La palabra “tristeza” no refleja bien este sentimiento, que se acerca a la melancolía, que puede ser nostalgia de un pasado que no ha de volver, desazón, falta de sosiego, de calma, de tranquilidad. No llega a ser “angustia”, ni “congoja”, ni “pena”, ni “depresión”, aunque comparte algo de todas ellas. He preferido acudir a un anglicismo, de origen dieciochesco y elevado a categoría vital con el romanticismo, la palabra “esplín” (spleen, en inglés), que viene a significar “tristeza sin motivo aparente” (no "aburrimiento", como sugiere Elsy Rosas).

http://vandalio.blog.com.es/2007/11/05/espla_n~3249791

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Genio y melancolía

La melancolía se ha constituido en asunto de estudio desde perspectivas tan diversas como la medicina, el arte, la astrología, la psicología, en diferentes épocas y con diferentes énfasis. Fue teorizada y estudiada en la antigüedad desde la perspectiva humoral por médicos como Hipócrates (los melancólicos tienen exceso de bilis negra o humor melancólico) y por filósofos como Aristóteles quien, en su Problema XXX,1, afirma que los más destacados guerreros, políticos, filósofos y artistas de su tiempo fueron, además, modelos de melancolía. A partir del texto de Aristóteles se consolidó la todavía vigente relación entre genio y melancolía: el genio se concibe como un regalo de los dioses y la melancolía como un aspecto concomitante de la genialidad.

Durante la Edad Media las relaciones entre el estado físico y el psíquico siguieron relacionándose para estudiar la melancolía, pero se confundieron aún más los límites entre locura y genialidad, que ya se hallaban presentes en el texto de Aristóteles. La melancolía se relacionó con el pecado de la acedia, concebido como sinónimo de descuido en las tareas religiosas, acompañado con frecuencia de tristeza, angustia y desesperación; al comienzo se empleó esta designación para referirse a los monjes pero posteriormente sobrepasó el contexto religioso puesto que el pecado de la acedia se transformó en el de la pereza y no se refería sólo a las tareas religiosas sino, además, al trabajo productivo de las personas comunes.

Los monjes medievales buscaban un ideal absoluto representado en la idea de un Dios vivo capaz de manifestarse, de darse a conocer y de recibir amor; ante la impotencia e incapacidad para experimentar un contacto pleno con este ser caen en estados depresivos que los lleva a cometer el pecado de la acedia, expresado a través de tristeza, inhibición o desvalorización. Cuando reciben manifestaciones divinas surgen los sentimientos de gozo, expansividad y desmedida confianza.

Desde la perspectiva psiquiátrica estas alternancias en el estado de ánimo formarían parte de lo que se denomina psicosis maniacodepresiva:

La gran mayoría de místicos cristianos han padecido en un momento dado de su trayectoria espiritual profundas y dolorosas depresiones endógenas... depresiones que se corresponden con aquella parte del proceso místico que en teología espiritual se conoce con el nombre de purificaciones pasivas.

Se llama fase maniaca a un cuadro clínico que viene configurado por sentimientos de gozo, expansividad y desmedida autoconfianza, sentimientos que son justamente los opuestos a los de tristeza, inhibición y desvalorización que ocurren durante la fase depresiva. Cuando una psicosis endógena evoluciona con alternancias de fases depresivas o fases maníacas, se conoce entonces a esta enfermedad con el nombre de psicosis maniacodepresiva o trastorno bipolar, frente al trastorno monopolar -o depresión endógena a secas- en cuya evolución encontraremos solamente fases depresivas (Alvarez. 1997: 19).

Desde la perspectiva médica actual la depresión endógena es una enfermedad que ha de ser tratada y curada con terapias psicológicas y medicamentos antidepresivos, cuando era padecida por los monjes medievales, en cambio, se concebía como un estado positivo que permitía experimentar purificaciones pasivas. Al místico se le ofrecía la posibilidad de encontrar un significado positivo en el proceso espiritual gestado durante "la noche oscura del alma", al enfermo de depresión endógena no se le da esta oportunidad, sino que apenas se le brinda consuelo con la idea de que la preponderancia de la razón puede interpretarse como superación de la melancolía patológica y que cuando deje de concebirse él mismo como un objeto y empiece a superar la sensación, por ejemplo, de que está muerto y realice actividades diferentes a la de permanecer en una sola posición durante prolongados lapsos de tiempo, en ese momento se puede empezar a sentir satisfecho.

La acedia se relaciona con la distracción y el embotamiento, con la preocupación o tristeza del corazón semejante a la aflicción y especialmente dura para los solitarios, se trata de tristeza "respecto de los bienes espirituales esenciales del hombre, es decir la particular dignidad espiritual que ha sido conferida por Dios. Lo que aflige al acidioso no es pues la conciencia de un mal sino por el contrario la consideración del más grande de los bienes" (Agamben. 1995: 30), la dificultad consiste en apropiarse de esos bienes. El acidioso supone que si desprecia el cuerpo será más fácil acercarse al espíritu pero durante el proceso corre el riesgo de terminar siendo sólo materia, de perderse como ser humano a través de la búsqueda de lo divino, de terminar siendo sólo un objeto.

La acedia no puede ser realizada por los melancólicos modernos como lo fue por los monjes medievales pero continúa constituyéndose en el ideal de estos taciturnos: "Ya no hay artistas como los de antaño, de aquellos cuya vida y alma eran el instrumento ciego del apetito de belleza, órganos de Dios mediante los cuales se probaba a sí mismo su existencia. Para ellos el mundo no importaba. Nadie supo nada de sus dolores. Se acostaban tristes todas las noches y contemplaban la vida humana con una mirada de asombro, igual que nosotros contemplamos un hormiguero" (Flaubert. 1989: 23).

David de Augsburgo, en el siglo XII, estableció diferentes tipos de acedia:

El vicio de la accidia tiene tres clases. La primera es una cierta amargura de la mente que no se consuela con nada alegre ni edificante. Se alimenta de hastío y abomina la compañía humana. Esto es lo que el Apóstol llama tristeza del mundo que fabrica muerte. Produce inclinación a la desesperación, hurañía y desconfianza, y a veces conduce a sus víctimas al suicidio al verse oprimidas por una aflicción irracional. Tal tristeza sale a veces de una impaciencia previa, a veces del hecho de que se pospone algún deseo o se frustra, y otras veces de la abundancia de humores melancólicos, en cuyo caso compete al médico más que al sacerdote el prescribir el remedio (citado por Jackson. 1989: 73).

Los melancólicos son portadores de un desorden fisiológico preciso: tienen abundancia de humores melancólicos, es decir, de bilis negra. La enfermedad de la bilis negra, ocasionada por su exceso, sobreviene en caso de desánimo prolongado, desánimo con miedo e insomnio también prolongado. El exceso de bilis negra -ubicada en el bazo- y desarrollado en gran medida debido a los "excesos" de los melancólicos, los convierte progresivamente en epilépticos melancólicos.

Con el advenimiento de la modernidad la relación entre genio y melancolía fue propicia para realizar el concepto de arte humanista que se divulgaba y el modo en que se practicaba; la relación entre mística, depresión y creación no se realizó de la manera en que lo lograron San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús, sino que se orientó en algunos artistas hacia la magia negra o la trascendencia de sí mismos a partir del trabajo excesivo, la experimentación con drogas o la búsqueda de perfección de obras terrenales. El conocimiento de lo absoluto no se lograba a través del éxtasis místico sino de las experiencias personales y la introspección; el arte se convirtió en una especie de ser divino y al artista en sacerdote o en Dios, se trata de un ser que tiene la posibilidad de descubrir cada día formas nuevas, no es un imitador de la naturaleza sino un "creador" distanciado.

