vallejo. 1994: 22-38);

    El fútbol:

    El muerto más importante lo borra el siguiente partido de fútbol... al día siguiente ¡goool! Los goles atruenan el cielo de Medellín y después tiran petardos o "papeletas" o "voladores" y uno no sabe si es de gusto o si son las mismas balas de anoche (Vallejo. 1994: 46).

    Los gustos de los personajes se materializan o se ven frustrados en un contexto social y político corrupto e impune:

    Con eso de que aquí, en este país de leyes y constituciones, democrático, no es culpable nadie hasta que no lo condenen, y no lo condenan si no lo juzgan, y no lo juzgan si no lo agarran, y si lo agarran lo sueltan... La ley de Colombia es la impunidad y nuestro primer delincuente impune es el presidente, que a estas horas debe andar parrandiándose el país (Vallejo. 1994: 22).

    Una de las preocupaciones más evidentes de Fernando Vallejo como intelectual y como novelista es el aumento desmesurado de la pobreza, que se hace cada vez más preocupante debido a lo que él llama la "furia reproductora". En El desbarrancadero el narrador desprecia e insulta a su madre por el hecho de que ella se autoproclame heroína sólo por haber dedicado su vida a tener hijos y pensar que ellos deberían agradecérselo y servirla:

    Herrmana de esta furia es la Loca que aquí tratamos, una mujer impredecible, mandona, irascible, que nos hijueputiaba... El gran secreto de las madres de Antioquia: paren al primer hijo, le limpian el culo, y lo entrenan para que les limpie el culo, al segundo, al tercero, al cuarto, al quinto, al decimosexto, que encargándose exclusivamente de la reproducción ellas paren. Así procedió la Loca y yo... terminé de niñera de mis veinte hermanos mientras la devota se entregaba en cuerpo y alma... a propagar su sacro molde... no se fuera a perder... Yo lavaba, planchaba, barría, trapeaba, ordenaba... y lo que yo lavaba, planchaba, barría, trapeaba y ordenaba la Loca lo ensuciaba, arrugaba, empolvaba, desordenaba...

    -Fue la última vez, vieja hijueputa- le grité con la dulce y delicada palabra aprendida de ella.

    Y fue porque cuando yo digo basta es basta.

    Pero después me arrepentí de haberme rebajado tanto, hasta su bajeza (Vallejo. 2001).

    En La virgen de lo sicarios esta diatriba también es frecuente -mucho más que en las novelas que constituyen El río del tiempo- debido a que los amantes de Fernando viven en las comunas y las madres de estos sicarios son tan prolíficas como la del narrador de El desabarrancadero.

    Uno de las rasgos que mejor caracteriza a lo sicarios y a las personas con menos recursos económicos es la necesidad de aferrarse a la fe para, a través de ésta, hacer más llevadera la vida:

    Un tropel entre un carrerío llenaba el pueblo. Era la peregrinación de los martes, devota, insulsa, mentirosa. Venían a pedir favores. ¿Por qué esta manía de pedir y pedir? Yo no soy de aquí. me avergüenzo de esta raza limosnera... Entre la multitud anodina de viejos y viejas busqué a los muchachos, los sicarios, y en efecto, pululaban (Vallejo.1994: 17).

    Los pobres de Medellín se reproducen "como las ratas" en las comunas y luego bajan a arrasar la ciudad:

    ¡Pero miren qué hacinamiento! millón y medio en las comunas de Medellín, encaramados en las laderas de las montañas como las cabras, y reproduciéndose como las ratas. Después se vuelcan sobre el centro de la ciudad y Sabaneta... y por donde pasan arrasan. "Acaban hasta con el nido de la perra" como decía mi abuela (Vallejo. 1994: 60).

    De la misma manera que los habitantes de las comunas reproducen la pobreza, se encargan de reproducir también la violencia:

    Cada comuna está dividida en varios barrios, y cada barrio repartido en varias bandas: cinco, diez, quince muchachos que forman una jauría que por donde orina nadie pasa... perdiéndonos en el laberinto de los callejones y de los odios... los rencores y los ajustes de cuentas que se heredan de padres a hijos y se pasan de hermanos a hermanos como el sarampión... La lucha implacable es a muerte, esta guerra no deja heridos porque después se nos vuelven culebras. No señor (Vallejo. 1994: 67).

    Fernando Vallejo considera que la violencia se ha acrecentado "por la rabia de la población. Por tanto carro, tanta gente, tanta rabia, que les va subiendo de grado en grado la temperatura a las ciudades" (Vallejo. 2002: 1). Propone dos alternativas para mejorar las condiciones de vida: "o nos ponemos a matar en bloque, más a conciencia, no de a veinte o treinta; o dejamos de reproducirnos. Porque ya no cabemos. Y cuando las ratas no caben porque están muy apretadas, unas con otras se matan (Vallejo. 2002: 1).

    Bibliografía

    Abad Faciolince, Héctor. Asuntos de un hidalgo disoluto. Bogotá: Alfaguara. 1994, 2000.

    Bourdieu, Pierre. Las reglas del arte. Barcelona: Anagrama. 1997. Primera edición: París: Éditions du Seuil. 1992.

    __________ Sociología y cultura. México: Grijalbo. 1990. Primera edición. Questions de sociologie. Paris: Editiones de Minuit. 1984. Introducción de Néstor García Canclini.

    Ong, Walter. Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra. México: Fondo de Cultura Económica. 1987.

    Ortiz, Fernando. Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Caracas: Biblioteca Ayacucho. 1978.

    Ospina, William. "No quiero morir pero matan", En Número. 26. Sept - nov. 2000.

    Pacheco, Carlos. La comarca oral. Caracas: La Casa de Bello. 1992.

    Rama. Angel. Transculturación narrativa en América Latina. México: Siglo XXI. 1982.

    Vallejo, Fernando. El desbarrancadero. Bogotá: Alfaguara. 2001.

    ___________ "Los difíciles caminos de la esperanza". Fotografías: retratos con bestia de Jorge Mario Múnera. En www.revistanumero.com. 2002

    ___________ La virgen de los sicarios. Bogotá: Alfaguara. 1994, 2002.

    Notas:

    * Profesional en Estudios Literarios, Universidad Nacional de Colombia; Magister en Literatura Hispanoamericana, Instituto Caro y Cuervo; Profesora Universidad Central.

    [1] La distribución de los bienes materiales y culturales en realidad no es equitativa en ninguna parte y, mucho menos en las sociedades capitalistas: "El mercado de bienes simbólicos incluye, básicamente, tres modos de producción: burgués, medio y popular. Estos modos de producción cultural se diferencian por la composición de sus públicos (burgués/clases medias/populares), por la naturaleza de las obras producidas (obras de arte/bienes de consumo masivo) y por las ideologías político-esteticas que los expresan (aristocratismo esteticista/ascetismo y pretensión/pragmatismo funcional). Pero los tres sistemas coexisten dentro de la misma sociedad capitalista, porque ésta ha organizado la distribución (desigual) de todos los bienes materiales y simbólicos. Dicha unidad se manifiesta, entre otros hechos, en que los mismos bienes son, en muchos casos, consumidos por distintas clases sociales. La diferencia se establece entonces, más que en los bienes que cada clase apropia, en el modo de usarlos" (Néstor García Canclini, en la introducción a Sociología y cultura. Pierre Bourdieu. 1990: 22)

    [2] "El amor homosexual ha sido un tópico difícil para la literatura hispanoamericana contemporánea, principalmente por la impericia de los autores al tratar el tema... La mayoría se conforma con un erotismo repetitivo y solemne, o bien una farse melodramática que, a estas alturas, ya ni siquiera nos hace sonreir.
    Fernando Vallejo evita ambos escollos obrando con eminencia intelectual: su novela no es erótica sino tanática. Su campo de batalla es la mente, no la piel...
    Por lo que atañe a las probables escenas de erotismo homosexual, éstas han sido suprimidas sistemáticamente, como si el narrador no quisiera que su presencia negara o atemperara la perspectiva de que el mundo... fue y será una porquería. De tal suerte, la homosexualidad aparece en La virgen de los sicarios como una actitud moral de los personajes. También como un recurso estilístico, un potente catalizador de la misantropía y el horror ante la capacidad de engendrar" (Herbert. 2001: 2).

    [3] En fragmentos como este las palabras del narrador van dirigidas al lector extranjero como explicación o ilustración y al colombiano como reproche.

    © Elsy Rosas Crespo 2003
    Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

    El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero24/virgen.html

  • Las ansias de vivir y el desprecio por la vida

    martes, abril 10, 2007
    Flaubert y la melancolía: las cartas a Louise Colet
    Las ansias de vivir y el desprecio por la vida.