Las "ideas interiores" de los monjes medievales no se asemejan a las de los artistas del Renacimiento. El propósito del artista renacentista no consiste en buscar o recrear ensoñaciones platónicas, ideas eternas, independientes de los seres que gozan con su contemplación, sino que éstas son la expresión del espíritu del hombre. El mejor ejemplo de la encarnación de esta práctica es Durero ya que "a diferencia de todos sus predecesores, compara al artista con Dios porque, a semejanza de Dios, él tiene la posibilidad de crear cada día, a partir de las ideas que están en su espíritu, nuevas formas del hombre o de otras criaturas. El artista ya no es simple imitador de la naturaleza, sino creador" (Panofsky. 1991: 20). Se trata de seres que poseen en grado sumo y de manera consciente la autoafirmación, el orgullo y la obstinación propia de quienes se han santificado a sí mismos frente al mundo.

En el siglo XX y en la actualidad, especialmente debido a los estudios que han banalizado las aproximaciones psicológicas, la melancolía tiende a relacionarse con situaciones ridículas como el simple hecho de sentirse un poco triste debido al tedio que generan algunas situaciones de la vida y, sin embargo, la melancolía es algo mucho más profundo e intenso que el desagrado que a veces siente la gente por tener que realizar actividades que no le satisfacen, por no haber logrado propósitos materiales o ideales amorosos. Autoproclamarse como melancólico se ha convertido en la actualidad en un lugar común entre algunas personas desilusionadas de la vida o de las diversiones que ésta les proporciona y que quieren pasar por "artistas" cuando cantan su desdicha.

La actitud intelectual y las expresiones estéticas en las que la evasión y la contemplación son presentadas de forma muy colorida forman parte de lo kitsch más que del Arte; lo Kitsch es una imitación estereotipada de la auténtica obra de arte y el aburrimiento que produce la moderna vida urbana no está relacionado con la melancolía sino con la frustración que provoca la incesante búsqueda de nuevos placeres efímeros que se agotan demasiado pronto:

Lo kitsch parece ser, históricamente, un resultado del romanticismo... muchos románticos promovieron una concepción del arte sentimentalmente orientada, que a su vez abrió el camino a varias clases de escapismo estético... el deseo de escapar de una realidad adversa o simplemente aburrida es quizá la principal razón del amplio atractivo de lo kitsch...

A menudo lo kitsch no es sino "una escapada al idilio de la historia donde todavía son válidas las convenciones establecidas... El kitsch es el modo más simple y directo de disparar esta nostalgia"... lo kitsch adelanta claramente ciertas necesidades emocionales que generalmente se asocian con el concepto de mundo romántico. En gran medida podemos considerar lo kitsch como una forma vulgar del romanticismo...

Lo kitsch, barato o caro, es sociológica y psicológicamente la expresión de un estilo de vida, es decir, el estilo de vida de la burguesía o de la clase media...

Aunque el kitsch vaya unido a la búsqueda de status tendrá la función -que es psicológicamente más importante- de proporcionar una huida de la banalidad y la insignificación de la moderna vida urbana. En cualquier forma o combinaciones, lo kitsch es relajante y agradable. El deseo-cumplido contenido en este placer enfatiza su origen activo, el miedo al vacío que el kitsch intenta mitigar. Desde este punto de vista el kitsch es una respuesta al extendido sentido moderno del vacío espiritual: rellena el vacío tiempo libre con "diversión" o "excitación" y "alucina" los espacios vacíos con un conjunto infinitamente matizado de "bellas" apariencias (Calinescu. 1987: 223-245).

Para que surja el proceso creativo es necesario que el melancólico posea, además de exceso de bilis negra, predisposición hacia el arte; debe asumir su estado físico como un rasgo positivo, no como un mal digno de ser curado para alcanzar la tranquilidad, sino como una facultad que le permitirá dedicarse al estudio, la introspección, la elaboración de quehaceres acordes con sus estados de ánimo y, al mismo tiempo, para superar la sensación de vacío y de pérdida, que lo afligen con frecuencia. Desde esta perspectiva, el arte surge para "ofrecer un remedio a un estado de necesidad, de ausencia, inscrito en el destino humano desde el pecado original. La creatividad humana se articula pues bajo el signo de una condición afectada por la precariedad, y no a partir de un excedente" (Müller. 2002: 21).

La melancolía puede ser positiva o negativa, fuente de creación o de destrucción, de elevación o de caída; la interpretación depende de la perspectiva a partir de la cual se estudie, las razones que la produzcan, los contextos en que se manifieste y, especialmente, de la actitud de quienes se caracterizan como melancólicos para asimilar su estado físico y psicológico, para aceptarse y erigirse como seres regidos "bajo el signo de Saturno".

Los melancólicos no desean la felicidad o el triunfo, sino que se esfuerzan por vivir conforme a su particular naturaleza, casi siempre bajo preceptos del orden de: "sabio es aquel que ya en vida está como si hubiera muerto, aquietado, dispuesto a marchar sin desgarramiento" (Zambrano. 1944: 52), o: "saboreé con detalle mi vida ya malgastada; me dije con regocijo que mi juventud había pasado, pues es una dicha sentir que el frío se posa en el corazón, y poder decir, palpándole con la mano, como un hogar que humea todavía: he dejado de arder" (Flaubert. 1986: 24). Asumen que "el hombre es un ser temporal y contingente lanzado entre dos nadas" (Heidegger), "una nada frente al infinito, un todo frente a la nada, un medio entre nada y todo... incapaz de ver la nada de donde ha salido y el infinito de donde él es absorbido" (Pascal: 1984: 51).

Bibliografía:

Agamben, Giorgio. Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Valencia. Pre-Textos. 1995. Primera edición. 1977.

Alvarez, Javier. mística y depresión: San Juan de la Cruz. Madrid: Trotta. 1997.

Calinescu, Matei. Cinco caras de la modernidad. Modernismo, vanguardia, decadencia, kitsch, Posmodernismo. Madrid: Tecnos. 1987.

Flaubert, Gustave. Cartas a Louise Colet. Madrid: Siruela.1989.

Jackson, Stanley W. Historia de la melancolía y la depresión. Desde los tiempos de Hipócrates a la época moderna. Madrid: Turner. 1989.

Müller, Cristina. Ingenio y melancolía. Una lectura de Huarte de San Juan. Madrid: Biblioteca Nueva. 2002.

Panofsky Erwin, Klibansky, Raymond; Fritz, Saxl. Saturno y la melancolía. Madrid: Alianza. 1991.

Pascal, Blaise. Pensamientos. Madrid: Sarpe. 1984.

Zambrano, María. Séneca. Madrid: Siruela. 1944.

Fuente: Texto gentilmente cedido por la autora

http://www.herreros.com.ar/melanco/rosas.htm

http://publicaciones.blog.com.es/2007/03/21/genio_y_nelancolasa~1950018

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Flaubert y la melancolía: las cartas a Louise Colet

La melancolía se ha constituido en asunto de estudio desde perspectivas tan diversas como la medicina, el arte, la astrología, la psicología, en diferentes épocas y con diferentes énfasis. Se ha abordado de manera positiva, negativa y despectiva. En la actualidad, especialmente gracias a los estudios cuyo énfasis es lo psicológico, se le asocia de manera desafortunada con situaciones ridículas como el simple hecho de sentirse un poco triste debido al tedio que generan algunas situaciones de la vida y, sin embargo, la melancolía es algo mucho más profundo e intenso que el desagrado que a veces siente la gente por tener que realizar actividades que no le satisfacen, por no haber logrado propósitos materiales o ideales amorosos.

Los melancólicos se reconocen por aspectos bien delimitados: son lentos en sus movimientos y en su pensamiento, incapaces de contemplar varias posibilidades relacionadas con un mismo hecho de manera rápida -la intuición fulminante como un rayo les es ajena-, se les dificulta notar su propia falta de sentido práctico y se esfuerzan por lograr dos metas contradictorias: por una parte desean parecer más torpes, lentos y fracasados de lo que en realidad creen ser, por otra, se aferran con terquedad obstinada al deseo de realizar sueños o anhelos superiores a sus condiciones y cualidades particulares, que a los ojos de la mayoría parecen inverosímiles.

La melancolía se relaciona con la tierra, el otoño, la frialdad y la sequedad; el planeta es saturno, el material mineral más afín es la piedra y los animales que atraen o se asemejan a los melancólicos son el perro, el vampiro y el oso: "No hay oso blanco encaramado en su témpano del polo que viva más olvidado que yo en la tierra" (Flaubert, 1964; 1988: 53). Un objeto: la cometa; la hora del día es el crepúsculo con sus sombras nítidas y alargadas: "Cuando entré en tu casa me pareció volver de nuevo al pasado, a uno de esos hermosos crepúsculos tristes del año 1843, cuando aspiraba el aire desde mi ventana, lleno de tedio y con la muerte en el alma" (Flaubert, 1846; 1988: 26).

Los melancólicos se caracterizan por ser dueños de un corazón testarudo que va demasiado lejos en las fantasías o en el estudio de las cosas que su razón no puede comprender, frecuentemente son presas de absurdos pensamientos: "Si supieras todas las fuerzas internas que han terminado por agotarme, todas las locuras que me han pasado por la cabeza... soy ante todo hombre de fantasía, amigo del capricho y de lo deshilvanado" (Flaubert. 1846; 1988: 14-18).

Son antiintelectuales, la sabiduría en ellos viene del abismo, deriva de la inmersión en la vida de las cosas creadas y nada debe a la voz de la revelación o del deseo de grandeza por sí misma, ni en el avances intelectuales ni en los materiales: "He vivido fuera de todo movimiento, de toda acción, sin hacer nada por la gloria, el placer, la ciencia o el dinero" (Flaubert. 1842; 1986: 12); "otro se sentiría orgulloso del amor que me prodigas; su vanidad bebería en él con gusto y su egoísmo de varón se sentiría halagado hasta en los repliegues más íntimos. Pero en cambio tu amor hace que mi corazón desfallezca de tristeza" (Flaubert. 1846; 1988: 16).

Los melancólicos son lentos, tristes y tienden a la desesperación: "No sientes esas náuseas de tedio que impulsan a desear la muerte. No llevas dentro del ti el aburrimiento de vivir ¡Palabra que habría que escribir como veinte H aspiradas para darle toda su intensidad" (Flaubert. 1846; 1988: 83); "Ayer estuve espantosamente triste con una de esas tristezas que tenía en mi juventud y para librarme de las cuales hubiera sido capaz de tirarme por la ventana" (Flaubert. 1846; 1988: 77).

Para los melancólicos los nexos familiares son falsamente subjetivos y sentimentales, los conciben como una sangría a la voluntad, a la independencia, a la libertad de concentrarse en el trabajo, sin embargo, establecen relaciones particularmente amorosas con la familia, especialmente con la madre: "MI madre me esperaba en la estación. Lloró al verme regresar. Tú lloraste al verme partir. ¡Tan miserable es nuesta condición que no podemos desplazarnos de un lugar a otro sin que cueste lágrimas para ambas partes! (Flaubert. 1846; 1988: 12). "Flaubert conservó tonterías que poseían la fragancia del recuerdo. Muchos años después de la muerte de su madre todavía pedía a veces su chal y su sombrero, y entonces se sentaba un rato a soñar con ellos" (Barnes. 1984; 1986: 25).

Por estar obsesionados con la muerte los melancólicos son los que mejor saben cómo leer el mundo: "Adivino el porvenir. Es que la intítesis se yergue sin cesar ante mis ojos. Nunca vi a un niño sin pensar que ese niño terminaría por convertirse en viejo, ni una cuna sin recordar una tumba. La contemplación de una mujer desnuda me hace soñar con su esqueleto. Por eso los espectáculos alegres me ponen triste y los espectáculos tristes no me afectan gran cosa. Lloro demasiado por dentro para derramar lágrimas por fuera" (Flaubert. 1846; 1988: 15); "No quisiste creerme cuando te dije que era viejo. ¡Sí que lo soy, por desgracia! pues todo sentimiento que a mi alma llega se agría igual que el vino cuando lo introducen en recipientes ya muy usados" (Flaubert. 1846: 1988: 14).

La pesadumbre, la indolencia y el miedo son frecuentes en los melancólicos, viven en un estado de estupor en el que la realidad parece de repente como extraña. La aflicción, que en otros ablanda el corazón hasta la humildad, sólo consigue en el melancólico que se obstine cada vez más en sus extraños pensamientos; sus lágrimas no le caen en el corazón, ablandando su dureza, sino que a él le sucede lo que a la piedra, que cuando el tiempo está húmedo, sólo suda por fuera "Te complaces en el sublime egoismo de tu amor, con la hipótesis de que pudiera nacernos un hijo. Lo deseas, confiésalo; lo anhelas como un lazo más que nos uniría, como un contrato fatal que ataría nuestros dos destinos. ¡Oh, preciso es que seas querida y demasiado tierna amiga para que yo no te guarde rencor por un deseo tan espantoso para mi felicidad!" (Flaubert. 1846; 1988: 51).

1. Las ansias de vivir y el desprecio por la vida.

En los melancólicos las ansías de vivir y el desprecio por la vida se mezclan de manera extraña: nacieron obsesionados con la idea de la muerte (frecuentemente la desean con fervor) y, sin embargo, sus vidas están colmadas de planes para el futuro; mientras desprecian de manera consciente la vida, al mismo tiempo, a través de su comportamiento y sus ilusiones, luchan por preservarla; cuando pasan por periodos optimistas sueñan con una vejez en la que se rememora el pasado.

A través del arte, la ciencia, la filosofía o de una vida orientada a partir de principios e intereses poco comunes, interpretados por la mayoría como resultado de la locura, la frialdad o la indiferencia, los melancólicos emplean gran parte de su tiempo en exponer y justificar las razones para despreciar la vida, se niegan a concederla a otros con el pretexto de que es mejor evitarles el dolor, en el que afirman ser tan experimentados: "¡Prefiero no tener descendencia! Mi oscuro apellido se apagará conmigo y el mundo seguirá su camino igual que si dejara algún descendiente ilustre. Me gusta la idea de la nada absoluta. Axioma: es la vida la que nos consuela de la muerte y es la muerte la que nos consuela de la vida" (Flaubert. 1846; 1988: 85).

2. Modo digerido y analítico de asimilar el pasado.

Los melancólicos se solazan y se atormentan cuando rememoran el pasado debido a que poseen un modo digerido y analítico de asimilarlo; contemplan el presente como un tiempo nublado y desprovisto de interés que se valora sólo cuando se observa desde la distancia: "Me gusta rodearme de recuerdos, de igual modo que no vendo mis trajes viejos. A veces subo a verlos al desván donde los guardo y recuerdo los tiempos en que aún estaban nuevos y en todas las cosas que hice cuando los llevaba" (Flaubert. 1846; 1998: 24). No se trata sólo de recobrar el pasado sino de comprenderlo, de condensarlo en sus formas espaciales, en sus estructuras premonitorias, entre otras cosas porque el esfuerzo por comprender eleva la vida humana por encima del nivel de una farsa y le otorga parte de la gracia de la tragedia.