    En los melancólicos las ansías de vivir y el desprecio por la vida se mezclan de manera extraña: nacieron obsesionados con la idea de la muerte (frecuentemente la desean con fervor) y, sin embargo, sus vidas están colmadas de planes para el futuro; mientras desprecian de manera consciente la vida, al mismo tiempo, a través de su comportamiento y sus ilusiones, luchan por preservarla; cuando pasan por periodos optimistas sueñan con una vejez en la que se rememora el pasado.
    A través del arte, la ciencia, la filosofía o de una vida orientada a partir de principios e intereses poco comunes, interpretados por la mayoría como resultado de la locura, la frialdad o la indiferencia, los melancólicos emplean gran parte de su tiempo en exponer y justificar las razones para despreciar la vida, se niegan a concederla a otros con el pretexto de que es mejor evitarles el dolor, en el que afirman ser tan experimentados: "¡Prefiero no tener descendencia! Mi oscuro apellido se apagará conmigo y el mundo seguirá su camino igual que si dejara algún descendiente ilustre. Me gusta la idea de la nada absoluta. Axioma: es la vida la que nos consuela de la muerte y es la muerte la que nos consuela de la vida" (Flaubert. 1846; 1988: 85).

    Publicado por Custardoy hora 5:52 PM

    http://custardoydesvan.blogspot.com/2007/04/flaubert-y-la-melancola-las-cartas.html

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    Flaubert y la melancolía:
    las cartas a Louise Colet

    Elsy Rosas Crespo

    La melancolía se ha constituido en asunto de estudio desde perspectivas tan diversas como la medicina, el arte, la astrología, la psicología, en diferentes épocas y con diferentes énfasis. Se ha abordado de manera positiva, negativa y despectiva. En la actualidad, especialmente gracias a los estudios cuyo énfasis es lo psicológico, se le asocia de manera desafortunada con situaciones ridículas como el simple hecho de sentirse un poco triste debido al tedio que generan algunas situaciones de la vida y, sin embargo, la melancolía es algo mucho más profundo e intenso que el desagrado que a veces siente la gente por tener que realizar actividades que no le satisfacen, por no haber logrado propósitos materiales o ideales amorosos.

    Los melancólicos se reconocen por aspectos bien delimitados: son lentos en sus movimientos y en su pensamiento, incapaces de contemplar varias posibilidades relacionadas con un mismo hecho de manera rápida -la intuición fulminante como un rayo les es ajena-, se les dificulta notar su propia falta de sentido práctico y se esfuerzan por lograr dos metas contradictorias: por una parte desean parecer más torpes, lentos y fracasados de lo que en realidad creen ser, por otra, se aferran con terquedad obstinada al deseo de realizar sueños o anhelos superiores a sus condiciones y cualidades particulares, que a los ojos de la mayoría parecen inverosímiles.

    La melancolía se relaciona con la tierra, el otoño, la frialdad y la sequedad; el planeta es saturno, el material mineral más afín es la piedra y los animales que atraen o se asemejan a los melancólicos son el perro, el vampiro y el oso: "No hay oso blanco encaramado en su témpano del polo que viva más olvidado que yo en la tierra" (Flaubert, 1964; 1988: 53). Un objeto: la cometa; la hora del día es el crepúsculo con sus sombras nítidas y alargadas: "Cuando entré en tu casa me pareció volver de nuevo al pasado, a uno de esos hermosos crepúsculos tristes del año 1843, cuando aspiraba el aire desde mi ventana, lleno de tedio y con la muerte en el alma" (Flaubert, 1846; 1988: 26).

    Los melancólicos se caracterizan por ser dueños de un corazón testarudo que va demasiado lejos en las fantasías o en el estudio de las cosas que su razón no puede comprender, frecuentemente son presas de absurdos pensamientos: "Si supieras todas las fuerzas internas que han terminado por agotarme, todas las locuras que me han pasado por la cabeza... soy ante todo hombre de fantasía, amigo del capricho y de lo deshilvanado" (Flaubert. 1846; 1988: 14-18).

    Son antiintelectuales, la sabiduría en ellos viene del abismo, deriva de la inmersión en la vida de las cosas creadas y nada debe a la voz de la revelación o del deseo de grandeza por sí misma, ni en el avances intelectuales ni en los materiales: "He vivido fuera de todo movimiento, de toda acción, sin hacer nada por la gloria, el placer, la ciencia o el dinero" (Flaubert. 1842; 1986: 12); "otro se sentiría orgulloso del amor que me prodigas; su vanidad bebería en él con gusto y su egoísmo de varón se sentiría halagado hasta en los repliegues más íntimos. Pero en cambio tu amor hace que mi corazón desfallezca de tristeza" (Flaubert. 1846; 1988: 16).

    Los melancólicos son lentos, tristes y tienden a la desesperación: "No sientes esas náuseas de tedio que impulsan a desear la muerte. No llevas dentro del ti el aburrimiento de vivir ¡Palabra que habría que escribir como veinte H aspiradas para darle toda su intensidad" (Flaubert. 1846; 1988: 83); "Ayer estuve espantosamente triste con una de esas tristezas que tenía en mi juventud y para librarme de las cuales hubiera sido capaz de tirarme por la ventana" (Flaubert. 1846; 1988: 77).

    Para los melancólicos los nexos familiares son falsamente subjetivos y sentimentales, los conciben como una sangría a la voluntad, a la independencia, a la libertad de concentrarse en el trabajo, sin embargo, establecen relaciones particularmente amorosas con la familia, especialmente con la madre: "MI madre me esperaba en la estación. Lloró al verme regresar. Tú lloraste al verme partir. ¡Tan miserable es nuesta condición que no podemos desplazarnos de un lugar a otro sin que cueste lágrimas para ambas partes! (Flaubert. 1846; 1988: 12). "Flaubert conservó tonterías que poseían la fragancia del recuerdo. Muchos años después de la muerte de su madre todavía pedía a veces su chal y su sombrero, y entonces se sentaba un rato a soñar con ellos" (Barnes. 1984; 1986: 25).

    Por estar obsesionados con la muerte los melancólicos son los que mejor saben cómo leer el mundo: "Adivino el porvenir. Es que la intítesis se yergue sin cesar ante mis ojos. Nunca vi a un niño sin pensar que ese niño terminaría por convertirse en viejo, ni una cuna sin recordar una tumba. La contemplación de una mujer desnuda me hace soñar con su esqueleto. Por eso los espectáculos alegres me ponen triste y los espectáculos tristes no me afectan gran cosa. Lloro demasiado por dentro para derramar lágrimas por fuera" (Flaubert. 1846; 1988: 15); "No quisiste creerme cuando te dije que era viejo. ¡Sí que lo soy, por desgracia! pues todo sentimiento que a mi alma llega se agría igual que el vino cuando lo introducen en recipientes ya muy usados" (Flaubert. 1846: 1988: 14).

    La pesadumbre, la indolencia y el miedo son frecuentes en los melancólicos, viven en un estado de estupor en el que la realidad parece de repente como extraña. La aflicción, que en otros ablanda el corazón hasta la humildad, sólo consigue en el melancólico que se obstine cada vez más en sus extraños pensamientos; sus lágrimas no le caen en el corazón, ablandando su dureza, sino que a él le sucede lo que a la piedra, que cuando el tiempo está húmedo, sólo suda por fuera "Te complaces en el sublime egoismo de tu amor, con la hipótesis de que pudiera nacernos un hijo. Lo deseas, confiésalo; lo anhelas como un lazo más que nos uniría, como un contrato fatal que ataría nuestros dos destinos. ¡Oh, preciso es que seas querida y demasiado tierna amiga para que yo no te guarde rencor por un deseo tan espantoso para mi felicidad!" (Flaubert. 1846; 1988: 51).

    1. Las ansias de vivir y el desprecio por la vida.

    En los melancólicos las ansías de vivir y el desprecio por la vida se mezclan de manera extraña: nacieron obsesionados con la idea de la muerte (frecuentemente la desean con fervor) y, sin embargo, sus vidas están colmadas de planes para el futuro; mientras desprecian de manera consciente la vida, al mismo tiempo, a través de su comportamiento y sus ilusiones, luchan por preservarla; cuando pasan por periodos optimistas sueñan con una vejez en la que se rememora el pasado.

    A través del arte, la ciencia, la filosofía o de una vida orientada a partir de principios e intereses poco comunes, interpretados por la mayoría como resultado de la locura, la frialdad o la indiferencia, los melancólicos emplean gran parte de su tiempo en exponer y justificar las razones para despreciar la vida, se niegan a concederla a otros con el pretexto de que es mejor evitarles el dolor, en el que afirman ser tan experimentados: "¡Prefiero no tener descendencia! Mi oscuro apellido se apagará conmigo y el mundo seguirá su camino igual que si dejara algún descendiente ilustre. Me gusta la idea de la nada absoluta. Axioma: es la vida la que nos consuela de la muerte y es la muerte la que nos consuela de la vida" (Flaubert. 1846; 1988: 85).

    2. Modo digerido y analítico de asimilar el pasado.

    Los melancólicos se solazan y se atormentan cuando rememoran el pasado debido a que poseen un modo digerido y analítico de asimilarlo; contemplan el presente como un tiempo nublado y desprovisto de interés que se valora sólo cuando se observa desde la distancia: "Me gusta rodearme de recuerdos, de igual modo que no vendo mis trajes viejos. A veces subo a verlos al desván donde los guardo y recuerdo los tiempos en que aún estaban nuevos y en todas las cosas que hice cuando los llevaba" (Flaubert. 1846; 1998: 24). No se trata sólo de recobrar el pasado sino de comprenderlo, de condensarlo en sus formas espaciales, en sus estructuras premonitorias, entre otras cosas porque el esfuerzo por comprender eleva la vida humana por encima del nivel de una farsa y le otorga parte de la gracia de la tragedia.