La vida de los melancólicos no está colmada de aventuras debido a que sus reflexiones permanentes y concentradas sobre el pasado, tanto como la observación desapasionada de los comportamientos humanos, los tornan incapaces de realizar muchos riesgos o experimentos con su propia vida, especialmente por temor al ridículo: "La faceta ridícula que veo en el amor siempre me impidió entregarme a él. He deseado, en ocasiones, seducir a una mujer, pero con sólo pensar en el aspecto extraño que en esos momentos debía de tener, me entraban ganas de reir. Tanto es así que mi voluntad se derretía al fuego de la ironía interior, y dentro de mí cantaba el himno de la amargura y de la irrisión" (Flaubert. 1846; 1988: 26).

Los melancólicos consideran mucho más práctico formarse a partir la observación y el análisis de las experiencias vividas por otros, como si se tratara de las propias, que lanzarse a la aventura: "El contemplar una vida que una pasión violenta -de la índole que sea- ha vuelto miserable es siempre algo más instructivo y altamente moral. Eso rebaja, con una ironía aullante, tantas pasiones banales y manías vulgares, que uno queda satisfecho al pensar que el instrumento humano puede vibrar hasta ese extremo y subir hasta tonos tan agudos" (Flaubert. 1847; 1989: 138); la vida no se constituye, entonces, en búsqueda permanente de felicidad sino de mecanismos que eviten el aburrimiento y el dolor: "No son las grandes desgracias las que crean la desgracia, ni las grandes felicidades las que hacen la felicidad, sino el tejido fino e imperceptible de mil circunstancias banales, de mil detalles tenues que componen toda una vida de paz radiante o de agitación infernal" (Flaubert. 1847: 1989: 131).

3. Siempre de pierde algo al darse al público.

Para los melancólicos está claro que siempre se pierde algo al darse al público, que lo más tierno, lo indecible, se puede convertir, con un movimiento de la mano, en vulgar y que los más grandes y refinados afectos no pueden expresarse más que simplemente, que el énfasis los estropea; son reservados, directos y poco dispuestos a expresar cariño a través de efusivas manifestaciones, razón por la cual es casi imposible saber a quién aman y a quién desprecian. Evocan acontecimientos por las reacciones que éstos suscitaron en ellos, los lugares son recordados con nostalgia por las emociones que han producido y las personas por el encuentro que experimentaron consigo mismos; los sentimientos ajenos son contemplados como bocetos de futuras pasiones o de fracasos, en pocas palabras, el melancólico vive en función de sí mismo y de las experiencias que pueda realizar sin ilusionarse fervorosamente por nada en particular: "Me dedico al arte porque me divierte, pero no tengo fe en lo bello" (Flaubert. 1846; 1988: 13).

4. Relaciones complejas con los demás.

El disimulo y el secreto parecen una necesidad a los melancólicos, a menudo tienen unas relaciones complejas, veladas con los demás a pesar del afecto que puedan sentir: "Me da miedo ser frío, seco, egoísta, y Dios sabe, sin embargo, lo que en estos momentos siento dentro de mí" (Flaubert. 1846; 1988: 11)."He hecho mal, he sido un necio. Me he portado contigo igual que, en otros tiempos, lo hice con aquellos a quienes más quería: les mostré el fondo de mi saco, y el polvo acre que despedía se les pegó a la garganta" (Flaubert. 1846; 1988: 28); "Quisiera mandarte únicamente palabras dulces y tiernas, de esas suaves como un beso que algunos saben decir pero que, en mi caso, se quedan en el fondo del corazón y expiran al llegar a los labios. Si yo pudiera, cada mañana tu despertar se vería perfumado por una olorosa página de amor" (Flaubert. 1946; 1988: 57).

5. Relación con los objetos: transacciones genuinas que revelan un significado.

Los melancólicos experimentan una fe más profunda, contemplativa y placentera con los objetos materiales que con los seres humanos, se trata de transacciones genuinas que revelan un significado: "Es la hora en que me quedo solo y, mientras los demás duermen, abro el cajón donde guardo mis tesoros. Contemplo tus zapatillas, el pañuelo, tus cabellos, el retrato, releo tus cartas y aspiro tu perfume almizclado. ¡Si supieras lo que siento! (Flaubert. 1846; 1988: 19). Cuanto más inertes son las cosas más potente, auténtico e ingenioso puede ser el espíritu que las contempla.

La infidelidad a las personas lleva aparejada una fidelidad a las cosas que impulsa a los melancólicos a sumirse en ellas con devoción contemplativa; parece como si el mundo físico, el mundo de los fenómenos, encerrara un sentido indescifrable, metafísico, cuya inaccesibilidad los deja inconsolables: "Hoy me anunciaron que de aquí a quince días recibiré, desde Esmirna, unos cinturones de seda. Me he puesto muy contento. Confieso esa debilidad. Hay un montón de nimiedades como esa que son importantes para mí (Flaubert. 1846; 1988: 84); "¡Será posible que hasta me reproches el inocente afecto que siento por un sillón! ¡Si te hablara de mis botas, creo que también te pondrías celosa!" (Flaubert, 1846; 1989: 111).

6. Para vivir tranquilo hay que vivir solo.

Debido a su indeferencia ante el mundo y a sus ideas estrafalarias en relación con las de la mayoría -con los lugares comunes- tanto como por su deseo de querer pasar desapercibidos aún en medio de sus excentricidades, de no querer llamar la atención de nadie, los melancólicos terminan siendo, paradójicamente, condenados por los demás debido a que su comportamiento es interpretado de manera equivocada o exagerada: su indiferencia se intepreta como arrogancia, su sequedad como orgullo y su frialdad como desprecio: "Lo que me sorprende es que, debajo de esas críticas se note un odio contra mí, contra mi persona, un prejuicio denigrador" (citado por Barnes. 1984; 1986: 37); "La diferencia que ha existido siempre entre mi modo de ver la vida y el de los demás ha hecho que me encerrase (¡no bastante, por desgracia!) en una áspera soledad de la que nada lograba hacerme salir. Me han humillado tantas veces, he escandalizado y hecho gritar tanto que he terminado, desde hace ya mucho tiempo, por reconocer que, para vivir tranquilo, hay que vivir solo y poner burletas en todas las ventanas por miedo a que el aire del mundo llegue hasta uno" (Flaubert. 1846; 1988: 91).

7. Voluntad de ocupar un espacio.

Los melancólicos tienen la voluntad de ocupar un sitio, de instalarse en un tiempo y un espacio delimitado, organizado según referencias sólidas y claras; su pensamiento se halla en los límites de lo mensurable y lo localizable, todo lo que conciben está sometido al espacio y al tiempo y acaban por situarse dentro de ambos, como el punto; son seres regidos por el principio del orden, por la voluntad de encerrarse en los límites del orden material y espiritual: "Por muy uniforme que sea tu vida por lo menos tienes algo que contarme. Pero la mía es un lago, un estanque quieto donde nada se mueve, en donde nada sobresale. Cada día que pasa se parece al anterior. Puedo decirte lo que haré dentro de un mes, dentro de un año, y considero esto no sólo sabio sino afortunado" (Flaubert. 1846; 1988: 53).

8. Dificultades de lenguaje.

Los melancólicos frecuentemente tienen dificultades de lenguaje: "Tengo el defecto de haber nacido dotado de una lengua especial, cuya clave sólo yo poseo" (Flaubert. 1846; 1988: 286); las dificultades de lenguaje están relacionadas con la sujeción cohibida e implacable que establecen consigo mismos y con los prolongados encierros voluntarios a los que se someten; estos encierros se hallan regidos a partir de límites preestablecidos y reglas fijadas por ellos mismos: "No estoy con nadie, en ningún sitio, no soy de mi país y puede que tampoco del mundo. Aunque muchos me rodeen, sigo estando solo; por eso los huecos que dejó la muerte en mi vida no aportaron a mi alma un nuevo estado de ánimo, sino que acentuaron ese estado. Yo estaba solo por dentro y ahora estoy también solo por fuera" (Flaubert. 1846: 1988: 81).

9. Sentido hipertrofiado del deber y amor al trabajo.

Por no encontrarle un sentido real a la vida y ser, la mayoría de las veces, incapaces de sucidarse -por considerar este hecho demasiado trascendental, heroico o cobarde- los melancólicos llegan a la conclusión de que lo único que calma su dolor, su desasosiego, es el trabajo: "Amo mi trabajo con un amor fanático y pervertido, como un asceta el cilicio que le rasca el vientre" (Flaubert, 1852; 1989: 183). Trabajan siempre, no hacen otra cosa que trabajar después de que han elegido su objeto de estudio, acorde con su personalidad: "Me hablas de trabajo. Si, trabaja, enamórate del arte. De todas las mentiras existentes, quizás sea ésta la menos embustera. Trata de enamorarte de él con un amor exclusivo, ardiente, fiel. No te fallará" (Flaubert. 1846; 1988: 23). Para el desarrollo del trabajo es imprescindible la soledad, la inmersión y la concentración total, o están inmersos o su atención se dispersa.

El trabajo puede convertirse en una droga, en una compulsión, y los melancólicos son los mejores adictos porque la verdadera experiencia adictiva es solitaria; viven su condición intelectual como la de un desclasado al que su soledad, requisito de sus libertad espiritual, condena al aislamiento y la marginalidad: más acá o más allá de las situaciones conocidas: "He cavado mi agujero y en él me quedo, poniendo gran cuidado en que reine siempre la misma temperatura dentro" (Flaubert. 1846; 1988: 53). A través de su marginalidad y gracias a ésta desafían a la humanidad.

Los melancólicos tienen un sentido hipertrofiado del deber, son excesivamente meticulosos y exigentes consigo mismos y asumen su trabajo con responsabilidad extrema bajo el signo de una seriedad mayor de la que debería conferírsele en realidad: "A veces tengo grandes hastíos, grandes vacíos, dudas que se ríen en mi cara, en medio de mis satisfacciones más ingenuas. Pues bien: no cambiaré todo eso por nada, pues me parece, en conciencia, que cumplo con mi deber, que obedezco a una fatalidad superior, que hago el Bien, que estoy en lo Justo" (Flaubert. 1952; 1989: 184).

10. La actividad de la mente es causa directa de la melancolía.

El estudio excesivo produce aburrimiento, tristeza y deseperación: "Estoy roto, aturdido, como después de una larga orgía, con un aburrimiento de muerte. Tengo un vacío inaudito en el corazón, yo que hace poco me hallaba tan tranquilo, tan orgulloso de mi serenidad, y que trabajaba de la mañana a la noche con un rigor implacable; no puedo leer, ni pensar, ni escribir" (Flaubert. 1846; 1988: 13).

La acedia no puede ser realizada por los melancólicos modernos como lo fue por los monjes medievales pero continúa constituyéndose en el ideal de estos taciturnos: "Ya no hay artistas como los de antaño, de aquellos cuya vida y alma eran el instrumento ciego del apetitio de belleza, órganos de Dios mediante los cuales se probaba a sí mismo su existencia. Para ellos el mundo no importaba. Nadie supo nada de sus dolores. Se acostaban tristes todas las noches y contemplaban la vida humana con una mirada de asombro, igual que nosotros contemplamos un hormiguero" (Flaubert. 1846; 1988: 23).

La acedia es sinónimo de inactividad y la inactividad trae consigo una especial facultad mental que pasa de la observación al análisis y del análisis a la comprensión; estos aspectos están muy relacionados con la creación y casi todos los grandes artistas han sido, además, modelos de melancolía. La melancolía conduce a la contemplación y el excesivo estudio convierte a las personas en seres melancólicos. La acedía se relaciona además con la distracción y el embotamiento, con la preocupación o tristeza del corazón semejante a la aflicción y especialmente dura para los solitarios.

David de Augsburgo, en el siglo XII, estableció diferentes tipos de acedía: "El vicio de la accidia tiene tres clases. La primera es una cierta amargura de la mente que no se consuela con nada alegre ni edificante. Se alimenta de hastío y abomina la compañía humana. Esto es lo que el Apóstol llama tristeza del mundo que fabrica muerte. Produce inclinación a la desesperación, hurañía y desconfianza, y a veces conduce a sus víctimas al suicidio al verse oprimidas por una aflicción irracional. Tal tristeza sale a veces de una impaciencia previa, a veces del hecho de que se pospone algún deseo o se frustra, y otras veces de la abundancia de humores melancólicos, en cuyo caso compete al médico más que al sacerdote el prescribir el remedio" (citado por Jackson. 1986; 1989: 73).

Los melancólicos son portadores de un desorden fisiológico preciso: tienen abundancia de humores melancólicos, es decir, de bilis negra. La enfermedad de la bilis negra, ocasionada por su exceso, sobreviene en caso de desánimo prolongado, desánimo con miedo e insomnio también prolongado. El exceso de bilis negra -ubicada el el bazo- y desarrollado en gran medida debido a los "excesos" de los melancólicos, los convierte progresivamente en epilépticos melancólicos: "Mi juventud ha pasado. La enfermedad nerviosa que me duró dos años fue la conclusión de la misma, el broche, su resultado lógico. Para haber tenido lo que tuve, era preciso que algo, anteriormente, pasara de manera harto trágica para mi caja craneana" (Flauberrt.1846; 1988: 21); "Si he sido duro es porque estoy enfermo. Dolorido, amargado, la vida me desloma como un trote demasiado duro que destroza las riñones. El único momento en que no sufro es cuando estoy solo. Los mejores afectos con frecuencia me irritan desmesuradamente" (Flaubert. 1847; 1989; 137); "¿Me comprenderás hasta el final, soportarás el peso de mi tedio, mis manías, mis caprichos, mis desánimos y mis coléricas mudanzas?" (Flaubert. 1846: 1988: 18).

La bilis negra impulsa continuamente a la mente a que se concentre en un punto, se detenga en él y se entregue a la contemplación: "Yo soy el oscuro y paciente pescador de perlas que bucea en los bajos fondos y vuelve con las manos vacías y la cara azulada. Una atracción fatal me empuja hacia los abismos del pensamiento, me lleva al fondo de esos precipicios interiores que jamás se agotan para los fuertes" (Flaubert. 1846; 1988: 119).

11. El autoanálisis.

Como la bilis negra es de por sí semejante al centro del mundo, obliga a investigar el centro de las cosas singulares, eleva a la comprensión de las más altas e incita al autoanálisis; los melancólicos consideran que el ego y el universo son textos que hay que descifrar: "Dices que me analizo demasiado, pero a mí me parece que aún no me conozco lo suficiente; cada día que pasa descubro algo nuevo. Viajo por dentro de mí como por un país desconocido, pese a haberlo recorrido ya cien veces" (Flaubert. 1846; 1988: 28). "Caminaba con la rectitud de un sistema particular hecho para un caso especial. Lo había comprendido todo en mí, lo había separado, clasificado; tanto es así que aquella ha sido la época de mi existencia en que más tranquilo me he encontrado, mientras que todos, por el contrario, pensaban que era el momento de compadecerme" (Flaubert. 1846; 1988: 21).