    La vida de los melancólicos no está colmada de aventuras debido a que sus reflexiones permanentes y concentradas sobre el pasado, tanto como la observación desapasionada de los comportamientos humanos, los tornan incapaces de realizar muchos riesgos o experimentos con su propia vida, especialmente por temor al ridículo: "La faceta ridícula que veo en el amor siempre me impidió entregarme a él. He deseado, en ocasiones, seducir a una mujer, pero con sólo pensar en el aspecto extraño que en esos momentos debía de tener, me entraban ganas de reir. Tanto es así que mi voluntad se derretía al fuego de la ironía interior, y dentro de mí cantaba el himno de la amargura y de la irrisión" (Flaubert. 1846; 1988: 26).

    Los melancólicos consideran mucho más práctico formarse a partir la observación y el análisis de las experiencias vividas por otros, como si se tratara de las propias, que lanzarse a la aventura: "El contemplar una vida que una pasión violenta -de la índole que sea- ha vuelto miserable es siempre algo más instructivo y altamente moral. Eso rebaja, con una ironía aullante, tantas pasiones banales y manías vulgares, que uno queda satisfecho al pensar que el instrumento humano puede vibrar hasta ese extremo y subir hasta tonos tan agudos" (Flaubert. 1847; 1989: 138); la vida no se constituye, entonces, en búsqueda permanente de felicidad sino de mecanismos que eviten el aburrimiento y el dolor: "No son las grandes desgracias las que crean la desgracia, ni las grandes felicidades las que hacen la felicidad, sino el tejido fino e imperceptible de mil circunstancias banales, de mil detalles tenues que componen toda una vida de paz radiante o de agitación infernal" (Flaubert. 1847: 1989: 131).

    3. Siempre de pierde algo al darse al público.

    Para los melancólicos está claro que siempre se pierde algo al darse al público, que lo más tierno, lo indecible, se puede convertir, con un movimiento de la mano, en vulgar y que los más grandes y refinados afectos no pueden expresarse más que simplemente, que el énfasis los estropea; son reservados, directos y poco dispuestos a expresar cariño a través de efusivas manifestaciones, razón por la cual es casi imposible saber a quién aman y a quién desprecian. Evocan acontecimientos por las reacciones que éstos suscitaron en ellos, los lugares son recordados con nostalgia por las emociones que han producido y las personas por el encuentro que experimentaron consigo mismos; los sentimientos ajenos son contemplados como bocetos de futuras pasiones o de fracasos, en pocas palabras, el melancólico vive en función de sí mismo y de las experiencias que pueda realizar sin ilusionarse fervorosamente por nada en particular: "Me dedico al arte porque me divierte, pero no tengo fe en lo bello" (Flaubert. 1846; 1988: 13).

    4. Relaciones complejas con los demás.

    El disimulo y el secreto parecen una necesidad a los melancólicos, a menudo tienen unas relaciones complejas, veladas con los demás a pesar del afecto que puedan sentir: "Me da miedo ser frío, seco, egoísta, y Dios sabe, sin embargo, lo que en estos momentos siento dentro de mí" (Flaubert. 1846; 1988: 11)."He hecho mal, he sido un necio. Me he portado contigo igual que, en otros tiempos, lo hice con aquellos a quienes más quería: les mostré el fondo de mi saco, y el polvo acre que despedía se les pegó a la garganta" (Flaubert. 1846; 1988: 28); "Quisiera mandarte únicamente palabras dulces y tiernas, de esas suaves como un beso que algunos saben decir pero que, en mi caso, se quedan en el fondo del corazón y expiran al llegar a los labios. Si yo pudiera, cada mañana tu despertar se vería perfumado por una olorosa página de amor" (Flaubert. 1946; 1988: 57).

    5. Relación con los objetos: transacciones genuinas que revelan un significado.

    Los melancólicos experimentan una fe más profunda, contemplativa y placentera con los objetos materiales que con los seres humanos, se trata de transacciones genuinas que revelan un significado: "Es la hora en que me quedo solo y, mientras los demás duermen, abro el cajón donde guardo mis tesoros. Contemplo tus zapatillas, el pañuelo, tus cabellos, el retrato, releo tus cartas y aspiro tu perfume almizclado. ¡Si supieras lo que siento! (Flaubert. 1846; 1988: 19). Cuanto más inertes son las cosas más potente, auténtico e ingenioso puede ser el espíritu que las contempla.

    La infidelidad a las personas lleva aparejada una fidelidad a las cosas que impulsa a los melancólicos a sumirse en ellas con devoción contemplativa; parece como si el mundo físico, el mundo de los fenómenos, encerrara un sentido indescifrable, metafísico, cuya inaccesibilidad los deja inconsolables: "Hoy me anunciaron que de aquí a quince días recibiré, desde Esmirna, unos cinturones de seda. Me he puesto muy contento. Confieso esa debilidad. Hay un montón de nimiedades como esa que son importantes para mí (Flaubert. 1846; 1988: 84); "¡Será posible que hasta me reproches el inocente afecto que siento por un sillón! ¡Si te hablara de mis botas, creo que también te pondrías celosa!" (Flaubert, 1846; 1989: 111).

    6. Para vivir tranquilo hay que vivir solo.

    Debido a su indeferencia ante el mundo y a sus ideas estrafalarias en relación con las de la mayoría -con los lugares comunes- tanto como por su deseo de querer pasar desapercibidos aún en medio de sus excentricidades, de no querer llamar la atención de nadie, los melancólicos terminan siendo, paradójicamente, condenados por los demás debido a que su comportamiento es interpretado de manera equivocada o exagerada: su indiferencia se intepreta como arrogancia, su sequedad como orgullo y su frialdad como desprecio: "Lo que me sorprende es que, debajo de esas críticas se note un odio contra mí, contra mi persona, un prejuicio denigrador" (citado por Barnes. 1984; 1986: 37); "La diferencia que ha existido siempre entre mi modo de ver la vida y el de los demás ha hecho que me encerrase (¡no bastante, por desgracia!) en una áspera soledad de la que nada lograba hacerme salir. Me han humillado tantas veces, he escandalizado y hecho gritar tanto que he terminado, desde hace ya mucho tiempo, por reconocer que, para vivir tranquilo, hay que vivir solo y poner burletas en todas las ventanas por miedo a que el aire del mundo llegue hasta uno" (Flaubert. 1846; 1988: 91).

    7. Voluntad de ocupar un espacio.

    Los melancólicos tienen la voluntad de ocupar un sitio, de instalarse en un tiempo y un espacio delimitado, organizado según referencias sólidas y claras; su pensamiento se halla en los límites de lo mensurable y lo localizable, todo lo que conciben está sometido al espacio y al tiempo y acaban por situarse dentro de ambos, como el punto; son seres regidos por el principio del orden, por la voluntad de encerrarse en los límites del orden material y espiritual: "Por muy uniforme que sea tu vida por lo menos tienes algo que contarme. Pero la mía es un lago, un estanque quieto donde nada se mueve, en donde nada sobresale. Cada día que pasa se parece al anterior. Puedo decirte lo que haré dentro de un mes, dentro de un año, y considero esto no sólo sabio sino afortunado" (Flaubert. 1846; 1988: 53).

    8. Dificultades de lenguaje.

    Los melancólicos frecuentemente tienen dificultades de lenguaje: "Tengo el defecto de haber nacido dotado de una lengua especial, cuya clave sólo yo poseo" (Flaubert. 1846; 1988: 286); las dificultades de lenguaje están relacionadas con la sujeción cohibida e implacable que establecen consigo mismos y con los prolongados encierros voluntarios a los que se someten; estos encierros se hallan regidos a partir de límites preestablecidos y reglas fijadas por ellos mismos: "No estoy con nadie, en ningún sitio, no soy de mi país y puede que tampoco del mundo. Aunque muchos me rodeen, sigo estando solo; por eso los huecos que dejó la muerte en mi vida no aportaron a mi alma un nuevo estado de ánimo, sino que acentuaron ese estado. Yo estaba solo por dentro y ahora estoy también solo por fuera" (Flaubert. 1846: 1988: 81).

    9. Sentido hipertrofiado del deber y amor al trabajo.

    Por no encontrarle un sentido real a la vida y ser, la mayoría de las veces, incapaces de sucidarse -por considerar este hecho demasiado trascendental, heroico o cobarde- los melancólicos llegan a la conclusión de que lo único que calma su dolor, su desasosiego, es el trabajo: "Amo mi trabajo con un amor fanático y pervertido, como un asceta el cilicio que le rasca el vientre" (Flaubert, 1852; 1989: 183). Trabajan siempre, no hacen otra cosa que trabajar después de que han elegido su objeto de estudio, acorde con su personalidad: "Me hablas de trabajo. Si, trabaja, enamórate del arte. De todas las mentiras existentes, quizás sea ésta la menos embustera. Trata de enamorarte de él con un amor exclusivo, ardiente, fiel. No te fallará" (Flaubert. 1846; 1988: 23). Para el desarrollo del trabajo es imprescindible la soledad, la inmersión y la concentración total, o están inmersos o su atención se dispersa.

    El trabajo puede convertirse en una droga, en una compulsión, y los melancólicos son los mejores adictos porque la verdadera experiencia adictiva es solitaria; viven su condición intelectual como la de un desclasado al que su soledad, requisito de sus libertad espiritual, condena al aislamiento y la marginalidad: más acá o más allá de las situaciones conocidas: "He cavado mi agujero y en él me quedo, poniendo gran cuidado en que reine siempre la misma temperatura dentro" (Flaubert. 1846; 1988: 53). A través de su marginalidad y gracias a ésta desafían a la humanidad.

    Los melancólicos tienen un sentido hipertrofiado del deber, son excesivamente meticulosos y exigentes consigo mismos y asumen su trabajo con responsabilidad extrema bajo el signo de una seriedad mayor de la que debería conferírsele en realidad: "A veces tengo grandes hastíos, grandes vacíos, dudas que se ríen en mi cara, en medio de mis satisfacciones más ingenuas. Pues bien: no cambiaré todo eso por nada, pues me parece, en conciencia, que cumplo con mi deber, que obedezco a una fatalidad superior, que hago el Bien, que estoy en lo Justo" (Flaubert. 1952; 1989: 184).

    10. La actividad de la mente es causa directa de la melancolía.

    El estudio excesivo produce aburrimiento, tristeza y deseperación: "Estoy roto, aturdido, como después de una larga orgía, con un aburrimiento de muerte. Tengo un vacío inaudito en el corazón, yo que hace poco me hallaba tan tranquilo, tan orgulloso de mi serenidad, y que trabajaba de la mañana a la noche con un rigor implacable; no puedo leer, ni pensar, ni escribir" (Flaubert. 1846; 1988: 13).

    La acedia no puede ser realizada por los melancólicos modernos como lo fue por los monjes medievales pero continúa constituyéndose en el ideal de estos taciturnos: "Ya no hay artistas como los de antaño, de aquellos cuya vida y alma eran el instrumento ciego del apetitio de belleza, órganos de Dios mediante los cuales se probaba a sí mismo su existencia. Para ellos el mundo no importaba. Nadie supo nada de sus dolores. Se acostaban tristes todas las noches y contemplaban la vida humana con una mirada de asombro, igual que nosotros contemplamos un hormiguero" (Flaubert. 1846; 1988: 23).

    La acedia es sinónimo de inactividad y la inactividad trae consigo una especial facultad mental que pasa de la observación al análisis y del análisis a la comprensión; estos aspectos están muy relacionados con la creación y casi todos los grandes artistas han sido, además, modelos de melancolía. La melancolía conduce a la contemplación y el excesivo estudio convierte a las personas en seres melancólicos. La acedía se relaciona además con la distracción y el embotamiento, con la preocupación o tristeza del corazón semejante a la aflicción y especialmente dura para los solitarios.

    David de Augsburgo, en el siglo XII, estableció diferentes tipos de acedía: "El vicio de la accidia tiene tres clases. La primera es una cierta amargura de la mente que no se consuela con nada alegre ni edificante. Se alimenta de hastío y abomina la compañía humana. Esto es lo que el Apóstol llama tristeza del mundo que fabrica muerte. Produce inclinación a la desesperación, hurañía y desconfianza, y a veces conduce a sus víctimas al suicidio al verse oprimidas por una aflicción irracional. Tal tristeza sale a veces de una impaciencia previa, a veces del hecho de que se pospone algún deseo o se frustra, y otras veces de la abundancia de humores melancólicos, en cuyo caso compete al médico más que al sacerdote el prescribir el remedio" (citado por Jackson. 1986; 1989: 73).

    Los melancólicos son portadores de un desorden fisiológico preciso: tienen abundancia de humores melancólicos, es decir, de bilis negra. La enfermedad de la bilis negra, ocasionada por su exceso, sobreviene en caso de desánimo prolongado, desánimo con miedo e insomnio también prolongado. El exceso de bilis negra -ubicada el el bazo- y desarrollado en gran medida debido a los "excesos" de los melancólicos, los convierte progresivamente en epilépticos melancólicos: "Mi juventud ha pasado. La enfermedad nerviosa que me duró dos años fue la conclusión de la misma, el broche, su resultado lógico. Para haber tenido lo que tuve, era preciso que algo, anteriormente, pasara de manera harto trágica para mi caja craneana" (Flauberrt.1846; 1988: 21); "Si he sido duro es porque estoy enfermo. Dolorido, amargado, la vida me desloma como un trote demasiado duro que destroza las riñones. El único momento en que no sufro es cuando estoy solo. Los mejores afectos con frecuencia me irritan desmesuradamente" (Flaubert. 1847; 1989; 137); "¿Me comprenderás hasta el final, soportarás el peso de mi tedio, mis manías, mis caprichos, mis desánimos y mis coléricas mudanzas?" (Flaubert. 1846: 1988: 18).

    La bilis negra impulsa continuamente a la mente a que se concentre en un punto, se detenga en él y se entregue a la contemplación: "Yo soy el oscuro y paciente pescador de perlas que bucea en los bajos fondos y vuelve con las manos vacías y la cara azulada. Una atracción fatal me empuja hacia los abismos del pensamiento, me lleva al fondo de esos precipicios interiores que jamás se agotan para los fuertes" (Flaubert. 1846; 1988: 119).

    11. El autoanálisis.

    Como la bilis negra es de por sí semejante al centro del mundo, obliga a investigar el centro de las cosas singulares, eleva a la comprensión de las más altas e incita al autoanálisis; los melancólicos consideran que el ego y el universo son textos que hay que descifrar: "Dices que me analizo demasiado, pero a mí me parece que aún no me conozco lo suficiente; cada día que pasa descubro algo nuevo. Viajo por dentro de mí como por un país desconocido, pese a haberlo recorrido ya cien veces" (Flaubert. 1846; 1988: 28). "Caminaba con la rectitud de un sistema particular hecho para un caso especial. Lo había comprendido todo en mí, lo había separado, clasificado; tanto es así que aquella ha sido la época de mi existencia en que más tranquilo me he encontrado, mientras que todos, por el contrario, pensaban que era el momento de compadecerme" (Flaubert. 1846; 1988: 21).

    12. Extraño placer por lo irónico.

    Los melancólicos experimentan un extraño placer por lo irónico y lo consciente de sí mismos: "No he recibido del cielo un temperamento optimista. Nadie percibe en mayor grado que yo lo miserable que es la condición de la vida. No creo en nada, ni en mí siquiera, lo que no es corriente" (Flaubert. 1846; 1988: 13).

    La meloncolía y la ironía se mezclan y se confunden a través del humor saturnino que, en muchas ocasiones, pasa de lo irónico a lo humillante a través del análisis eshaustivo que hacen de sí mismos y de las palabras emitidas por otros: "Expongo las cosas cronológicamente. 'En el mundo de los estudiantes, de los vividores, de los blasfemos y los fumadores', dice usted. Fumador, pase: fumo, refumo y sobrefumo cada vez más, por la boca y por el cerebro. Blasfemo, aún es algo cierto, pero juro tan por dentro, que lo poco que se oye debe perdonárseme. En cuanto a lo de estudiante, me humilla ¿Dónde diablos ha visto usted que tenga yo, o haya tenido, aspecto de estudiante?... ¡Oh, mi vida de estudiante! No desearía a mi enemigo, si tuviera uno, ni una sola de esas semanas; y allá es, claro, donde me convertí en un vividor. ¡Bonito vividor! Consume más quinina que ron, y sus orgías son tan ruidosas, que no se sabe si está vivo en su propia ciudad, en la ciudad donde nació y reside" (Flaubert. 1847; 1989: 151).

    En los melancólicos aparece frecuentemente la risa desenfrenada; ésta no procede de ningún consuelo del corazón o alegría del espíritu sino que es más bien un gesto, como una imitación que enmascara una pasión desagradable: "El elemento patético ha venido a asentarse, en lo que a mi respecta, sobre todas las superficies alegres, y la ironía planea por encima en todos los elementos serios. Así pues, el sentido en el que tú dices que me gustan las bromas no es cierto, ya que ¿donde puede encontrarse la comicidad cuando todo es cómico?" (Flaubert. 1846; 1989; 90). "Es bueno, e incluso puede ser hermoso el reírse de la vida, con tal que se viva. Hay que colocarse por encima de todo, y por encima de uno colocar su espíritu, es decir, la libertad de la idea: declaro impío todo límite a ésta" (Flaubert. 1852; 1989: 174); "Yo me río de todo, hasta de lo que más me agrada. No existen cosas, hechos, sentimientos o personas por los que no haya pasado inocentemente mi bufonería, como un rodillo de hierro de esos para dar lustre las piezas de paño" (Flaubert. 1852; 1989: 173).

    La risa casi siempre se mezcla con ironía, es la expresión de personas inconformes, inquietas y cansadas de la vida: "No me cuentes más lugares comunes como que es el dinero lo que me ha impedido ser feliz; que si hubiera trabajado, me encontraría mejor. ¡Cómo si bastara ser mozo de boticario, panadero o comerciante de vinos para no aburrirse en este bajo mundo!" (Flaubert. 1846; 1988: 30).