12. Extraño placer por lo irónico.

Los melancólicos experimentan un extraño placer por lo irónico y lo consciente de sí mismos: "No he recibido del cielo un temperamento optimista. Nadie percibe en mayor grado que yo lo miserable que es la condición de la vida. No creo en nada, ni en mí siquiera, lo que no es corriente" (Flaubert. 1846; 1988: 13).

La meloncolía y la ironía se mezclan y se confunden a través del humor saturnino que, en muchas ocasiones, pasa de lo irónico a lo humillante a través del análisis eshaustivo que hacen de sí mismos y de las palabras emitidas por otros: "Expongo las cosas cronológicamente. 'En el mundo de los estudiantes, de los vividores, de los blasfemos y los fumadores', dice usted. Fumador, pase: fumo, refumo y sobrefumo cada vez más, por la boca y por el cerebro. Blasfemo, aún es algo cierto, pero juro tan por dentro, que lo poco que se oye debe perdonárseme. En cuanto a lo de estudiante, me humilla ¿Dónde diablos ha visto usted que tenga yo, o haya tenido, aspecto de estudiante?... ¡Oh, mi vida de estudiante! No desearía a mi enemigo, si tuviera uno, ni una sola de esas semanas; y allá es, claro, donde me convertí en un vividor. ¡Bonito vividor! Consume más quinina que ron, y sus orgías son tan ruidosas, que no se sabe si está vivo en su propia ciudad, en la ciudad donde nació y reside" (Flaubert. 1847; 1989: 151).

En los melancólicos aparece frecuentemente la risa desenfrenada; ésta no procede de ningún consuelo del corazón o alegría del espíritu sino que es más bien un gesto, como una imitación que enmascara una pasión desagradable: "El elemento patético ha venido a asentarse, en lo que a mi respecta, sobre todas las superficies alegres, y la ironía planea por encima en todos los elementos serios. Así pues, el sentido en el que tú dices que me gustan las bromas no es cierto, ya que ¿donde puede encontrarse la comicidad cuando todo es cómico?" (Flaubert. 1846; 1989; 90). "Es bueno, e incluso puede ser hermoso el reírse de la vida, con tal que se viva. Hay que colocarse por encima de todo, y por encima de uno colocar su espíritu, es decir, la libertad de la idea: declaro impío todo límite a ésta" (Flaubert. 1852; 1989: 174); "Yo me río de todo, hasta de lo que más me agrada. No existen cosas, hechos, sentimientos o personas por los que no haya pasado inocentemente mi bufonería, como un rodillo de hierro de esos para dar lustre las piezas de paño" (Flaubert. 1852; 1989: 173).

La risa casi siempre se mezcla con ironía, es la expresión de personas inconformes, inquietas y cansadas de la vida: "No me cuentes más lugares comunes como que es el dinero lo que me ha impedido ser feliz; que si hubiera trabajado, me encontraría mejor. ¡Cómo si bastara ser mozo de boticario, panadero o comerciante de vinos para no aburrirse en este bajo mundo!" (Flaubert. 1846; 1988: 30).

13. Bajo el signo de saturno.

Los seres regidos bajo el signo de saturno, especialmente los del signo Acuario son, de por sí, apáticos, indecisos y lentos. Todo lo saturnino apunta hacia las profundidades de la tierra y posee su constitución física fría y seca. La mirada baja distingue al saturnino, que atraviesa el suelo con los ojos. "Quien aún no me conoce, me reconocerá por mis gestos. Yo dirijo de continuo mis ojos a la tierra porque he brotado previamente de ella. De este modo no miro sino a mi madre". Las inspiraciones de la madre tierra despuntan de la noche de la reflexión lo mismo que tesoros surgidos del fondo de la tierra.

Bibliografía:

Barnes, Julian. El loro de Flaubert. Barcelona: Anagrama. 1986. Título de la edición original: Flaubert's Parrot. Jonathan Cape Ltd. Londres: 1984.

Clair, Jean. Malinconia. Motivos saturninos en el arte de entreguerras. Madrid: Visor. 1999. Primera edición: París: Gallimard, 1996.

Flaubert, Gustave. Carta a Louise Colet. Madrid: Siruela. 1989. Traducción, prólogo y notas de ignacio Malaxechevaerría.

____________ Correspondencia íntima. Barcelona: Ediciones B. 1988. Traducción y prólogo de Emma Calatuyad.

____________ Noviembre. Barcelona: Muchnik Editores. 1986. Traducción, notas y apostilla de Ricardo Cano Gaviria.

Jackson, Stanley W. Historia de la melancolía y la depresión. Desde los tiempos de Hipócrates a la época moderna. Madrid: Turner. 1989. Primera edición: Yale Universitu, London. 1986.

Klibansky, Raymond; Panofsky Erwin; Fritz, Saxl. Saturno y la melancolía. Marid: Alianza. 1991.

Sontag, Susan. "Bajo el signo de saturno" . En El viejo topo. Julio-agosto. 2001. No 154-155. Primera edición. 1980.

© Elsy Rosas Crespo 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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La tristeza y la alegría como expresión del vacío de la vida

Quien es muy alegre debe ser un hombre bueno, pero quizá no sea el más inteligente, aunque logra aquello a lo que el más inteligente aspira con toda su inteligencia.

Nietzsche

El origen de la sonrisa, según la explicación de los etólogos, proviene del hecho de mostrar las dientes en señal de inconformidad ante la presencia de un adversario, como cuando un perro de la calle, por ejemplo, quiere apropiarse del lugar, la conquista o el alimento de otro que por cuestión del azar llegó primero. La sonrisa no tiene un origen enaltecedor, es la expresión emotiva de quien sabe que va a triunfar incluso antes de haber comenzado la competencia o se halla en posición de superioridad y quiere parecer indulgente. Cuanta más ventaja o mayor rango más prodigalidad en la concesión de sonrisas, si se gruñe o no se sonríe es porque todavía no hay apropiación cabal de posición dominante o simplemente el portador del rostro -la máscara, la personalidad- no ha descubierto los beneficios que aporta el hecho de desplegar una amplia sonrisa. En un libro que se titulara Cómo tratar a sus subordinados con toda seguridad se aconsejará al ejecutivo que sonría cuando llegue a la oficina para que los demás entiendan de una vez por todas quién es el capitán del barco.

Sonreír parece un acto noble, expresión cabal de tolerancia, respeto y aceptación, pero puede ser también desafío, superioridad manifiesta ante quien recibe las muestras de afecto. Si uno se presenta como un regalo ante los demás y la naturaleza lo ha dotado con cualidades físicas, morales o intelectuales excepcionales, la sensación de suficiencia o aplomo que sugiere la actitud puede resultar incómoda o irritante para aquellos a quienes el azar no les brinda ni siquiera la ilusión de llegar a soñar con ser la caricatura de aquello que los deslumbra.

La risa y el llanto son confirmación del vacío de la vida, pero es preferible soportar una risa desenfrenada que una amargura mal justificada:

Produce a la verdad un singular efecto el pasearse tan tranquilamente por los restos de tantas agitaciones; encontrar a cada paso males previstos que no sobrevinieron, bienes esperados que no se realizaron, y para colmo de miserias las huellas de violentas preocupaciones a propósito de hechos ignorados, que no están indicados, y cuya memoria misma, si se encuentra, no nos dice nada. Semejante paseo debería ser suficiente para enseñarnos a sobrellevar con calma el vaivén de todas las cosas de este mundo (Tocqueville. 1985: 24).