    13. Bajo el signo de saturno.

    Los seres regidos bajo el signo de saturno, especialmente los del signo Acuario son, de por sí, apáticos, indecisos y lentos. Todo lo saturnino apunta hacia las profundidades de la tierra y posee su constitución física fría y seca. La mirada baja distingue al saturnino, que atraviesa el suelo con los ojos. "Quien aún no me conoce, me reconocerá por mis gestos. Yo dirijo de continuo mis ojos a la tierra porque he brotado previamente de ella. De este modo no miro sino a mi madre". Las inspiraciones de la madre tierra despuntan de la noche de la reflexión lo mismo que tesoros surgidos del fondo de la tierra.

    Bibliografía:

    Barnes, Julian. El loro de Flaubert. Barcelona: Anagrama. 1986. Título de la edición original: Flaubert's Parrot. Jonathan Cape Ltd. Londres: 1984.

    Clair, Jean. Malinconia. Motivos saturninos en el arte de entreguerras. Madrid: Visor. 1999. Primera edición: París: Gallimard, 1996.

    Flaubert, Gustave. Carta a Louise Colet. Madrid: Siruela. 1989. Traducción, prólogo y notas de ignacio Malaxechevaerría.

    ____________ Correspondencia íntima. Barcelona: Ediciones B. 1988. Traducción y prólogo de Emma Calatuyad.

    ____________ Noviembre. Barcelona: Muchnik Editores. 1986. Traducción, notas y apostilla de Ricardo Cano Gaviria.

    Jackson, Stanley W. Historia de la melancolía y la depresión. Desde los tiempos de Hipócrates a la época moderna. Madrid: Turner. 1989. Primera edición: Yale Universitu, London. 1986.

    Klibansky, Raymond; Panofsky Erwin; Fritz, Saxl. Saturno y la melancolía. Marid: Alianza. 1991.

    Sontag, Susan. "Bajo el signo de saturno" . En El viejo topo. Julio-agosto. 2001. No 154-155. Primera edición. 1980.

    [1] Elsy Rosas Crespo es Profesional en Estudios Literarios, Universidad Nacional de Colombia; Magister en Literatura Hispanoamericana, Instituto Caro y Cuervo.

    © Elsy Rosas Crespo 2002
    Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

    El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/flaubert.html

  • La ciudad violenta y su memoria

    Novelas de violencia de fin de siglo, por Gabriel Inzaurralde

    http://www.google.com.co/search?hl=es&q=la+ciudad+violenta+y+su+memoria&meta=

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    La virgen de los sicarios como extensión de la narrativa de la transculturación

    En La virgen de los sicarios Fernando Vallejo ficcionaliza la oralidad de una comunidad específica de Colombia con propósitos artísticos. Para crear la ilusión de oralidad desde la escritura sin perder verosimilitud es necesario que el artista conozca los imaginarios de la comunidad de su interés, la manera en que sus miembros conciben el mundo, el contexto social al que pertenecen y el modo en que valoran su participación como individuos que forman parte de una comunidad humana. Debe distinguir, además, las particularidades de la lengua y la manera en que la emplean sus usuarios en situaciones especificas con el propósito de estilizar ambos aspectos, el cultural y el lingüístico y, de esta manera, crear mundos literarios configurados a partir de situaciones sociales y usos de la lengua en contextos particulares. Fernando Vallejo posee pleno dominio de las reglas implícitas que subyacen a la realización de la oralidad y la escritura, es un gran observador del habla de la comunidad de su interés y se ha acercado a los usuarios de la lengua en contextos naturales para luego tomar distancia cuando emprende el proceso de escritura, el resultado es La virgen de los sicarios, una "historia de amor en el país del odio".

    Los novelistas que han adoptado la toma de posición que Angel Rama ha denominado narrativa de la transculturación (1982) comparten la dedicación por el estudio y el esfuezo por comprender y ficcionalizar hablas y expresiones culturales de regiones relativamente aisladas de América Latina; asumen el predominio de la oralidad en la región de su interés como la clave de un conjunto de recursos de representación literaria. A través del conocimiento de la configuración mental de los habitantes de esta región y de los principales problemas sociales que los aquejan, se propusieron lograr, después de un exigente proceso de elaboración, la producción de un efecto de oralidad con repercusiones estéticas e ideológicas en cada caso particular (Pacheco, 1992).

    La ficcionalización de la oralidad (como una opción opuesta a la fetichización de la escritura) se inscribe dentro de la concepción que parte de la negación de la superioridad cultural de unas comunidades en relación con otras, una actitud eminentemente antieurocentrista ratificada a partir de los textos de Fernando Ortiz -desde la perspectiva antropológica- que luego sirvió de sustento para fundamentar la teoría sobre la transculturación narrativa emprendida por Angel Rama y ratificada en la actualidad por estudiosos de la literatura latinoamericana como Carlos Pacheco.

    Independencia, originalidad y representatividad literaria, categorías definidas por Angel Rama (1982: 11-20), son, después de la consolidación de las naciones latinoamericanas, los pilares sobre los cuales debía fundarse el proyecto literario, que no podía ser indígena porque existía una fuerte marca dejada por los europeos, comenzando por la lengua y las tradiciones implantadas, como tampoco se podía sustentar en la plácida imitación de los modelos europeos. Los tres aspectos fueron logrados por los transculturadores después de transcurrido mucho tiempo de intentos de escritores regionalistas por crear obras que, además de poseer gran valor estético, representaran con verosimilitud los lenguajes simbólicos y orales interiorizados y empleados por individuos de comunidades fuertemente orales, por culturas orales primarias, como diría Walter Ong (1987: 40).

    El deseo de dar a conocer los imaginarios de algunas comunidades rurales e indígenas y de hacer de éstas el eje central de una propuesta estética simultánea en varios paises latinoamericanos maduró, entre otras cosas, debido a las grandes transformaciones que ocurrieron en América Latina tras la primera Guerra Mundial:

    Tras la primera guerra mundial, una nueva expansión económica y cultural de las metrópolis se hace sentir en América Latina y los beneficios que aporta a un sector de sus poblaciones no esconde las rupturas internas que genera ni los conflictos internos que han de acentuarse tras el crac económico de 1929. Se intensifica el proceso de transculturación en todos los órdenes de la vida americana. Uno de sus capítulos lo ocupan los conflictos de las regiones interiores con la modernización que dirigen capitales y puertos, instrumentada por las élites dirigentes urbanas que asumen la filosofía del progreso. La cultura modernizadora de las ciudades, respaldada en sus fuentes externas y en su apropiación del excedente social, ejerce sobre su hinterland una dominación (trasladando de hecho su propia dependencia de los sistemas culturales externos) a los que prestan eficaz ayuda los instrumentos de la tecnología nueva... A las regiones internas, que representan plurales conformaciones culturales, los centros capitalinos les ofrecen una disyuntiva fatal en sus dos términos: o retroceden entrando en agonía, o renuncian a sus valores, es decir, mueren (Rama. 1982: 28).

    En las obras de los narradores de la transculturación (Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Joao Guimaraes Rosa...) la lengua y las estructuras literarias son objeto de especial atención; gracias al manejo de estos recursos es posible percibir en algunas de las novelas más representativas (Pedro Páramo, Cien años de soledad, Gran sertón: Veredas...) las diferencias con otras manifestaciones estéticas escritas que, aunque también se destacan por la oralidad, generan otro tipo de efectos en los lectores. El efecto que se proponen producir los transculturadores con la estilización de un habla regional es la sensación -en el lector- de encontrarse ante la recreación de voces rurales o populares auténticas y de presentar las particularidades culturales de la comunidad, su manera de concebir el mundo, el amor, la vida... a través del uso que los narradores y los personajes hacen de la lengua;

    Se trata, nada menos, de escribir la realidad (y no de describirla, de imitarla, sino de dejarla en cierto modo que se produzca a sí misma, representación natural de la naturaleza); es decir de hacer aquello que define propiamente la literatura, pero a propósito de la realidad más banalmente real, la más corriente y moliente que, por oposición a lo ideal, no está hecha para ser escrita... hay que afirmar el poder que pertenece al arte de constituirlo todo gracias a la virtud de la forma... de transmutarlo todo en obra de arte gracias a la eficacia de la propia escritura (Bourdieu. 1997: 165).

    Si recordamos las características propuestas por Angel Rama sobre la manera como los narradores de la transculturación emplean la lengua, podemos percibir, antes de hacer cualquier análisis textual de la escritura de Fernando Vallejo, que todas atraviesan su narrativa:

    1. Se prescinde del uso de glosarios, estimando que las palabras regionales transmiten su significado dentro del contexto linguístico aún para quienes no las conocen.

    2. El léxico, la prosodia y la morfosintaxis de la lengua regional, aparece como el campo predilecto para prolongar los conceptos de originalidad y representatividad, fundamentos de la "plasticidad cultural".

    3. Lo que antes era la lengua de los personajes populares y, dentro del mismo texto se oponía a la lengua del escritor o del narrador, invierte su posición jerárquica: en vez de ser la excepción y de singularizar al personaje sometido al escudriñamiento del escritor, pasa a ser la voz que narra... no remeda simplemente un dialecto, sino que utiliza formas sintácticas o lexicales que le pertenecen dentro de una lengua coloquial.

    4. El autor se ha reintegrado a la comunidad lingüística y habla desde ella con desembarazado uso de los recursos idiomáticos... es a partir de su sistema lingüístico que trabaja el escritor, quien no procura imitar desde fuera un habla regional, sino elaborarla desde dentro con una finalidad artística.

    5. Desde el momento en que el escritor no se percibe a sí mismo como fuera de la comunidad lingüística, sino que la reconoce sin rubor, ni disminución como propia... investiga las posiblidades que ésta le proporcionan para construir una específica lengua literaria dentro de su marco (Rama. 1982: 41-42).

    Al introducirse en las raíces de la cultura y sentirse como parte de ésta el escritor transculturador descubre aspectos que le eran desconocidos, identifica rasgos particulares de la interioridad de los habitantes del lugar que difieren ampliamente de los representados en las obras en la que el escritor se distancia de la región o de la realidad que desea representar, de la misma manera que se distancia de sus personajes cuando se convierte en narrador.

    La toma de posición asumida por Fernando Vallejo tiene algunas similitudes con la de los narradores de la transculturación pero es evidente que ha surgido a partir de intereses, problemas y nuevas preocupaciones, diferentes a las observadas y expresadas por escritores como Gabriel García Márquez. En La virgen de los sicarios, por ejemplo, los problemas de carácter social están relacionados con la explosión demográfica, la masificación y la violencia, no se trata de concederle la voz a los desvalidos o a los vencidos sino de -a través de la voz y las actitudes de los personajes marginados y marginales- dar a conocer y reflexionar sobre problemas que aquejan a ciudades como Medellín que, en síntesis, son los de las ciudades latinoamericanas, en las que la distribución de los bienes materiales y culturales no es equitativa; se trata de una sociedad en la que no se le brindan las mismas oportunidades a todos, especialmente a los jóvenes menos favorecidos económicamente.

    En la narrativa de la transculturación pocas veces los narradores explican las situaciones que viven los personajes, a través de la ficcionalización de la oralidad éstos lo hacen por sí mismos en narraciones que se asemejan al testimonio y que producen en el lector la sensación de que aquello que lee no es el resultado del esfuerzo de un artista por lograr verosimilitud en su creación, sino que se trata de la transcripción de relatos orales de personas que desconocen la escritura o la emplean sólo con fines prácticos. La voz de los narradores no es fría y distante, como si fuera la de un hombre culto, distanciado y objetivo que expone situaciones que le son ajenas, sino que esta voz se mezcla y se confunde con la de los personajes.

    El narrador de las obras de Fernando Vallejo ha llevado esta práctica al extremo:

    Al decidir hablar en nombre propio, con su voz (una voz inconfundible que no se parece a la de nadie), Fernando Vallejo está rompiendo con la más obstinada tradición literaria: la del narrador omnisciente que todo lo sabe y que todo lo ve, el novelista ubicuo que puede atravesar con su mirada las paredes y leer los pensamientos. Nada de esto aquí. En vez del Artífice Supremo, un simple ser humano que dice "yo" sin ocultarse detrás de una pluralidad de máscaras. Pero eso sí, uno que ha jurado no salirse jamás de los límites del pronombre de primera persona con todo lo que eso implica: asumir sin disimulos ni subterfugios sus amores y sus odios (Contracarátula de El desbarrancadero. 2001).

    En La virgen de los sicarios no sólo el narrador y los personajes comparten el mismo idiolecto sino que, además, se involucra al lector. El lector -real e implícito- aprende la lengua del narrador -que también está aprendiendo la de los sicarios- y debe aceptar las agresiones que éste le dirige; en la primera página de la novela Fernando primero lo informa, después lo interroga, luego lo desprecia y, finalmente, como hace siempre, le explica:

    Un rombo de ciento veinte pliegos inmenso, rojo, rojo, rojo para que resaltara sobre el cielo azul. El tamaño no me lo van a creer, ¡pero qué saben ustedes de globos! ¿saben qué son? Son rombos o cruces o esferas hechos de papel china deleznable, y por dentro llevan una candileja encendida que los llena de humo para que suban. El humo es como quien dice su alma, y la candileja el corazón (Vallejo. 1994: 7).

    Fernando emprende su viaje a través de Medellín; lo inicia con Alexis y lo termina con Wilmar (el asesino de Alexis) cuando lo deja en el anfiteatro:

    Al amanecer sonó el teléfono: del anfiteatro, que fuera a identificar a alguien que llevaba consigo un número.

    "Anfiteatro" llaman aquí a la morgue, y no hay taxista en Medellín ni cristiano que no sepa dónde está porque aquí los vivos sabemos bien adónde tenemos que ir a buscar a los muertos (Vallejo. 1994: 136-137).

    Cuando Fernando sale de allí se dirige a tomar un bus cualquiera para donde vaya y se despide del lector, que lo ha acompañado durante su travesía.

    De la misma manera en que Fernando le explica al lector lo que es un globo, le describe cuanto ve y cuanto recuerda durante su recorrido por diferentes lugares: iglesias, calles, zonas rurales, comunas, restaurantes, bares... Los espacios, ambientes y objetos con los que se encuentra y llaman su atención son conocidos por el lector a través de descripciones y comparaciones en las que el pasado vivido y recordado es visto como el tiempo ideal y el presente es tratado con desprecio y dolor:

    Entre los nuevos barrios de casas uniformes seguían en pie, idénticas, algunas de las viejas casitas campesinas de mi infancia, y el sitio más mágico del Universo, la cantina Bombay... con los mismos techos de vigas y las mismas paredes de tapias encaladas... los muebles eran de ahora pero qué importa, su alma seguía encerrada allí y lo comparé con mi recuerdo y era la misma...

    No sé si entre aquellas casitas campesinas que quedaban estaba la del pesebre... la del pesebre más hermoso que hayan hecho los hombres desde que se estableció la costumbre de armar en diciembre nacimientos y belenes para conmemorar la llegada a esta mísera tierra... en la carretera a Sabaneta había una casita con un pesebre que tenía otra carretera a Sabaneta. Ir de una realidad a la otra era infinitamente más alucinante que cualquier sueño de basuco (Vallejo. 1994: 15-16).

    En La virgen de los sicarios Fernando Vallejo recrea una región que es presentada y sentida como un espacio natural y una realidad social que han sido transformados, disueltos de forma violenta; se trata de un espacio y una realidad que le producen repulsión: el idilio es la naturaleza y la infancia, la edad adulta es de inconformidad, rechazo y desprecio del presente:

    ¿Se les hace impropio un viejo matando a un muchacho? Claro que sí, por supuesto. Todo en la vejez es impropio: matar, reirse, el sexo, y sobre todo seguir viviendo (Vallejo. 1994: 103).

    A través de la narración el lector experimenta las sensaciones vividas por Fernando debido al modo en que están escritas, a la puesta en forma; el ritmo de las frases es acorde con el ritmo de las acciones y los rasgos de los espacios descritos:

    Las comunas cuando yo nací no existían... las encontré a mi regreso en plena matazón, florecidas, pesando sobre la ciudad como su desgracia. Barrios y barrios de casuchas amontonadas unas sobre otras en las laderas de las montañas, atronándose con su música, envenenándose de amor al prójimo, compitiendo las ansias de matar con la furia reproductora... en el momento que escribo este conflicto aún no se resuelve: siguen matando y naciendo... pero sigamos subiendo: mientras más arriba en la montaña mejor, más miseria (Vallejo. 1994: 33).

    La descripción física y los valores de los amantes del gramático son explicados y contrastados con los de él mismo a medida que él, un hombre adulto culto, se va internando en el mundo de los jóvenes sicarios:

    "Aquí te regalo esta belleza -me dijo José Antonio cuando me presentó a Alexis- que ya lleva como diez muertos". Alexis se rió y yo también y por supuesto no le creí, o mejor dicho sí... Le quité la camisa, se quitó los zapatos, le quité los pantalones, se quitó las medias y la trusa y quedó desnudo con tres escapularios. Que son los que llevan los sicarios: uno en el cuello, otro en el antebrazo, otro en el tobillo y son: para que les den el negocio, para que no les falle la puntería y para que les paguen. (Vallejo. 1994. 11-18).

    Para comprender la naturaleza de los sicarios el narrador ha tenido que involucrarse no sólo en sus actividades sino que además ha tenido que aprender, interpretar y usar su lengua; a lo largo de la novela hay frecuentes reflexiones relacionadas con el lenguaje y con su uso debido a que el narrador es un gramático:

    "El pelao debió de entregarle las llaves a la pinta esa", comentó Alexis... Con "el pelao" mi niño significaba el muchacho; con "la pinta esa" el atracador; y con "debió de" significaba "debió" a secas... una cosa es "debe" sola y otra "debe de". Lo uno es obligación, lo otro duda (Vallejo. 1994: 23).