Un acto heroico: ser consciente de las calamidades de la vida, la imposiblidad de saber nada con certeza, la inestabilidad de todo a nuestro alrededor y, sin embargo, asumir una actitud valerosa, no dejar de perseverar en la búsqueda de curiosidades intelectuales, acoger el siguiente consejo: "No hay cosa mejor para el hombre que coma y beba y que su alma se alegre en su trabajo (Eclesiastés 2-24), que su trabajo se constituya en el cultivo de la sabiduría:

Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría, y que obtiene la inteligencia; porque su ganancia es mejor que la ganancia de la plata, y sus frutos más que el oro fino... No la dejes y ella te guardará; Amala y te conservará. Sabiduría ante todo; adquiere sabiduría; sobre todas tus posesiones adquiere inteligencia.

Engrándecela, y ella te engrandecerá. Ella te honrará cuando tú la hayas abrazado. Adorno de gracia dará a tu cabeza; corona de hermosura te entregará (Proverbios. 3-4).

El régimen de la alegría

El régimen de la alegría es del todo o nada: sólo hay alegría total o no hay ninguna alegría.

Clément Rosset

Si se acepta que nadie es imprescindible y la única verdad consiste en saber que estamos condenados a repetirnos generación tras generación será fácil convertir la vida en una tragedia o reirse de ella, vivir el instante como lo único real y digno de atención, tratando de buscar grandeza en lo banal, en lo cotidiano:

Hay algunos que creen que la estampa deslumbrante de los fuertes y los sabios perdura más que la de los humildes y degraciados... Basta con que mires el firmamento, para que el horizonte despierte en ti la certeza de la futilidad de aquellos que se creen eternos revelándote su tonta pedantería... Cada hombre sobresaliente es la imagen renovada de otro ya muerto y las acciones sorprendentes de algunos sólo son el recuerdo de las valientes y bellas empresas de nuestros ancestros (Serrano. 2003: 175).

Tampoco hay nada nuevo que se pueda decir para comprender o explicar el mundo o la realidad:

Hay verdades que son eternas; lo que cambia, a mi entender, es el momento en que se plantean y la manera como se plantean. La primera consecuencia de ello es la de volver a lo que quizá sea la primera virtud intelectual, o por lo menos aquello que en sus comienzos era el trasfondo del pensamiento filosófico: la prudencia. La prudencia contra la arrogancia, contra el orgullo, contra la pretensión, contra la paranoia que puede verse como una de las características intelectuales de hoy. La prudencia siempre ha estado orgánicamente anclada sobre la vida cotidiana, sobre la vida banal. De ahí la necesidad, a veces, de volver a lo banal (Maffessoli. 1993: 21).

Así como es más razonable evitar el dolor que buscar la felicidad, tiene más sentido desear la alegría que cultivar la tristeza. La alegría resulta de la plenitud y la tristeza de la carencia, se trata de estados de ánimo motivados uno por exceso de presencia y el otro por ausencia total de algo que no se sabe explicar. Aunque ninguno de los dos estados de ánimo transforma la realidad, es más peligrosa, seductora y contagiosa la tristeza que la alegría, y, sin embargo, se supone que el triste es superior, más inteligente y capaz que el alegre. La risa se condena por ser considerada como manifestación de estupidez, ignorancia o superficialidad.

A partir de los planteamientos de Aristóteles en su Problema XXX,1 se ha enaltecido de manera excesiva el valor del silencio, la soledad y la tristeza como rasgos propios de los espíritus refinados, seres destinados a sobresalir como artistas, guerreros o filósofos. Si se observa con detenimiento la historia del arte o de la filosofía se puede constatar que la melancolía no es un requisito fundamental para desarrollar una obra, el proceso espiritual o intelectual no se hace más efectivo si el artista es triste, en muchas ocasiones la tristeza se halla más relacionada con frustración, timidez o indignación:

El hombre indignado, y todo aquel que con sus propios dientes se despedaza y se desgarra a sí mismo (o, en sustitución de sí mismo, al mundo, a Dios, o a la sociedad), ése quizá sea superior, según el cálculo de la moral, al sátiro reidor y autosatisfecho, pero en todos los demás sentidos es el caso más habitual, más indiferente, menos instructivo. Y nadie miente tanto como el indignado (Nietzsche. 1999: 55).

La alegría y la tristeza parecen ser dos caras de la misma moneda, ninguno de los dos estados da cuenta de su razón de ser, de su naturaleza, pero la percepción que el triste o el alegre realiza de sí mismo, tanto como la relación que establece con el exterior -con personas, acciones e ideas- es radical: todo adquiere un sabor dulce o amargo, cuando se es muy triste o muy alegre no se admiten términos medios.

La alegría y la tristeza son estados de ánimo creados, artificiales, construidos a partir del deseo de quien experimenta la sensación de tenerlo todo o de estar falto de algo:

Así como el alegre es incapaz de decir el motivo de su alegría y expresar la naturaleza de lo que le colma, el melancólico no sabe precisar el motivo de su tristeza ni la naturaleza de lo que le falta -salvo que se repita con Baudelaire que su melancolía carece de contenidos y lo que le falta no figura en el registro de las cosas existentes... De ahí la diferencia fundamental entre el vacío romántico y el vacío alegre: el primero fracasa al describir lo que no existe, el segundo al hacer el recorrido completo de lo que existe. En otras palabras, la alegría siempre anda relacionada con lo real, mientras que la tristeza se debate sin cesar, y ahí reside su propia desdicha, en lo irreal (Rosset. 2000: 14).

Humor, frivolidad y seriedad.

El humor es una herramienta crítica de gran eficacia, manifestación de grandeza que pareciera revelar que en última instancia todo es absurdo y por lo tanto la mejor alternativa consiste en reir, es una afirmación de dignidad, declaración de superioridad ante los acontecimientos. Carecer de humor es carecer de humildad, es estar demasiado lleno de uno mismo.

Para convertirse en "maestro del humor negro y la ironía" es necesario pasar por prolongados periodos de tiempo en los que el principal objeto de análisis y observación sea uno mismo pero sin tomarse en serio, se debe haber padecido lo que, por ejemplo, expresa un hombre como Flaubert:

Hubo un tiempo en que me mirabas como un egoísta celoso que se complacía rumiando perpetuamente su propia personalidad. Eso es lo que creen quienes ven la superficie. Lo mismo ocurre con ese orgullo que tanto indigna a los demás y que, no obstante, cuesta tamañas miserias. Al contrario, nadie ha aspirado a los demás más que yo. He ido a olfatear estiércoles desconocidos, me he apiadado de muchas cosas ante las que no se enternecían las personas sensibles... Sin embargo, creo que la ironía domina la vida. ¿por qué, cuando he llorado, he ido con frecuencia a mirarme al espejo, para verme? Esta disposición para planear sobre uno mismo es quizá la fuente de toda virtud. Te arranca de la personalidad, lejos de retenerte en ella. La comicidad llegada al extremo, la comicidad que no hace reír, el lirismo en la broma es para mí lo que más me seduce como escritor. Ahí están los dos elementos humanos (Flaubert. 1989: 189).

El sentido del humor es el término medio entre frivolidad y seriedad: para el frívolo nada tiene sentido, para el serio todo es trascendente. El frívolo se ríe siempre, es insípido y molesto, no se preocupa por evitar herir a otros con sus comentarios, para el serio todo es profundo. El serio confía en que el camino que recorre lo conducirá hacia el lugar con el que sueña, cree que podrá descubrir algo nuevo sobre la faz de la tierra y suele concebirse como centro y fin del universo aunque no lo manifieste.