    Los valores del narrador experimentan transformaciones graduales a medida que avanza el relato debido a que se ha involucrado en las experiencias de los demás personajes. Al comienzo puede llegar a alterarse debido a algunas actitudes de los sicarios, más adelante los cuestiona un poco, al final, termina justificándolos y hasta celebrando su comportamiento. Los sicarios, como Ángeles Exterminadores, cumplen una función positiva debido a que compensan la "furia reproductora" de sus madres.

    El inicio de la novela no produce ninguna sorpresa en el lector debido a que se trata de una escritura narrativa más o menos convencional: un narrador en primera persona que se refiere a hechos ocurridos en el pasado en los que él ha participado: "Había en las afueras de Medellín un pueblo silencioso y apacible que se llamaba Sabaneta. Bien que lo conocí" (Vallejo. 1994: 7).

    Cuando el narrador se ha involucrado lo suficiente en el mundo de los sicarios también se ha transformado su modo de expresarse: "Sacó el Ángel exterminador su espada de fuego, su 'tote', su 'fierro', su juguete, y de un relámpago para cada uno en la frente los fulminó. ¿a los tres? No bobito, a los cuatro, al gamincito también" (Vallejo. 1994: 64).

    Al final de la novela, en la última página, Fernando se dirige al lector través del idiolecto característico de los sicarios; el narrador conoce y emplea la lengua de los personajes de manera desenvuelta y natural:

    Bueno parcero, aquí nos separamos, hasta aquí me acompaña usted. Muchas gracias por su compañía y tome usted, por su lado, que yo me sigo en cualquiera de estos buses para donde vaya, para donde sea.

    "y que te vaya bien,
    que te pise un carro
    o que te estripe un tren" (Vallejo. 1994. 142).

    El narrador de La virgen de los sicarios, a diferencia del de Cien años de soledad, es un crítico severo que se expresa sin titubeos y no se esfuerza por cautivar al lector. Mientras que en la novela de García Márquez los problemas son expresados a través de la voz de los personajes y la reflexión surge a partir de la lectura, es decir que la actitud crítica debe ser descubierta e interpretada por el lector, en la de Fernando Vallejo el narrador evalúa acciones y actitudes propias y ajenas, la mayoría de las veces de forma bastante agresiva, sin ningún tipo de consideración ni siquiera con él mismo.

    La actitud desacralizadora -la "etica invertida" celebrada por el "odiador amable" (Abad, 2000) en todas las obras de Fernando Vallejo no puede ser concebida sólo como el deseo de ofender o de calmar angustias existenciales; "el fin de Vallejo, con todo, es menos retratar una conciencia que zarandear a un país y, desnudando sus vergüenzas, igualarlo al resto de la humanidad, a la que insulta con indignación imparcial" (Ospina. 2000: 20).

    El narrador de La virgen de los sicarios -que es el mismo de El río del tiempo y El desbarrancadero- se esfuerza por ir contra la corriente, contra valores e instituciones como el matrimonio, la maternidad, la heterosexualidad, la iglesia, la familia, los actos humanitarios, la intelectualidad, el respeto a las instituciones públicas, al presidente, etc:

    La relación carnal con las mujeres es el pecado de la bestialidad... como por ejemplo un burro con una vaca.

    De tanto en tanto una vieja preñada, una de esas perras putas paridoras que pululan por todas partes con sus impúdicas barrigas en la impunidad más monstruosa.

    Vive prisionero, encerrado, casado, con mujer gorda y propia y cinco hijos comiendo, jodiendo y viendo televisión.

    (el presidente) les lee el discurso que le escribieron en inglés con esa vocecita chillona, montañera, maricona, suya, y con el candor y el acento de un niño de escuela que está aprendiendo.

    Cualquier sociólogo chambón de esos que andan por ahí analizando en las "consejerías de paz" concluirá de esto que al desquiciamento de una sociedad se sigue el del idioma. ¡Qué va! (Vallejo. 1994).

    Aunque la ficcionalización de la oralidad es un recurso empleado en la totalidad de la obra de Fernando Vallejo, en La virgen de los sicarios, por tratarse de la recreación de las expresiones y las acciones más frecuentes de los sicarios de las comunas, su uso es más eficaz para asumir una actitud desacralizadora, para producir mayor repulsión en los detractores de sus obras. Después de esta novela -gracias a la verosimilitud de su escritura- es muy probable que su autor no sea catalogado sólo como homosexual de costumbres depravadas, sino que, además, podrá ser declarado como sicario y, sin embargo, Fernando Vallejo, como su narrador, aparte de unos cuantos libros no tiene prontuario (Vallejo.1994: 42).

    En La virgen de los sicarios Fernando Vallejo se concentra en los problemas que aquejan a Medellín, pero es evidente que a lo largo de su narrativa el menosprecio va dirigido a la raza humana, a sus actos y sentimientos, a la manera en que expresan sus deseos y a los argumentos que los motivan para ejecutarlos:

    Mira Alexis, tú tienes una ventaja sobre mí y es que eres joven y yo ya me voy a morir, pero desgraciadamente para ti nunca vivirás la felicidad que yo he vivido. La felicidad no puede existir en este mundo tuyo de televisores y casetes y punkeros y rockeros y partidos de fútbol. Cuando la humanidad se sienta en sus culos ante un televisor a ver veintidós adultos infantiles dándole patadas a un balón no hay esperanzas. Dan grima, dan ganas de darle a la humanidad una patada en el culo y despeñarla por el rodadero de la eternidad, y que desocupen la tierra y no vuelvan más (Vallejo. 1994: 15).

    La elección por la que ha optado Fernando en La virgen de los sicarios no se debe a que los sicarios encarnen los valores que él considera dignos de ser llevados a la práctica, sino porque entre las posibilidades que le presenta Medellín durante el periodo de tiempo recreado la opción que considera más legítima es la de amar a Alexis, el Ángel Exterminador, porque en él, a pesar de sus limitaciones, se concentran valores que dan fe de su autenticidad y de una actitud radical ante la vida.

    En algunas ocasiones y en relación con algunas decisiones, Alexis puede llegar a ser "más extremoso" que el narrador:

    Le pregunté si le gustaban las mujeres. "No", contestó con un "no" tan rotundo, tan inesperado que me dejó perplejo. Y era un "no" para siempre: para el presente, para el pasado y para el futuro y para toda la eternidad de Dios: ni se había acostado con ninguna ni se pensaba acostar. Alexis era imprevisible y me estaba resultando más extremoso que yo. Conque eso era pues lo que había detrás de esos ojos verdes, una pureza incontaminada de mujeres. Y la verdad más absoluta, sin atenuantes ni importarle un carajo lo que piense usted que es lo que sostengo yo. De eso era de lo que me había enamorado. De su verdad (Vallejo. 1994: 21).

    Si se piensa en la situación actual del país, en los antecedentes de violencia y en la parcialidad con que se abordan los temas más conflictivos (la corrupción, la guerrilla, el paramilitarismo, el narcotráfico, los derechos humanos, etc.) a través de los medios de comunicación, por los políticos y por los "especialistas", es evidente que la actitud de Fernando Vallejo no se constituye apenas en el desahogo de un hombre que sufre y disfruta injuriando y escandalizando a los demás mientras recuerda episodios de su vida, sino que es necesario ir un poco más allá: "Esas despiadadas comprobaciones, esos sermones del ateísmo militante, estos asesinatos simbólicos del poder, fueron siempre el modo como las sociedades se quitaron de encima las mordazas del clericalismo y las camisas de fuerza de la moralidad hipócrita" (Ospina. 2000: 20).

    La descripción del globo hecho con papel china deleznable en la primera página de La virgen de los sicarios no cumple sólo la función de evocar con nostalgia la infancia, es, además, el objeto ideal para contrastar la fervorosa religiosidad de los colombianos -especialmente de los antioqueños- con la sangre derramada por Jesús y por Colombia "por los siglos de los siglos amén":

    Cuando se llenan de humo y empiezan a jalar, los que los están elevando sueltan, soltamos, y el globo se va yendo, yendo al cielo con el corazón encendido, palpitando, como el Corazón de Jesús. ¿Saben quién es? Nosotros teníamos uno en la sala; en la sala de la casa de la calle del Perú de la ciudad de Medellín, capital de Antioquia; en la casa donde yo nací, en la sala entronizado o sea (por qué no se va a saber) bendecido un día por el cura. A él está consagrada mi patria. El es Jesús y se está señalando el pecho con el dedo, y con el pecho abierto el corazón sangrando: goticas de sangre rojo vivo, encendido, como la candileja del globo: es la sangre que derramará Colombia, ahora y siempre por los siglos de los siglos amén (Vallejo. 1994: 7-8).