La risa amarga en el artista triste

Quien esquiva los grupos, la vida comunitaria, y, sin embargo, tiene un don especial para divertir con sus ocurrencias cuando se halla en reuniones sociales, por lo general desprecia a quienes divierte, cuando se vuelve a encontrar consigo mismo suele sumergirse en prolongados estados depresivos, le pasa lo que, como explica Flaubert a Louise Colet, ocurre con los champiñones cuando se les acerca al fuego: despiden su jugo y luego quedan aún más secos. Estos "humoristas" suelen ser observadores minuciosos y desapasionados del comportamiento humano, seres solitarios y sutiles que se divierten en los funerales y se deprimen en los festivales, un "animal pletórico de genio, sufriendo y exhalando todos los suspiros y todas las ambiciones" (Baudelaire. 1995: 33).

Baudelaire soñaba con lo que logró a través de la escritura y por eso es tan vital. Para el famoso prefacio a Las flores del mal quizo "una mezcla de misticismo y travesura"; consideraba que "la absoluta franqueza es el procedimiento más original para un artista"; se propuso "relatar pomposamente los asuntos más cómicos" y fantaseaba con "una amplia sonrisa en un hermoso rostro de gigante". Dos cualidades literarias: "sobrenaturalismo e ironía". Considera que "lo que existe de embriagador en el mal gusto es el placer aristocrático de disgustar" y seguramente uno de sus plegarias más frecuentes fue: "Señor y Dios mío, concédeme la gracia de escribir algunos buenos versos que me prueben a mí mismo que no soy el último de los hombres, que no soy inferior a aquellos a quienes desprecio" (Baudelaire. 1995: 20-36).

En una de sus cartas escribió, refiriéndose a Las flores del mal:

Debo deciros, ya que no lo habeis adivinado más que los demás, que en ese libro atroz he puesto todo mi corazón, toda mi ternura, toda mi religión (enmascarada), todo mi odio, toda mi mala suerte. Verdad es que escribiré lo contrario, que juraré por todos mis dioses que es un libro de arte puro, de monerías, de malabarismos, y mentiré como un sacamuelas (Citado por Bataille. 1971: 58).

Sobre la franqueza como el mejor recurso estético Flaubert también es enfático. "Cualquier hombre que supiera escribir correctamente crearía un libro soberbio al redactar sus Memorias, si las expusiera con sinceridad y de manera completa... Lo que vuelve tan hermosas las figuras de la Antigüedad es que eran originales: ahí está todo, el sacar de uno mismo" (Flaubert. 1989: 95-190).

También reflexionó, como Baudelaire, Sobre la relación entre estética, estoicismo y misticismo, siempre en función de un mejor ejercicio como artista:

No presumo de ir hacia un falso idel de estoicismo, pero evito las ocasiones de sufrimiento y las atracciones peligrosas de las que ya no se vuelve... No he podido llegar al estoicismo, al que nada afecta, y que no se rebela más ante la estupidez que ante el crimen; pero he conseguido librarme completamente de todo cuanto puede mostrarme la estupidez humana... Me oriento hacia una especie de misticismo estético (si ambas palabras pueden ir juntas), y querría que fuese más fuerte. Cuando ningún estímulo nos viene de los demás, cuando el mundo exterior nos asquea, nos vuelve lánguidos, nos corrompe y nos embrutece, las personas honradas y delicadas se ven forzadas a buscar en sí mismas, en algún lugar, un sitio más limpio para vivir (Flaubert. 1989).

Cuando las personas solitarias encuentran compañía o se expresan en público suelen parecer rústicas y desalmadas no precisamente porque sean mal educadas o hallan perdido el alma sino porque durante su encierro, soledad y silencio han dispuesto de tiempo para observar y descubrir relaciones entre acciones, reacciones y sentimientos, se han ejercitado en el arte de lo cómico, lo irónico y lo didáctico sin que se trate de una habilidad premeditada, se trata de una destreza nacida de circunstancias concretas que desarrollan estados de ánimo y capacidades sensoriales de las que no se es plenamente conciente.

He aquí la reflexión sobre un tema sublime (la fusión entre amor y erotismo) realizada por dos observadores sutiles:

El amante jadeante sobre su bella amada,

Semeja un moribundo que su tumba acaricia.

(Baudelaire. 1982: 30).

Máximas sueltas: no son sinceras consigo mismas; no se confiesan sus propios sentidos; confunden su culo con su corazón, y creen que la luna está hecha para alumbrar su cuarto (Flaubert. 1989: 187).

Un polvo dura un minuto y lo has deseado durante meses (Flaubert. 1989: 291).

La clave del efecto consiste en hablar o escribir con énfasis y descaro sobre situaciones cómicas o triviales que suelen concebirse "por la gente sensible" como asuntos serios o sublimes.

Lo que divierte, asombra y se convierte a veces en revelación en este tipo de textos no es el hecho que se menciona sino la crudeza, lograda a través de la selección y combinación de palabras, ya que "Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza" (Flaubert. 1989: 213).

Schopenhauer, un experto en este tipo de escritura, considera que "son los ejemplos de talla colosal los que dan las explicaciones más evidentes en todas las materias". En la siguiente cita, después de haber explicado la diferencia entre orgullo y vanidad, pasa a relacionar estas cualidades humanas con el amor a la patria:

Todo el que posee méritos personales distinguidos, reconocerá más claramente los defectos de su propia nación, puesto que siempre la tiene presente a la vista. Pero todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de lo que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso, de vanagloriarse de la nación a que pertenece por casualidad; en eso se ceba, y, en su gratuidad, está dispuesto a defender (con manos y pies) todos los defectos y todas las tonterías propias de esta nación. (Schopenhauer. 1998: 38).

Flaubert también escribío ácidas páginas en torno al amor a la patria y al humanitarismo:

En cuanto a la idea de la patria, es decir, de cierta porción de terreno dibujada en el mapa y separada de las demás por una línea roja o azul, ¡no! La patria es para mí el país que quiero, es decir, con el que sueño, aquel en que me encuentro bien. Soy tan chino como francés, y no me alegro nada de nuestras victorias frente a los árabes, porque me entristecen sus reveses. Quiero a este pueblo áspero, persistente, vivo, último tipo de las sociedades primitivas y que, al hacer alto a mediodía, tumbado a la sombra, bajo el vientre de sus camellas, se burla, mientras fuma su chibuquí, de nuesta valiente civilización que tiembla de ira (Flaubert. 1989).

Bibliografía

Bataille, George. La literatura y el mal. Madrid: Taurus. 1971.

Baudelaire, Charles. Las flores del mal. Bogotá: Oveja negra. 1982.

__________ Mi corazón al desnudo y otros papeles íntimos. Madrid: Visor. 1995.

Flaubert, Gustave. Cartas a Louise Colet. Madrid: Siruela. 1989.

Maffesoli, Michel. El conocimiento ordinario. Compendio de sociología. México: Fondo de Cultura Económica. 1993.

Nietzsche, Friedrich. Más allá del bien y del mal. Madrid. Altaya. 1999.

Rosset. Clément. La fuerza mayor. Notas sobre Nietzsche y Ciorán. Madrid: Acuarela. 2000.

________ El principio de crueldad. Valencia. Pre-Textos. 1994.

Schopenhauer, Arthur. La sabiduría de la vida - En torno a la filosofía - El amor, las mujeres y la muerte y otros temas. México: Porrúa. 1998.

Serrano, Enrique. Tamerlán. Bogotá: Seix-Barral. 2003.

Fuente: Texto gentilmente cedido por la autora

Ver de la misma autora

Flaubert y la melancolía: las cartas a Louise Colet - Elsy Rosas Crespo
Genio y melancolía - Elsy Rosas Crespo

Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar

http://www.herreros.com.ar/melanco/crespo2.htm

http://publicaciones.blog.com.es/2007/03/24/la_tristeza_y_la_alegrasa_como_expresias~1964086