    En la virgen de los sicarios Fernando Vallejo se concentra en un sector marginado de Medelllín: los jóvenes sicarios de las comunas; el gran problema que aqueja a la comunidad -como ocurre en otros lugares marginales de Colombia- no es el aislamiento sino la violencia y el interés de quienes la constituyen por estar al día en relación con aspectos como la moda:

    Le pedí que anotara, en una servilleta de papel, lo que esperaba de esta vida. Con su letra arrevesada y mi bolígrafo escribió: Que quería unos tenis marca Reebock, y unos jeans Paco Ravanne. Camisas Ocean Pacific y ropa interior Kelvin Klein. Una moto Honda, un jeep Mazda, un equipo de sonido láser y una nevera para la mamá: uno de esos refrigeradores enormes marca Whirpool que soltaban chorros de cubitos de hielo abriéndoles simplemente una llave (Vallejo. 1994. 107);

    Los placeres o las aficiones como la música:

    Alexis dijo que yo estaba loco. Que no se podía vivir sin música, y yo que sí, y que además eso no era música "romántica" (Vallejo. 1994: 20);

    La televisión:

    Se pasa ahora el día entero mi muchachito ante el televisor cambiando de canal a cada minuto... Impulsado por su vacío existencial agarra en el televisor cualquier cosa: telenovelas, partidos de fútbol, conjuntos de rock, una puta declarando, el presidente (Vallejo. 1994: 22-38);

    El fútbol:

    El muerto más importante lo borra el siguiente partido de fútbol... al día siguiente ¡goool! Los goles atruenan el cielo de Medellín y después tiran petardos o "papeletas" o "voladores" y uno no sabe si es de gusto o si son las mismas balas de anoche (Vallejo. 1994: 46).

    Los gustos de los personajes se materializan o se ven frustrados en un contexto social y político corrupto e impune:

    Con eso de que aquí, en este país de leyes y constituciones, democrático, no es culpable nadie hasta que no lo condenen, y no lo condenan si no lo juzgan, y no lo juzgan si no lo agarran, y si lo agarran lo sueltan... La ley de Colombia es la impunidad y nuestro primer delincuente impune es el presidente, que a estas horas debe andar parrandiándose el país (Vallejo. 1994: 22).

    Una de las preocupaciones más evidentes de Fernando Vallejo como intelectual y como novelista es el aumento desmesurado de la pobreza, que se hace cada vez más preocupante debido a lo que él llama la "furia reproductora". En El desbarrancadero el narrador desprecia e insulta a su madre por el hecho de que ella se autoproclame heroína sólo por haber dedicado su vida a tener hijos y pensar que ellos deberían agradecérselo y servirla:

    Herrmana de esta furia es la Loca que aquí tratamos, una mujer impredecible, mandona, irascible, que nos hijueputiaba... El gran secreto de las madres de Antioquia: paren al primer hijo, le limpian el culo, y lo entrenan para que les limpie el culo, al segundo, al tercero, al cuarto, al quinto, al decimosexto, que encargándose exclusivamente de la reproducción ellas paren. Así procedió la Loca y yo... terminé de niñera de mis veinte hermanos mientras la devota se entregaba en cuerpo y alma... a propagar su sacro molde... no se fuera a perder... Yo lavaba, planchaba, barría, trapeaba, ordenaba... y lo que yo lavaba, planchaba, barría, trapeaba y ordenaba la Loca lo ensuciaba, arrugaba, empolvaba, desordenaba...

    -Fue la última vez, vieja hijueputa- le grité con la dulce y delicada palabra aprendida de ella.

    Y fue porque cuando yo digo basta es basta.

    Pero después me arrepentí de haberme rebajado tanto, hasta su bajeza (Vallejo. 2001).

    En La virgen de lo sicarios esta diatriba también es frecuente -mucho más que en las novelas que constituyen El río del tiempo- debido a que los amantes de Fernando viven en las comunas y las madres de estos sicarios son tan prolíficas como la del narrador de El desabarrancadero.

    Uno de las rasgos que mejor caracteriza a lo sicarios y a las personas con menos recursos económicos es la necesidad de aferrarse a la fe para, a través de ésta, hacer más llevadera la vida:

    Un tropel entre un carrerío llenaba el pueblo. Era la peregrinación de los martes, devota, insulsa, mentirosa. Venían a pedir favores. ¿Por qué esta manía de pedir y pedir? Yo no soy de aquí. me avergüenzo de esta raza limosnera... Entre la multitud anodina de viejos y viejas busqué a los muchachos, los sicarios, y en efecto, pululaban (Vallejo.1994: 17).

    Los pobres de Medellín se reproducen "como las ratas" en las comunas y luego bajan a arrasar la ciudad:

    ¡Pero miren qué hacinamiento! millón y medio en las comunas de Medellín, encaramados en las laderas de las montañas como las cabras, y reproduciéndose como las ratas. Después se vuelcan sobre el centro de la ciudad y Sabaneta... y por donde pasan arrasan. "Acaban hasta con el nido de la perra" como decía mi abuela (Vallejo. 1994: 60).

    De la misma manera que los habitantes de las comunas reproducen la pobreza, se encargan de reproducir también la violencia:

    Cada comuna está dividida en varios barrios, y cada barrio repartido en varias bandas: cinco, diez, quince muchachos que forman una jauría que por donde orina nadie pasa... perdiéndonos en el laberinto de los callejones y de los odios... los rencores y los ajustes de cuentas que se heredan de padres a hijos y se pasan de hermanos a hermanos como el sarampión... La lucha implacable es a muerte, esta guerra no deja heridos porque después se nos vuelven culebras. No señor (Vallejo. 1994: 67).

    Fernando Vallejo considera que la violencia se ha acrecentado "por la rabia de la población. Por tanto carro, tanta gente, tanta rabia, que les va subiendo de grado en grado la temperatura a las ciudades" (Vallejo. 2002: 1). Propone dos alternativas para mejorar las condiciones de vida: "o nos ponemos a matar en bloque, más a conciencia, no de a veinte o treinta; o dejamos de reproducirnos. Porque ya no cabemos. Y cuando las ratas no caben porque están muy apretadas, unas con otras se matan (Vallejo. 2002: 1).

    Bibliografía

    Abad Faciolince, Héctor. Asuntos de un hidalgo disoluto. Bogotá: Alfaguara. 1994, 2000.

    Bourdieu, Pierre. Las reglas del arte. Barcelona: Anagrama. 1997. Primera edición: París: Éditions du Seuil. 1992.

    __________ Sociología y cultura. México: Grijalbo. 1990. Primera edición. Questions de sociologie. Paris: Editiones de Minuit. 1984. Introducción de Néstor García Canclini.

    Ong, Walter. Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra. México: Fondo de Cultura Económica. 1987.

    Ortiz, Fernando. Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Caracas: Biblioteca Ayacucho. 1978.

    Ospina, William. "No quiero morir pero matan", En Número. 26. Sept - nov. 2000.

    Pacheco, Carlos. La comarca oral. Caracas: La Casa de Bello. 1992.

    Rama. Angel. Transculturación narrativa en América Latina. México: Siglo XXI. 1982.

    Vallejo, Fernando. El desbarrancadero. Bogotá: Alfaguara. 2001.

    ___________ "Los difíciles caminos de la esperanza". Fotografías: retratos con bestia de Jorge Mario Múnera. En www.revistanumero.com. 2002

    ___________ La virgen de los sicarios. Bogotá: Alfaguara. 1994, 2002.

    Notas:

    * Profesional en Estudios Literarios, Universidad Nacional de Colombia; Magister en Literatura Hispanoamericana, Instituto Caro y Cuervo; Profesora Universidad Central.

    [1] La distribución de los bienes materiales y culturales en realidad no es equitativa en ninguna parte y, mucho menos en las sociedades capitalistas: "El mercado de bienes simbólicos incluye, básicamente, tres modos de producción: burgués, medio y popular. Estos modos de producción cultural se diferencian por la composición de sus públicos (burgués/clases medias/populares), por la naturaleza de las obras producidas (obras de arte/bienes de consumo masivo) y por las ideologías político-esteticas que los expresan (aristocratismo esteticista/ascetismo y pretensión/pragmatismo funcional). Pero los tres sistemas coexisten dentro de la misma sociedad capitalista, porque ésta ha organizado la distribución (desigual) de todos los bienes materiales y simbólicos. Dicha unidad se manifiesta, entre otros hechos, en que los mismos bienes son, en muchos casos, consumidos por distintas clases sociales. La diferencia se establece entonces, más que en los bienes que cada clase apropia, en el modo de usarlos" (Néstor García Canclini, en la introducción a Sociología y cultura. Pierre Bourdieu. 1990: 22)

    [2] "El amor homosexual ha sido un tópico difícil para la literatura hispanoamericana contemporánea, principalmente por la impericia de los autores al tratar el tema... La mayoría se conforma con un erotismo repetitivo y solemne, o bien una farse melodramática que, a estas alturas, ya ni siquiera nos hace sonreir.
    Fernando Vallejo evita ambos escollos obrando con eminencia intelectual: su novela no es erótica sino tanática. Su campo de batalla es la mente, no la piel...
    Por lo que atañe a las probables escenas de erotismo homosexual, éstas han sido suprimidas sistemáticamente, como si el narrador no quisiera que su presencia negara o atemperara la perspectiva de que el mundo... fue y será una porquería. De tal suerte, la homosexualidad aparece en La virgen de los sicarios como una actitud moral de los personajes. También como un recurso estilístico, un potente catalizador de la misantropía y el horror ante la capacidad de engendrar" (Herbert. 2001: 2).

    [3] En fragmentos como este las palabras del narrador van dirigidas al lector extranjero como explicación o ilustración y al colombiano como reproche.

    © Elsy Rosas Crespo 2003
    Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

    El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero24/virgen.html

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